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Opinión

  • | 2016/02/02 10:52

    Enemigo público n° 1

    La izquierda colombiana no está preparada para una lucha resuelta contra la corrupción porque tiene un problema estructural que no ha sido tocado.

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Unos van de salida y otros vienen de vuelta. El presidente Santos va de salida y Timoleón Jimenez viene de vuelta. Otro que viene de vuelta es Francis Fukuyama. Recuerdo su libro: «El fin de la historia y el último hombre». En 1992 lo leí, subrayé y glosé. Luego, empleando la tiza y la pizarra de la escuela de la vereda La Planada en Samaniego (Nariño), intenté explicarlo a los guerrilleros que compartían mi trashumancia. Lo que más les interesó fue el pasaje hegeliano sobre el combate del primer hombre por el «reconocimiento». La pelea no era por comida, sexo o territorio. Terminada la charla proseguimos nuestra singladura: disparar hasta el «fin de la historia».

Fukuyama pasó de republicano «neocon» a demócrata y dice -en una reciente entrevista a la prensa española- que los Estados Unidos están deteriorándose y en manos de las corporaciones privadas. Agrega que las elites cometieron graves errores y la gente normal está pagando los platos rotos. Esto lo sabemos, pero está bien que él, que fue asesor del Departamento de Estado, nos lo recuerde. Para Fukuyama el enemigo público No 1 ya no es el comunismo sino la corrupción. En este último asunto me detengo.

Una banda de políticos y empresarios colombianos han convertido al Estado en su coto de caza privado y en su principal fuente de incremento patrimonial. En poco menos de una semana han estallado en la cara de los contribuyentes y los votantes colombianos dos casos de corrupción. Uno de corrupción patrimonial y otro de corrupción política. Reficar es una subsidiaria de Ecopetrol que según la Contraloría ha abonado 4.025 millones de dólares (¡vaya cifra!) en sobrecostos por la construcción de la refinería de Cartagena. Un escrache tecnopolítico -a raíz de una columna de Daniel Coronell- hizo que el Defensor del Pueblo, Jorge A. Otálora, renunciara a su cargo por abusador y déspota.

Interbolsa, Foncolpuertos, Agro Ingreso Seguro, Coomeva EPS, Transmilenio de la 26, Caprecom y SaludCoop, son entre centenares, los más reconocidos casos del brutal saqueo del patrimonio social ejecutado por el maridaje político-empresarial. En paralelo a esta macrocorrupción existe en la mayoría de municipios de Colombia una microcorrupción endémica ejercitada por mafias locales, contratistas de medio pelo y políticos de poca monta que sacan partido de la contratación pública. Son gente tan endemoniadamente astuta que son capaces de vender binoculares en una clínica de ciegos.

Colombia entra en una fase de desaceleración económica y las migajas que la minoría expoliadora dejaba en el plato a las capas medias empiezan a escasear. Veamos lo que pasó en España. La crisis económica en la Península y las políticas de recortes dieron origen a la indignación juvenil y ciudadana (15-M) y los jueces se vieron forzados a subir el listón en casos de corrupción y llevaron la ley penal hasta los aposentos de la familia real. La infanta Cristina ha sido imputada por fraude fiscal por una corte plebeya. El viento sopla y unas veces se trueca en tormenta.

La corrupción no sólo debe ser purificada por los jueces sino también por los partidos políticos que quieran sacar la mierda de sus establos. La mayoría de los políticos profesionales no están por la tarea porque están untados y la izquierda sigue tan entretenida con los tweets de Uribe y en rivalidades de vestuario y cotilleos en sus sedes, que no les ha dado tiempo para entender que en la lucha real contra la corrupción hay una veta sin explotar. La tienen frente a sus narices y no la ven.

Colombia, a pesar de que es una democracia minimalista, deja unos espacios por donde se puede entrar a saco contra el enemigo público No 1: la corrupción. Hay chicas y chicos competentes que con la ley en la mano pueden penetrar en la administración pública y encontrar la basura. Sólo mediante grupos profesionales se pueden documentar casos, echarles una mano a los jueces y castigar a «Los Liquidadores». Sólo así la izquierda tiene algún sentido. Hay mucha gente sin oficio en las sedes, buscando parejas por internet, esperando el fin de mes para cobrar y creyendo que el cambio llegará a través de las redes sociales.

La izquierda colombiana, brother, no está preparada para una lucha resuelta contra la corrupción porque tiene un problema estructural que no ha sido tocado. Un problema estructural que no se resuelve con reuniones entre dirigentes o sumando y restando siglas. Un problema estructural que lleva a ninguna parte a las anunciadas candidaturas presidenciales, sino no van defendidas por una fracción parlamentaria no menor de cien curules. Una izquierda sin organización y sin musculo territorial. Una izquierda que no ha podido llenar el vacío que dejó el liberalismo radical, transformador y mayoritario en la sociedad colombiana. Una izquierda metropolitana que hizo de Bogotá una gran isla desconectada del resto del país. Ya veremos cómo mantener la llama ardiendo.

Todo se va gastando -le oí decir a un octogenario resistente griego que luchó contra los alemanes, contra la dictadura de los coroneles y fue prisionero en una isla del mar Egeo-, se van gastando las sabanas, las colchas, las mantas, las personas, los partidos, las generaciones, nada se salva. «Los Liquidadores» también se van gastando. El fuego necesita madera nueva.  

Yezid Arteta Dávila

 En twitter: @Yezid_Ar_D

 Blog: https://yezidarteta.wordpress.com/author/yezidarteta/

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