Sábado, 21 de enero de 2017

| 2004/11/14 00:00

Corruptelas

El único remedio eficaz contra la corrupción es la ciudadanía. Conciencia, cultura, organización y vigilancia ciudadanas

Corruptelas

Costa Rica es la punta del iceberg. Y Miguel Ángel Rodríguez es la punta de la punta: de presidente a secretario de la OEA, y de la OEA a la cárcel por ladrón. Hay otros cuatro presidentes envainados: Calderón, preso por caco; Figueres, renunciado por ídem; Pacheco, el actual, y Arias, el que quiere repetir, investigados por recibir dineros de Taiwán.

Pero la cosa no es sólo de los 'ticos'. Bolaños, en Nicaragua, a punto de caerse por ratero, y Arnoldo Alemán, pagando sus 20 años de prisión. Menem, escondido en Chile; Fujimori, en Japón; Pinochet, lleno de dólares; el trío Bucharam-Mahuad- Noboa, caído en Ecuador; en Paraguay la terna Wasmosy-Cubas-González; Portillo en Guatemala, Aristide en Haití, Collor de Melo en Brasil, Pérez en Venezuela. Mejor dicho: 21 presidentes o ex presidentes de la última década que en 14 países han sido condenados, han huido, están en juicio o ad portas de un juicio por robarse la plata que el pueblo les confió.

El ejemplo cunde y los de abajo aprenden. Por eso no es raro que todos los países de América Latina se hayan rajado en el Índice de Transparencia Internacional (menos de 5 puntos sobre 10), con excepción de Chile (7,4) y Uruguay (5,5).

Colombia no está entre los peores. Salvo el señor Samper, ningún Presidente posterior a Rojas fue enjuiciado por corrupto. Y así nuestro Índice de Transparencia sea muy malo (3,7 sobre 10), peor están México, los vecinos andinos y casi todos los centroamericanos.

Entre los 133 países que estudia Transparencia, en corrupción ocupamos el lugar 59 -casi, digamos, la mitad del mundo-. En cambio, en una encuesta del año 2003, Colombia ganó medalla de oro en optimismo: el 60 por ciento de la gente creía que la corrupción disminuiría mucho bajo Uribe. El medallista de plata -y a distancia- fue Indonesia, que para entonces estrenaba presidente y salía del crack de los 90.

No hay modo de saber a ciencia cierta cuándo la corrupción aumenta o disminuye. Pero los cambios bruscos sí se notan, y en Colombia esos cambios no se ven. La Procuraduría y la Contraloría abren tantos procesos como antes, y los escándalos siguen como siempre (ARS, Policía, Fiscalía, Invías, Regalías, Estupefacientes.) para no hablar de Invercolsa, de Yidis o de las cosas que Pedro J. Moreno publica sobre el gobierno. El referendo 'contra la corrupción' falló, la meritocracia resultó una broma y Uribe reparte dulces a dos manos.

Otro tanto ha pasado en Indonesia bajo el flamante gobierno Megawati. Y es porque en el Tercer Mundo la anticorrupción no es una política sino sólo una bandera: condenar la corrupción produce votos, pero tocar a los corruptos es estrellarse con los dueños del Estado. El candidato apela a la indignación ciudadana, pero el presidente hace que el gobierno funcione, o sea que la virtud necesaria para triunfar en las urnas contradice la habilidad requerida para operar el gobierno.

Es el engaño de los antipolíticos, es decir, los políticos que se hacen elegir porque no son políticos y después gobiernan porque son políticos. En palabras precisas: la antipolítica es la corrupción de la anticorrupción.

En efecto. En los países serios, el Estado es propiedad del público y está al servicio de la ciudadanía. Pero en Colombia y en casi toda América Latina (igual que en Indonesia y casi todo el 'mundo en desarrollo'), el Estado es propiedad de tres grupos privados: los lobbies, la burocracia y las clientelas, o sea los ricos, los sindicatos y los politiqueros que se reparten el Estado desde dentro y dejan migajitas para los de fuera -para el ciudadano-.

El único remedio eficaz contra la corrupción es la ciudadanía. Conciencia, cultura, organización y vigilancia ciudadanas. Conciencia de que el corrupto le está robando personalmente a uno. Cultura de que lo público es de todos, no sólo de los que pueden. Organización en partidos de verdad. Vigilancia en denunciar y aportar pruebas.

Los gobernantes de un país de ciudadanos tienen menos tentación de ser corruptos. Y cuando son corruptos, los ciudadanos impiden que queden sin castigo. Es lo que en buena hora está ocurriendo en Costa Rica; y lo que no ocurrió en Colombia, por ejemplo.

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