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Opinión

  • | 2017/09/28 01:39

    Viajes

    Conversar y viajar son dos placeres y dos necesidades; un solo lujo. La primera, un viaje a otra persona, un recorrido guiado y compartido por las historias y paisajes de su vida, pensamiento, sentimientos y sueños.

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Acabo de darme cuenta de que uno de los placeres de viajar está en la conversación. Seguramente un experto en el tema, como me dicen que es Alain de Botton y su famoso El arte de viajar, ya lo haya dicho y mucho mejor, de lejos mejor que cualquier cosa que diga yo. Pero me ha tocado la suerte de entenderlo hoy.

Viajar nos deja enterarnos de todo lo que no sabemos y se nos escapa como agua entre las manos día a día, porque la cotidianidad nos exige aventurarnos menos, producir más, no desviarnos de la ruta y dejar de lado el camino para ver y conocer otras realidades.

Por eso, tal vez, las conversaciones muchas veces se reducen a un mundo chiquitico, al peaje rutinario de cumplir con lo que “hay que…” hacer, decir, pagar, responder, conseguir, descartar, aceptar y, a veces sin siquiera tiempo suficiente, lamentar.

Pero con los viajes ese tiempo tortuoso se detiene y entra en juego otra relojería. Es un nuevo ritmo, otra forma de estar en un lugar. Y eso sucede sin tener que ir tan lejos, se vale si el paseo es aquí no más, aunque el cambio de huso horario facilita salir del propio tiempo y entrar a otro mundo. A mayor distancia y menor contacto con la realidad que visitamos, si viajamos en compañía o inclusive solos, puede ser mejor la conversación, empezando por la que tenemos pendiente con nosotros mismos.

Este viaje lo inicié a las carreras, con una maratón maravillosa. Y por una lesión, ando a medias, paso a paso, lo que me ha permitido contemplar mejor los lugares y hablar más despacio con quienes viajo. Todos, además, cero en traducción, incapaces de pronunciar el nombre de las calles, de la carta de comida, sin entender lo que dice la pareja vecina en esa mesa, mucho menos comprender la cifra que nos cobra una cajera. De todo eso, de pasadas experiencias, de futuros viajes, de cosas que no nos habíamos contado a pesar de creer que sí: de todo eso conversamos.

Andamos como desconectados de otros aunque muy conectados entre nosotros. Aprovechamos los planes de datos como brújulas de ahora, exclusivamente para buscar información clave del paseo, o para enviar una imagen, que es el nuevo mensaje que lleva la botella que se lanza al mar cuando navegamos desde otra orilla de la web.

No queremos reconectar aún con el planeta de donde partimos, aunque por estos lados jarteras también hay de sobra: aerolíneas en problemas, gobiernos que pierden credibilidad y escaños en el parlamento, radicales de ambos extremos llamando al miedo para que les ayude a acomodarse en el poder, tratando de dejar por puertas a los que desentonan por color o acento. Debe ser por ignorante y no entender mucho, pero lo que no he visto por acá es fotos de magistrados de las Altas Cortes reseñados con la clásica y universal foto de bandido, que con el numerito que traduce vergüenza en todos los idiomas del mundo.

Conversar y viajar son dos placeres y dos necesidades; un solo lujo. La primera, un viaje a otra persona, un recorrido guiado y compartido por las historias y paisajes de su vida, pensamiento, sentimientos y sueños.

Viajar, por su parte, es otra forma de ver el mundo y plantearse preguntas, de probar nuevos sabores y desafiar limitaciones. Da otras perspectivas, rompe con el aislamiento que nos puede llegar a encarcelar un poquito más cada día, siempre metidos en lo mismo, rutinarios, atados a nosotros mismos. Hay que procurar viajar mucho, a donde sea, además porque si no nos vamos tampoco podremos volver.

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