Lunes, 16 de enero de 2017

| 2008/02/16 00:00

Correa no es peón de Chávez

Es evidente que desde Quito hacen un ejercicio sistemático para desmarcarse de Caracas

Correa no es peón de Chávez

Los hechos nos van demostrando que mucho va de Hugo Chávez a Rafael Correa, aunque haya aspectos en los que tengan coincidencias. La izquierda latinoamericana es variopinta y en ella hay desde demócratas convencidos, pluralistas y conservadores en materia económica, hasta sectarios, radicales y propensos a la violencia para alcanzar sus objetivos. Lo mismo ocurre por estos lares. Si acá tenemos a Lucho

y a Angelino, ahí afuera está Lula, con el mismo origen sindical, favor popular y compromiso democrático. Si hay un Tabaré Vásquez, de sólida formación profesional y antaño cercano a la guerrilla tupamara, aquí está Navarro Wolff. Si en Chile gobierna el socialismo con ortodoxia, aquí hay economistas de izquierda de impecable gestión, como Kalmanovitz. Y claro, si allende las fronteras hay personajillos como Daniel Ortega y Evo Morales, aquí también tenemos los nuestros, dignos de las cavernas.

Pero vuelvo a lo mío. Decía que los mandatarios de Ecuador y Venezuela son muy diferentes. Y esas diferencias, más allá de sus muy distintas historias personales -Correa tiene un par de maestrías y un doctorado y habla varios idiomas; Chávez es un militar golpista y procaz que presume de autodidacta y tiene marcada inclinación por el lenguaje de la violencia-, empiezan a reflejarse en el trato hacia Colombia.

De manera que cuando Chávez se dedica a fungir de canciller de las Farc, Correa, aunque no las llama terroristas, no teme resaltar que muchas de sus acciones sí lo son y no duda en "rechazar como el que más las acciones que realizan en Colombia". Si el Teniente Coronel pide que se les conceda beligerancia, el Presidente ecuatoriano dice expresamente que nunca lo hará. Si Chávez pide la integración de los ejércitos del Alba, Ecuador dice que prefiere quedarse afuera de semejante aventura. Es evidente que desde Quito hacen un ejercicio sistemático para desmarcarse de Caracas.

Alguien me dirá que, sin embargo, Correa le hizo coro a Chávez y aseguró que por el norte Ecuador limita con las Farc. Es una ligereza inaceptable, es verdad, cometida primero por Wellington Sandoval, su ministro de Defensa, pero es el resultado de la convicción de ciertos sectores del gobierno meridional de que Colombia no hace suficiente presencia militar en la frontera y no de su intención de ofendernos. Es más, conversaciones recientes con altos funcionarios ecuatorianos hacen pensar que Correa no sabe la indignación que producen estas declaraciones entre los colombianos y que si lo supiera, se abstendría de hacerlas.

Esa ignorancia, con frecuencia resultado de los prejuicios y estereotipos con que muchos sectores de la izquierda latinoamericana miran tanto la violencia en Colombia como al gobierno de Uribe, es una prueba más de que es indispensable poner en marcha una estrategia de acercamiento con nuestro vecino del sur. En Quito reconocen que mucho ha hecho el propio Uribe siendo el único jefe de Estado que fuera a la inauguración de la constituyente ecuatoriana y con la llamada que le hiciera a Correa después de sus desafortunadas declaraciones sobre la zona de frontera. Pero nuestra diplomacia no puede ser defensiva y limitarse a apagar incendios.

Para el caso, hay que reconstruir la relación entre los dos países y trabajar de manera proactiva. Los aspectos conflictivos giran casi todos en torno a la seguridad. Algunos de ellos son relativamente fáciles de resolver (tenemos más del doble de efectivos de su fuerza pública que Ecuador en la zona y en Quito no lo saben). Y ahora cuando desde Bogotá se ha decidido fortalecer la erradicación manual, debería ser posible un pacto de caballeros de no fumigar en los diez kilómetros que piden los vecinos (Colombia no puede comprometerse por escrito, porque supondría que desde el exterior se impongan las condiciones en las cuales se adelante la lucha contra el delito). Otros, como el estereotipo del colombiano como delincuente, suponen esfuerzos de los medios de comunicación para terminar con la caricatura. Acaso el más difícil sea el de la renuencia de Ecuador a las operaciones conjuntas contra la criminalidad en la frontera, aunque la vía de la coordinación abre posibilidades que no se han explorado suficientemente.

En fin, Correa no es un peón de Chávez. Uribe lo reconoce. ¿Por qué no intentar entonces una gran reunión de los Presidentes y sus gabinetes, como la que tuviera lugar entre Ecuador y Perú después de su guerrita de frontera, en la que se solucione el grueso de problemas y se impulse decisivamente la agenda positiva?

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