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Opinión

  • | 2001/10/01 00:00

    Conversaciones de restaurante

    Valdría la pena que la clase alta colombiana se preguntara si su ciego egoísmo no tendrá que ver con que este país se haya vuelto un horror

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Un uno de esos restaurantes bogotanos que son más caros que los más caros de Francia —lomito a la pimienta, lomito a la mostaza, lomito en salsa bearnesa, lomito al estragón, lomito en dos salsas—, en uno de esos restaurantes bogotanos caros en los que los camareros ganan la centésima parte de lo que gana un camarero en Francia, comentaba una señora joven de la clase alta colombiana:

—Qué horror de país. Yo no quiero ni mirar. De la casa al golf, del golf a la casa.

No se lo pregunté; pero supongo que a veces, entre la casa y el golf, parará en un semáforo a comprar un paquete de Marlboro de contrabando ofrecido por algún desplazado de la violencia rural.

—A la finca ya no se puede ni ir. Guerrillas, paramilitares, soldados; cuanto hay. Al administrador nos lo han matado dos veces.

—Cómo, dos veces.

—Sí, dos. Primero lo mataron los del ELN o esa gente de allá, y después otra vez al otro los bandidos de las Farc. A este de ahora yo no le tengo mucha confianza, porque ahí sigue: quién sabe con quién se entiende. Lo peor es eso: que ya no queda gente de confianza.

—Bueno, pero las autoridades, el Ejército…

—Já: el Ejército. Y encima, los impuestos de Juan Manuel: para que se los roben los políticos. Yo es que ni quiero saber.

No quieren si saber, no quieren ni mirar. No quieren tampoco pagar impuestos.

—Cuando podamos vender la finca, nos vamos a Miami. Qué jartera, Miami. Pero qué más hace uno. Lo malo es que no hay quien compre. O bueno, sí, los narcos. Pero tampoco: qué horror.

No quieren mirar, no quieren saber, no quieren pagar, quieren cobrar: quieren irse.

—Es que hay que irse. O qué va a hacer uno, si no. Los niños ya no pueden ni salir a la calle sin los guardaespaldas. Porque lo peor es que uno empieza a tenerles pánico hasta a las sirvientas. A mí ya no me duran ni un mes. No es como antes, que tenían un novio policía que le cuidaba a uno la casa. Ahora todos son atracadores. Y así, cómo.

Así, cómo. En efecto. Pero valdría la pena que las señoras jóvenes, que los señores jóvenes, que las señoras viejas, y los señores viejos de la clase alta colombiana se preguntaran si su ciego egoísmo no tendrá algo que ver con el hecho de que este país se haya vuelto un horror en el que nadie inspira ya confianza: sólo hay bandidos, y narcos, y atracadores, y políticos que se roban los impuestos, y gente que se va. En un restaurante de Madrid les oí decir a unos muchachones expatriados de la clase alta colombiana:

—A mí sí me fascina Colombia: qué vividero. Y Cartagena, y todo. A ver si ahora sí con esto de Ben Laden y Afganistán se meten por fin los gringos y recuperan eso, para que uno pueda volver.

—¿Los gringos? ¿Y por qué no más bien vuelven ustedes, y echan tiros?

—Qué mamera. No, y aquí uno está chévere un tiempo. ¿Sabe que he descubierto aquí las gambas al ajillo? Qué delicia. Claro que mi viejo dice que esto nos está costando un ojo de la cara, y que le va a tocar vender la fábrica. Pero bueno: por lo menos aquí no lo secuestran a uno ¿no? Y en Miami, a la larga, uno también se mama. Y tampoco es que sea barato.

Hace un mes leí en El Espectador que hay cuatro millones de colombianos de los estratos 1, 2, y 3 en el extranjero, que cada año les mandan en remesas a sus familias en Colombia 2.000 millones de dólares: el doble de las divisas que todavía produce la exportación de café, y tanto como las que todavía quedan, pese a la vigilancia norteamericana, de la exportación de drogas. Pero por otro lado calculo que esos mismos 2.000 millones de dólares son el “ojo de la cara” que tienen que sacar anualmente los 15.000 ó 20.000 colombianos del estrato 6 para arriba que esperan en Miami o en Madrid a que los gringos les recuperen esto para poder volver, como reyezuelos afganos en el exilio. Tiene razón el profesor Deas, ese colombianólogo de Oxford que disculpa cada rato a la clase dirigente tradicional colombiana diciendo que no existe. Está por fuera.

¿Y no habrá, me pregunto, una clase dirigente nueva? Yo qué sé: ¿esos políticos que se roban los impuestos, esos narcos, esos secuestradores, esas sirvientas? Me decía uno de los de la vieja:

—No crea: Miami está lleno de colombianos ricos que uno no conoce. Los viera.

No sé, ya digo. Me limito a transcribir aquí, frívolamente, conversaciones frívolas que oigo en los restaurantes.
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