Martes, 24 de enero de 2017

| 2006/03/04 00:00

Cónyuge o candidato

“Los columnistas que recomiendan por quién votar para estas elecciones parecen buscando aspirantes a cónyuge y no candidatos a un cargo de elección pública”, dice Jorge Giraldo.

Cónyuge o candidato

El país ha entrado en los últimos años en un período de fervorosa e interesante politización. En eso coinciden personajes tan disímiles como Antonio Navarro y José Obdulio Gaviria. La presidencia Uribe ha hecho lo suyo al respecto, el Congreso hizo su contribución con la reforma política y la izquierda ayudó a generar, también, una agrupación de tendencias que fuera más allá del amiguismo y el empresarismo político.

Una alta politización sólo significa un nivel intenso de agrupamiento alrededor de corrientes de opinión y acción respecto a asuntos cruciales como la desmovilización paramilitar, la reelección, la Ley de Justicia y Paz, el TLC, las relaciones con Estados Unidos, Venezuela y Ecuador (donde tanto protagonista parece, a su vez, gringo, veneco o ecuatoriano), etc. Una alta politización no significa que haya alta cultura política, ni siquiera una mediana formación, no digamos ya en la ciudadanía sino en los prohombres y las damas que dominan las páginas editoriales.

Una señal de esta politización es la incursión de todos los formadores de opinión en los asuntos estrictamente políticos. Con muy pocas excepciones, han abandonado sus campos de conocimiento, sus asuntos de tradicional interés, esferas claves del orden social, para participar en el debate político. Buena parte de ellos lo han hecho no como analistas, sino como activistas políticos; es decir, no con argumentos razonables sino desde una posición de parte. Y eso está bien. Lo que está mal es que no se presenten como parte interesada y desconozcan que en esta barahúnda hay otros con su mismo derecho.

La prueba ácida de esta aseveración está en los pronunciamientos de los formadores de opinión respecto a las candidaturas a cuerpos colegiados y las precandidaturas a la Presidencia. Hay quienes quieren argumentar y nos dicen: fulano o zutana son de gran integridad moral, solidez intelectual, personalidad sin fisuras, valentía en la defensa de sus posturas, ese tipo de elogios que uno creía que ya no circulaban en el siglo XXI. Elogios aplicables a decenas de candidatos y millares de ciudadanos, que igual sirven para Vargas Lleras o Robledo o Rocío Arias, pero que se encarnan siempre en un único e insustituible personaje. Hay quienes no razonan, simplemente te dicen: vote por este que es mi primo, su apellido basta como garantía; este es mi colega, gran jurista, médico o ingeniero, si no se le caen los puentes, debe ser buen legislador.

He ahí el problema. No hay argumentos políticos. No se sostiene una tesis. No se enarbola una idea programática. No se expone el criterio que deberían orientar una decisión tan importante. La política se relega para darle paso a la estética (la belleza de Gina), los méritos académicos (la biblioteca de Gaviria), la lealtad familiar (Galán, el padre del muchacho) o la sicología (las catarsis de Petro). Se olvidan las viejas lecciones de que los mejores políticos no eran por fuerza bonitos, inteligentes, fieles y beatos. Ni Bismarck, ni Núñez, ni Lenin, ni Roosevelt, ni Mitterrand. Entonces, parecen buscando aspirantes a cónyuge y no candidatos a un cargo de elección pública.

¿Cuáles pueden ser los criterios para orientar un voto con sentido?

Hay algunos que deben responder al pacto social que la mayoría de los colombianos hemos apoyado en los últimos 20 años. El más importante de ellos es la frontera entre los políticos civilistas y los que no lo son. Es decir, los que juegan transparentemente a las reglas de una contienda pacífica y aquellos que van con las cartas marcadas por la insurgencia en ofensiva militar y por los grupos de delincuencia común que se reciclan tras la desmovilización paramilitar. Así como es una desgracia, también es una verdad: hay candidatos presidenciales, listas a Senado y Cámara, con presencia de peones de los grupos armados ilegales. Eso es vox populi y los más avisados no necesitan nombres.

Hay otro criterio fundacional que se refiere a los valores ilustrados y democráticos. Colombia es un país en proceso de modernidad y los planes de aquellos candidatos que nos quieren someter al imperio de las iglesias, por ejemplo, o al autobloqueo de unas fronteras cerradas, entorpecen nuestro progreso. La democracia ya no es un tema discutible y las pretensiones autoritarias de un laureanismo rancio o del chavismo nuevo, son inaceptables.

Son dos ideas para votar por un buen Congreso, líderes de bancada que ayuden a construir Estado y no a entorpecer la gobernabilidad. Y elegir precandidatos que puedan hacer una oposición inteligente y constructiva.

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