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Opinión

  • | 2011/10/22 00:00

    ¡Creamos en Colombia!

    El TLC es una oportunidad para que en Connecticut descubran el cubio y para el que Tea Party postule a la Presidencia a Enrique Gómez.

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Partamos de una base: no tenemos nada que envidiarles a los Estados Unidos. Nada. Al revés: si Larry King supiera poner calzas, por ejemplo, sería el Marlon Becerra de ellos. Pero el pobre solo sabía hacer preguntas. No te trabajaba una amalgama nunca; no te preguntaba cuál es tu sol, cuál tu viento. Por eso, ante la reciente aprobación del TLC, hago un llamado para que recuperemos el orgullo de ser colombianos y miremos a los gringos sin complejos. No tendremos a Michael Jackson, es cierto: pero está Silvestre Dangond. No tendremos a Mike Tyson, no; pero está Julio Nava. No hay Red Bull, pero sí Pony Malta. Y acá no nació Justin Bieber, pero sí Pipe Bueno, que también es un niño tocado por el genio musical. Es decir, por Silvestre Dangond.

No nos amilanemos. Si ellos cantan What a Wonderful World, entonemos nosotros Qué bonita que es la vida, aquella hermosa canción que en tres minutos insta al oyente a que tome café, aguardiente y tequila, todo mezclado, y que fue compuesta con el soterrado patrocinio de Omeprazol.

He dicho hasta el cansancio que al lunar de Cindy Crawford antepongamos el no menos sexy de José Darío Salazar, y no soy el primero en notar que Andrés Felipe Arias no tiene nada que envidarle al niño de la película Mi pobre angelito, salvo, quizás, que al niño sí le dieron la casa por cárcel.

Por eso, los invito a que no nos sintamos inferiores. Nuestra contralora, que siempre carga un perrito chihuahua, es un poco nuestra Paris Hilton: ah, vieja zorra (me refiero, claro, a Paris Hilton). No tendremos a Flipper, pero esta semana apareció un delfín en Cartagena, que, aunque ya es conocido como el delfín de Bocagrande, no se trata del hijo del registrador. Y aunque nunca tuvimos un Abraham Lincoln, contamos con Mockus, o al menos con David Cañón, que recogieron el legado de dejarse la barba sin bigote.

Pero que no se entiendan mis palabras como un insulto a los Estados Unidos. Claro que no. Admiro mucho la cultura americana en general y las películas gringas en particular. Mi preferida es Ghost, sobre todo aquella escena en que un muerto se le aparece a una señora que hace esculturas en greda y tienen una escena erótica frente al torno. Era como estar viendo a Belisario y Dalita en el taller de Barichara. También me simpatiza Obama, pese a que tiene la maña de caer de sorpresa en restaurantes de comida rápida. Uno dirá lo que sea de Santos, pero no se lo imagina haciendo fila en Pike's Dogs, con sus pantalones anaranjados, para ordenar unos chuzos. (A Uribe sí: él solía ordenarle chuzos a María del Pilar Hurtado). Pero me cae bien Obama, digo, desde aquella foto en que, en el Salón de Crisis y rodeado de su primer círculo de asesores, monitoreaba paso a paso la cacería a Bin Laden: esos ojos llenos de horror, de expectativa, de angustia contenida con que seguían la pantalla aún me hacen creer que en realidad miraban un partido del Santa Fe.

No nos asustemos. Que se venga el TLC, que tenemos cómo enfrentarlo. Observen la potente infraestructura legada por el doctor Andrés Uriel, cuyas autopistas de cinco carriles resisten los embates del invierno. Como él mismo dijo con desdén:

-Ahí les dejo su autopista de cinco carrieles.

Después del responsable paso del Pincher Arias por el Ministerio de Agricultura, el campo está listo para enfrentar este desafío. El sector lechero cuenta con tanta protección que hasta el exministro Fernández, mejor conocido como la Vaca, sigue libre. Y aunque nos inundarán de rabadillas y cuartos traseros, debemos entender que no todos los cuartos traseros del país pueden ser los del motel de Cielito Lindo Salazar.

Pero que no por eso cunda el miedo: el TLC es una oportunidad única para dar a conocer nuestros productos. Para que en Connecticut descubran el cubio. Para que a la vera de la Florida's Turnpike los Renault 12 vendan merengones. Para que el Tea Party descubra a Enrique Gómez Hurtado y lo postule a la Presidencia. Y para que por todo el estado de Virginia abran locales de PPC, esto es, de Pollo, Pizza y Carne, una cadena a la que Noemí, confundida, llamaba en su campaña TPP. Pobre.

Electrifiquemos las fronteras, que ya se vienen los inmigrantes gringos. Y aprovechemos esta oportunidad, gracias a la cual Rodrigo Obregón podrá ser extra de nuevas películas. Muchos dábamos por sentado que hasta que no sacaran del aire la propaganda en que Carlos Calero baila merengue, no aprobarían el Tratado. Porque los gringos nos exigían respetar los derechos humanos, como ellos: no lanzar bombas atómicas, no hacer cárceles como las de Guantánamo. Y al final cumplimos: las cárceles de Colombia son verdaderos oasis de reinserción. Un video que reprodujo Kienyke así lo prueba: en él salen Jorge Noguera y Salvador Arana trabajando en la granja del pabellón de la parapolítica. Crían gallinas. Se pelean por despresarlas. Guillermo Valencia Cossio aparece convertido en paisajista, es decir, mitad paisa, mitad masajista. Ojalá que Caracol filme el próximo programa de La Granja allá, con todos ellos. Y lo pasen por los canales gringos, para que sepan lo que es bueno. Lo puede presentar Uribe, megáfono en mano y montado en una yegua. O Marlon Becerra con la greña al viento. O Larry King, si un día aprende a calzar muelas.
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