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Opinión

  • | 1996/11/18 00:00

    COSAS INCREIBLES

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Suceden en Colombia cada semana. No sabe uno cuál es más sorprendente. Por ejemplo, la conversación telefónica, revelada por la prensa, entre el viceprocurador Montoya Medina y uno de los dos testigos que acusan al fiscal Valdivieso, habría sido digna del señor Mugre y el señor Popeye, los dos célebres servidores de Pablo Escobar. El mismo léxico, igual picardía para ur-dir una coartada. De golpe, leyendo este diálogo, el país descubre que la entidad fiscalizadora, encargada de asegurar la vigencia de la moral pública, está moralmente decapitada. Es otro órgano del Estado que ha hecho metástasis. El mal, por desgracia, no se detiene ahí. Al frente de la Fiscalía hay, desde luego, dos hombres rectos y valiosos, Alfonso Valdivieso y Adolfo Salamanca, que han tomado en sus manos con todo rigor el proceso 8.000. No obstante, como alguien dijera, hay más Fiscal que Fiscalía. La propia comisión del gasto público señala que esta entidad padece de una congestión monumental: cuatro millones de expedientes sin decisión judicial. Por el infarto que sufre toda su labor investigativa, el 97 por ciento de los delitos queda en la impunidad. Cuatro mil 800 de los 5.000 guerrilleros o auxiliares de la guerrilla detenidos en un año por las Fuerzas Militares, han sido puestos en libertad.Increíble también: operando en extensas zonas selváticas donde no hay jueces ni fiscales pero sí una situación de guerra, el Ejército no tiene facultades para interrogar ni investigar a detenidos o sospechosos. Una legislación angelical lo prohíbe. También es cierto que la Constitución del 91, en cuya elaboración participaron, entre otros, ex guerrilleros, indígenas y arcángeles impregnados de teorías librescas, prohibió que la guerra dure más de 90 días. Claro que no pudo prohibírselo a los guerilleros, con lo cual la guerra prescribe sólo para el Estado y para sus recursos de excepción.De todo esto, prioritariamente, debería ocuparse el Congreso. Ilusiones. Las mayorías parlamentarias, conducidas por barones electorales, están ante todo empeñadas en una contrarreforma constitucional que favorece sus intereses, en amordazar a los noticieros de televisión y en rebajarles las penas a sus colegas presos. Con estos celebran animadas tertulias en la cárcel. Aunque parezca increíble, La Modelo se ha convertido en un animado club social, donde se diseñan las estrategias de la presente legislatura. La solidaridad juega entre congresistas que nunca le ponen mala cara al dinero, venga de donde venga.Si el poder judicial y al poder legislativo son como las alas rotas del aparato del Estado, sería mejor no hablar del Ejecutivo, su motor, cuya gobernabilidad y credibilidad andan seriamente averiadas. No hay en el gabinete criterios uniformes sobre la extradición, ni sobre las marchas campesinas o sobre la desmilitarización de zonas, y todo parece marcado por el signo de la más inmediata improvisación. Aunque en el país se legisla hasta sobre los malos pensamientos, la ley no impera en el país. Se suele decir que nos estamos quedando sin gobierno y sin oposición. En realidad, tampoco tenemos Estado. Lo tenemos, sí, en los minuciosos papeleos, en los agobiadores trámites para cualquier cosa, en la extorsión de los impuestos, la mala administración de los servicios públicos. Pero no para lo esencial: preservar la Justicia, la seguridad, el orden público. Uno esperaría que un amigo como Juan Manuel Santos, tan limpio y capaz, permaneciera fiel a la nueva concepción liberal que debieron inspirarle sus profesores de Harvard. Pero no, cosa increíble, después de haber sido un Ministro estrella de la apertura, ahora compite inexplicablemente con el doctor Vázquez Carrizosa en sus críticas al neoliberalismo.Si uno se opone a este modelo, que en fin de cuentas propone la eliminación de monopolios públicos y privados, la transferencia a la sociedad civil de funciones que el Estado desempeña de manera deplorable, la apertura a los mercados internacionales y la creación de un clima favorable para el desarrollo de nuevas empresas, sólo le deja al país la alternativa de mantener el viejo y desastroso sistema estatista y clientelizado, para el cual Horacio Serpa, por convicción ideológica, es el mejor intérprete.Después de eso, sólo faltaba una cosa: que en El Tiempo leyéramos una apología del régimen cubano. Increíble: ocurrió en días pasados. Un tal señor Adán Ramírez nos informa, en las páginas editoriales, que allí, en Cuba, no existe la pobreza (y no hay sino eso) ni propósitos de emigración masiva. Tampoco, según parece, hay dos millones de exiliados ni enjambres de pobres mujeres que se venden al turista por 20 dólares. El cubano goza de la notable dignidad de ser un ciudadano de segunda en su propio país, frente al poseedor de dólares. Si esta idiotez, a la cual le da hospitalidad el primer diario de Colombia, tuviese algún fundamento, sólo nos quedaría aguardar la única alternativa coherente y bien articulada que, siguiendo los pasos de Castro, se nos ofrece: la del señor cura Pérez .
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