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Opinión

  • | 2013/12/28 00:00

    Convertir al muerto en santo

    Particularmente, no creo en milagros. Pensar que alguien desde el más allá puede resolvernos problemas del más acá, fue la misma creencia que mantuvo a la Humanidad amarrada a la Edad Media.

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No hay muerto malo ni hijo feo. Y resulta perverso creer que un ser que ha asesinado a cientos de personas para defender un negocio tan sucio como el narcotráfico puede realizar un milagro. La madre del hombre más buscado en Colombia a finales de los ochenta llegó a afirmar que a su hijo lo mataron por envidia, y muchos de los chicos que hicieron parte de su brazo armado visitaban religiosamente su tumba para pedirle un milagrito. Gonzalo Rodríguez Gacha, amigo y colega de Escobar, solía regalar fajos de billetes a los habitantes de las comunas de Medellín y en  la celebración del primer aniversario de su muerte fueron muchos quienes ganaron la lotería al apostarle a la fecha en que las autoridades le dieron de baja.

La historia de Saulo de Tarso, un fariseo cobrador de impuestos, un perseguidor de judíos cristianos, un practicante del ojo por ojo, fue proclamado santo a pesar de la  sangre que manchaba sus manos. Un cura ecuatoriano que durante la Independencia se hizo subversivo, y que se le había prohibido celebrar misas por degollar a sus enemigos, tomó un día la decisión de ahogarlos en un río para seguir practicando la eucaristía. Sin embargo, medio siglo después de su deceso, el religioso  fue postulado por la Iglesia Católica para su canonización.

Pío XII, de quien se asegura se confabuló con Adolfo Hitler para exterminar a seis millones de judíos y apoderarse de sus riquezas, fue designado en el 2009 por Benedicto XVI para ser llevado a los altares de la santidad, olvidando que en 1942 se negó a firmar una carta protesta de los Aliados, encabezada por Inglaterra y los Estados Unidos, para impedir que el Tercer  Reich siguiera asesinando sin consideración a los semitas europeos.

Pero quienes crean que aquella petición de Joseph Aloisius Ratzinger estaba fundamentada en consideraciones estrictamente espirituales, en milagros comprobados, es porque olvidan que Benedicto XVI fue un defensor a ultranza de los postulados nazis y se enroló en la escuela nacionalista, conformada en su mayoría por un grueso número de jóvenes fanáticos que, armados con mazos, desataban su furia criminal contra todos aquellos detractores del régimen y que la historia  recordaría con el nombre de los camisas pardas.

Tampoco debería extrañar a nadie que durante el papado de Ratzinger fuera canonizado Juan Pablo II. La memoria es frágil y el fanatismo es una ola que rebosa su propia orilla. Y no hay que olvidar que  Joseph Aloisius fue la mano derecha  de Karol Józef Wojtyla a lo largo de los 28 años que este se desempeñó como el jefe máximo del Estado del Vaticano, tiempo durante el cual las delaciones por pederastia se incrementaron en todos los países del mundo donde oficiaban curas católicos y por cuyos delitos no pagó nadie,  a pesar de que a Juan Pablo II, nos cuenta  Carmen Aristigui, le llegaban a su despacho los documentos de las denuncias que publicaba la prensa.

Convertir al muerto en santo no es solo una costumbre fundamentada en las creencias de una institución con pies de barro como la Iglesia Católica. La Biblia nos habla de héroes que asesinaron a sus enemigos en nombre del Señor pero también en nombre del mismo Dios mataron a los esposos de sus amantes para quedarse con estas. La muerte de un alcohólico genial, de un cuentista fantástico cuyas historias le sumaron seguidores en todos los países del mundo donde fueron publicadas, y fueron adaptadas al cine y la televisión con rotundo éxito, hicieron de la tumba de Edgar Allan Poe en Baltimore un lugar de peregrinación y convirtieron a su ocupante en una especie de santo pagano por donde desfilan cientos de sus seguidores que celebran con whisky y dejan sobre la lápida botellas de licor en vez de flores.

En México, la figura de la muerte es objeto de culto. Y es venerada como una santa más a los que cientos de sus fieles acuden para que esta les haga un milagro. No sé si la santa muerte ha respondido alguna de las plegarias recibidas, pero por las miles de personas que cada año visitan el santuario, uno puede pensar que sí: que la muerte, ese concepto abstracto representado en una muñeca, ha respondido algunas súplicas. En ‘Milagros descodificados’, un programa de History Channel que se transmite los fines de semana, una mujer que dice ser una sacerdotisa de la muerte asegura que los milagros han sido muchos y que solo se necesita creer y pedir con convicción para que las plegarias sean respondidas. Lo mismo, recuerdo, decía un personaje de la célebre novela ‘La historia interminable’ de Michael Ende: en el reino de la fantasía todo es posible si crees en ello y sabes pedirlo.

Particularmente, no creo en milagros. Pensar que alguien desde el más allá puede resolvernos problemas del más acá fue la misma creencia que mantuvo a la Humanidad amarrada a la Edad Media. La razón es sencilla: siempre habrá personas con el conocimiento para manipular y otras  propensas a ser manipuladas. Por otro lado, resulta chistoso pensar que un ser que  aceptó sin chistar la matanza de seis millones de personas haya ganado el favor de Dios para interceder a través de él. En el fondo es como creer que Pablo Escobar, después de haber asesinado a cientos de colombianos sin el mínimo remordimiento de conciencia, haya expiado sus pecados y recibido el poder para salvar vida.   

En Twitter: @joarza
*Docente universitario          

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