Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1987/11/09 00:00

CORAZON, VIOLETA Y PAREJO

"Los campesinos sinuanos, a quienes la pobreza ha vuelto fatalistas, dicen que si uno nace para segador, del cielo le cae el tramojo"

CORAZON, VIOLETA Y PAREJO

La gente suele pensar que cada quien viene a este mundo con su destino marcado, como una cruz de ceniza en la frente, y que nadie puede escaparse de lo que le depare la vida, aunque luche contra ello hasta el agotamiento.
Los campesinos sinuanos, a quienes la pobreza ha vuelto fatalistas, dicen que si uno nace para segádor, del cielo le cae el tramojo. En las sabanas de Bollvar, unas tierras enigmáticas en donde las brujas se reúnen cada noche en los cerros que protegen a Corozal, los caporales dicen que si uno nace para salado, aunque ande vendiendo azúcar.
Cada vez que oigo hablar de estas cosas, del hado y de las fuerzas invariables que obran sobre las personas como el sello indeleble de un hierro de marcar vacas, me acuerdo de la historia de Santiago Nassar, condenado a morir, quemado por su destino, en la novela de García Márquez que se parece a una tragedia griega.
El caso de Corazón Aquino es patético. Con sus grandes anteojos de miope y su aparente fragilidad, estaba reservada para ser solamente la mujer de un político.
Quizas serviría de adorno hogareño en grandes mánifestaciones, de atractivo familiar para los fotógrafos de revistas frívolas o de sombra dulce y tierna a la espalda de su hombre. Pero asesinaron a su marido.
Desde entonces, con su cara asustadiza, Corazón tuvo que enfrentar lo que la vida tenía guardado para ella. Ni lo buscó ni se lo imaginó. A lo mejor ni siquiera le gusta. Pero es que nadie puede engañar a su destino.
Su historia se parece demasiado a la de Violeta Chamorro, aunque las separe medio mundo de distancia. Era la mujer de Pedro Joaquín Chamorro, ese formidable periodista nicaraguense acribillado por los cipayos de Somoza cuando su régimen ya estaba agonizando.
Entre sus manos, como una bandera, quedó el periódico que su marido habla alimentado con sus ilusiones, su sudor y su propia sangre. Ella lo recogió. No era periodista ni nada que se le parezca. Probablemente no sabía distinguir un lingote de un linotipo.
El otro día, en una entrevista que le hicimos por radio, la señora Chamorro confesó con un candor que estremecía los huesos: "Yo lo único que quería en esta vida era prepararle a Pedro su taza de té todas las tardes, rezar mis oraciones por la noche y arreglar la cama por la mañana". Luego se le quebró la voz entre dos lágrimas. Porque la fatalidad lo empujó, de un solo golpe y con la brutalidad de un huracán, contra su propio destino. Ahora esta mujer alta y angulosa vela sin descanso al pie de su rotativa, convertida en un símbolo contra la censura de prensa.
Aquí mismo, en Colombia, tenemos un ejemplo admirable, impresionante y a la mano: el de Enrique Parejo González. Le dispararon a quemarropa, entre la nieve que cala sobre Budapest, y a duras penas logró sobrevivir. Cuándo los seres humanos corrientes y vulgares creíamos que Parejo haría mutis por la trastienda, y se iría cautelosamente. de la vida pública, se levantó de la cama, con media cara cosida aún a los hilos de sutura, con una bala en alguna parte de la cabeza, músitando penosamente, y le dio al mundo entero un mandarriazo desde Viena.
He pasado largas horas y noches enteras tratando de encontrar en la vida de Parejo, en sus antecedentes, el cabo perdido que le permita a uno descubrir la pista de su predestinación. Nada. Ni un solo rastro. Sus amigos de Ciénaga, que lo vieron crecer jugando en la arena cenicienta de la playa, que compartieron con él la juventud, que creían conocerlo gota a gota, son los primeros asombrados. "Nos ha pasmado a todos con su entereza de ahora", me dijo uno de sus parientes.
No es posible darle a estos fenómenos una explicación racional por un motivo sencillo: porque el temple de que está hecha está gente no tiene nada que ver con la razón sino con el espíritu. Es el destino al que de repente se ven encarados. Nadie puede adivinarlo. No hay forma de pronosticarlo. "Hasta el día en que lo nombraron ministro de Justicia --recuerda una señora de su intimidad --Parejo era un hombre retraído y solitario, más bien tímido".
Es el sentido de una misión en la vida lo que los hace cambiar. Es la frase del personaje de Shakespeare, de hinojos ante el cadáver de su padre: "Ahora soy yo quien tiene que demostrar para qué he nacido."--

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