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Opinión

  • | 2005/07/17 00:00

    Créditos finales

    Ahora que a Vence la desgracia le ha caído encima, nadie se acuerda de quiénes son los ganaderos que lo recomendaron, ni cuáles los altos funcionarios que lo consultaban

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Ahora se viene a saber que varios de los repudiables atentados contra la vida del presidente Álvaro Uribe resultaron falsos. Por fortuna no era cierto que quisieran matarlo en junio de este año, ni en agosto, ni en septiembre del pasado en Barranquilla. En esa última ocasión fue detenido un hombre llamado Alfonso Zambrano Puello. Un indigente al que sindicaron de transportar en su carretilla una carga explosiva para asesinar al jefe del Estado, cuando ofrecía una conferencia en un hotel a varias cuadras de allí.

Las pruebas resultaron tan convincentes que Zambrano ya fue condenado. Nadie sabe qué va a pasar con este culpable, ahora que la Fiscalía le dictó orden de captura al director del DAS de Barranquilla por inventarse ese y otros dos atentados contra el Presidente.

Emilio Vence Zabaleta, el imaginativo jefe del DAS, pensaba que hacía puntos cada vez que descubría y desmantelaba un plan para matar al mandatario. Total, las tentativas frustradas de magnicidio le han servido bastante a la imagen presidencial.

En septiembre del año 2001, los vientos de las encuestas empezaron a favorecer claramente al candidato Álvaro Uribe. El suceso estadístico coincidió con la confesión de un presunto guerrillero de las Farc y seminarista.

Diego Fernando Serna, como dijo llamarse, aseguró que se infiltró en la campaña presidencial de Uribe para matarlo. El arma mortal iba a ser una Biblia bomba, pero se arrepintió -según él mismo explicó- gracias a la palabra de Dios y a la bondad del candidato.

Serna, después de su declaración y bajo protección especial, salió tan rápido de Colombia que nunca fue posible preguntarle por qué no lo conocían las Farc, ni los sacerdotes del seminario donde aseguraba haber estudiado.

En abril del año siguiente, una terrible explosión en Barranquilla destruyó el carro blindado que transportaba a Uribe. Por suerte él salió ileso. Se disparó en los sondeos.

Una vez elegido, el presidente Uribe ha sentido la solidaridad nacional cada vez que se presenta una de esas tentativas criminales.

Ocurrió el 7 de agosto de 2002 en Bogotá, cuando morteros hechizos hicieron blanco en la Casa de Nariño en plena posesión. En Granada, Antioquia, cuando presuntos guerrilleros le dispararon ráfagas que no impactaron el helicóptero que lo transportaba. En Neiva, cuando quisieron tumbar el viejo avión presidencial detonando una casa vecina del aeropuerto. En Cartagena, cuando pretendieron, otra vez, derribar el Fokker. Y en otros atentados, todos muy lamentables, que pasan por un burro bomba y cuyos detalles se han ido perdiendo con el tiempo.

La seguidilla de errores terroristas no generó solamente medallas en los cuerpos de inteligencia, sino que se convirtió en insumo para la leyenda del Presidente indestructible.

Los asesores presidenciales encontraron -desde luego por casualidad- una veta inexplorada. Alentados por las cifras, no miraron el colmillo del caballo que Emilio Vence les regalaba. Además de desmantelar sus propios montajes, que incluían casas bomba, avión y helicóptero presidenciales, Vence capturó a dos presuntos implicados en el emblemático atentado de la campaña.

El director del DAS de Barranquilla se convirtió en consentido del gobierno nacional. Nadie recordaba las razones por las cuales había salido ya dos veces del organismo de seguridad. El señor Vence tenía asiento en la llamada comisión moralizadora del puerto de Barranquilla. Se sentaba al lado de ministros, gobernadores, generales y alcaldes. Disponía como cosa propia de vehículos oficiales y auxilios educativos.

Pero ahora que la desgracia le ha caído encima, nadie recuerda quiénes son los ganaderos del Cesar y Córdoba que lo recomendaron para regresar al cargo. Ni cuáles los funcionarios del alto gobierno que lo consultaban. Ni los senadores que lo respaldaron.

De respetada autoridad, Emilio Vence pasó a ser prófugo de la justicia. Los hombres que mandaba, ahora lo persiguen. Nadie le agradece sus positivos, ni recuerda sus dotes de investigador. Por eso quienes lo conocen aseguran que puede acudir nuevamente a su imaginación -o a su verdad- y contar quiénes fueron los guionistas de las películas que él dirigió con tanto éxito.
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