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Opinión

  • | 2014/08/24 00:00

    De vuelta a Cortázar

    Este año se cumplen 100 de su nacimiento y 30 de su muerte. Julio Cortázar fue uno de los más grandes escritores latinoamericanos. Tributo con una devota ojeada a su vida y su obra.

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Bordeando mis 20 años, cuando residía en el barrio Saint-Germain-des-Prés, en París, a comienzos de los años sesenta, nada para mí fue más excitante que aquel constante merodeo que me impuse alrededor de un cafecito ubicado sobre el bulevar Saint-Germain, en el corazón del Barrio Latino y muy cerca de dos de los más emblemáticos cafés de la intelectualidad francesa, epicentro ambos del auge del existencialismo en aquel tiempo, el Flore y Les Deux Magots. Se trataba del Old Navy. Sabía entonces que este pequeño local era la trinchera en la que se parapetaba por horas ese coloso de descomunal armadura literaria a quien los escritores noveles leíamos con irrefrenable fascinación.

Contrario a lo que me ocurrió con Sartre, razón de ser de mi desplazamiento a París en donde adelantaría estudios de Filosofía y Letras en la Sorbona como calculado truco para conocer personalmente al más grande de los filósofos vivos de la época, y a quien vi y abordé en varias oportunidades, con Cortázar me fue mal. En cierta ocasión, no obstante, luego de mirar por enésima vez hacia adentro del cafecito, me pareció ver en una mesa del fondo, muy próximo a la barra de licores, una figura que podría haber sido la suya pero que por la duda jamás pude declarar con certeza que había atrapado a mi objetivo. Y vea pues, semanas más tarde, la amiga que me acompañaba ese día en mi rutinario fisgoneo me dijo: “Sí que era Cortázar, te lo puedo asegurar”.
 
Esta evocación del Julio Cortázar que no pude conocer me deja un consuelo. Las dificultades semejantes que sufriera García Márquez cuando se propusiera igual empresa, aunque probablemente su perseverancia fue mayor que la mía, y su surte más complaciente. Contó Gabo al respecto: “Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo".
 
Cuando se menciona a Julio Cortázar a menudo se piensa que se trata de un escritor argentino a secas. Pero pocos saben de su nombre completo o de su lugar de origen, por lo que de entrada señalemos que Julio Florencio Cortázar Descotte era Belga, nacido en la embajada gaucha en Ixelles, suburbio de su capital Bruselas, el 26 de agosto de 1914, a un mes escaso del comienzo de la Primera Guerra Mundial, y que por lo tanto fue un escritor Belga de origen argentino, y que solo a sus cuatro años el pequeño “Cocó”, como se le apodaba, vino a conocer Buenos Aires.
 
Este hombre de presencia monumental alcanzaba una altura mayor al metro noventa. Al decir de Gabo, “parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido”. Su semblante dejaba traslucir la curiosa mirada de un niño socarrón que parecía existir en función de las paradojas y las bromas “serias”. Fue químicamente un gocetas incurable que entre salto y salto sobre su rayuela memorable, y con un enfoque lúdico, terminó por formular un nuevo estilo en el domino de la literatura con un fascinante juego que entremezclaba lo real con lo fantástico.
   
Aunque buena parte de su vida vivió en Argentina, desde 1951 se radicó en París. En 1932 se hizo maestro Normal, profesor de Letras y más tarde traductor público de inglés y francés, título que requiriendo tres años, él alcanzó en nueve meses, lo que aparentemente le provocó una neurosis caracterizada entre otros síntomas por la obsesión de encontrar cucarachas en las comidas. No hay que olvidar que en el origen de tales obsesiones recurrentes en él, están sus legendarios Cronopios.
 
Enfermizo en su infancia, hizo de su cama un templo para la lectura. A los nueve años se sumergió en Edgar Allan Poe, Julio Verne, Victor Hugo y, quien lo creyera, del mismísimo diccionario Pequeño Larousse. Y como escritor prematuro baste saber que a los diez años ya había escrito algunos cuentos y poemas y una novela breve que según él fue una suerte saberla perdida en alguno de los trasteos familiares.
 
Muy temprano se hizo fanático del boxeo, como lo fuera más tarde del cine y del jazz. ¡Y de qué manera! Incluso no fueron pocos sus intentos por desarrollar teorías o, por qué no, alguna especie de filosofía relativa a estas sus tres devociones.
 
Pero su remoto comienzo de escritor formal se da con su relato “Bruja”, incluido en “La otra orilla” su primer libro de cuentos. Y por ahí sigue con “Casa tomada”, “La urna griega en la poesía de John Keats”, y vaya usted a saber cuántos cuentos, novelas, poemas y ensayos más escribió este ingenioso maestro de las letras y actor principalísimo del boom literario latinoamericano. Acotemos únicamente esto: el autor de Rayuela, forcejeó exitosamente con poemas en prosa e incluso en verso y brillantes libros híbridos como “Pameos y meopas”, “Un tal Lucas”, “Historias de cronopios y de famas”, “Último round” y “Salvo el crepúsculo”.
 
La primera vez que abandonó su seudónimo de Julio Denis que acostumbró por algún tiempo fue en 1948 a raíz de la publicación del poema dramático “Los reyes”, y ya con su Julio Cortázar a cuestas, arranca con su primera novela, “Divertimento”, un anuncio en profundidad de su famosísima “Rayuela”, y con su primer fracaso, “El examen”, descalificada por Guillermo de Torre de la editorial Losada. Más tarde publica “Bestiario”, de escaso reconocimiento por entonces. Y ya desencantado con esto y aquello y con Perón, decide jugarse su vida y someterse a la manera de César Vallejo a morir en París...
 
Allí, pronto conoce a Aurora Bernárdez, hermana del poeta Francisco Luis Bernárdez, escritora y traductora y finalmente su albacea, con quien se casa y conserva una unión marital entre 1953 y 1967. Con ella tradujo la obra completa de Poe. Entre el 67 y el 70 vive con la lituana Ugné Karvelis quien lo anima para la política, y entre 1970 y 1982, se une en matrimonio con la escritora estadounidense Carol Dunlop. Con Carol se zambulle en un mundo de sensaciones tan intensas como poéticas. Testimonio de ello es ese hermoso libro de amor que denominó “Los autonautas de la cosmopista”, narración de un viaje en pareja y soledad que hicieron entre París y Marsella en una camioneta Volkswagen a la que llamó Fafner en honor a Wagner. Pero ninguna felicidad puede sobreponerse a la muerte. Ésta logró arrebatarles aquella comunión de pasiones y sueños cuando en 1981 Carol, a la edad de 36 años, muere víctima de un cáncer. Finalmente, ausente de su universo cotidiano esta maravillosa compañera, vuelve Aurora Bernárdez a cuidar al ahora enfermo Cortázar, ocupándose de él hasta en el más mínimo detalle y hasta el último de sus días. 
 
Constante en su existencia fue su posición política de izquierda. Un trasgresor que blandía con fundamentos políticos, sentimientos de solidaridad y consignas de amor ejemplarizantes. 
 
En 1981 padeció una hemorragia gástrica superándola milagrosamente. Dos años después visita por última vez Argentina cuando ésta ya estaba de regreso a la democracia. De vuelta en París, recibe del presidente François Mitterrand la nacionalidad francesa.
 
Aunque podría decirse que quien murió (y dicen que con los zapatos puestos) de leucemia (la versión de que fue de sida por una transfusión de sangre es apenas una especulación) en el renombrado hospital Saint- Lazare la tarde del domingo 12 de febrero de 1984, no fue otro que un afamado escritor de nacionalidad francesa, la verdad es que aquel infarto letal que lo condujo a la inmortalidad se llevaba a uno de los más grandes escritores argentinos de todos los tiempos.
 
En la mañana del martes 14, el coche funerario que transportaba sus restos mortales salió desde su residencia en la rue Martel en dirección al cementerio de Montparnasse. Sus más cercanos amigos y una muchedumbre de jóvenes inconsolables se volcaron para depositar el cajón y sobre él, un millón de flores y lágrimas al lado de la tumba de su eterna amada Carol Dunlop.
 
Este Cronopio Mayor, con sus Famas y Esperanzas irrepetibles, vivirá en el corazón de los hombres por el mismo tiempo que dure la literatura en la memoria humana. 
 
guribe3@gmail.com 
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