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Opinión

  • | 2017/07/31 09:15

    Hijos de sangre derramada por otros

    Triste papel para quienes se venden como faros de la transformación de sus sociedades y son solo agitadores irresponsables de la pasión que enciende odios sin contemplar los vientos que agitan la pradera.

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Son una desgracia. Se parecen tanto que a pesar de los esfuerzos de sus amigos y funcionales para defenderlos, es imposible no contrastar al de acá con el de allá.

La vulgaridad para referirse al opositor, las salidas de madre, el tono de amenaza permanente, además de su innegable convicción de iluminados redentores, les impide ver que no han sido llamados, que nadie los ha solicitado. Eso sí, no se bajan de su convicción de que tienen la misión divina de salvar a otros.

Están convencidos de que a un lado de la frontera y al otro, el resto somos menores de edad. Que necesitamos un salvador.

Él de acá, vocifera y gesticula movilizando odios y encendiendo pasiones contra sus contradictores. El de allá, llama a linchamientos públicos y se hace el pendejo frente a la muerte de más de 100 de sus compatriotas, la mayoría jóvenes.

No creo que sacar mayorías constituyentes los legitime. Conocemos las mayorías desde la Nicaragua de Anastasio Somoza hasta las del Ortega de hoy, las mayorías de Pinochet y las de ahora en Egipto.

Si en la Colombia de 2010, sectores de poder que acompañaron al “divino” por ocho años no hubiesen frenado su apoyo a la barbarie y no hubiésemos tenido una Corte Constitucional que impidió la reelección eterna, estaríamos viendo morir el quinto período de Uribe y tendríamos una sombra oscura como compañera permanente de nuestro andar.

Ahora bien, hay ilusos que creen que lo mejor que puede ocurrir para los colombianos es que el actual régimen de Venezuela se caiga de manera estrepitosa.

No creo.

Los venezolanos deben encontrar su propio camino y por la experiencia y el desangre propio, es mejor que encuentren una salida negociada.

Duele ver el crecimiento de la idea del “enemigo interno” en las FFAA venezolanas y en el discurso oficial.

Duelen los jóvenes arrastrados, golpeados, baleados, el uso de explosivos y la repetida imagen de policías y guardias heridos y muertos.

Aquí respetados vecinos, por 50 años y más, hemos sido carne del mismo tronco matándonos unos a otros.

¿Suena muy Ghandi?, muy ¿peace and love? pero y ¿ Cuál es el problema que suene así?

No sé qué ocurrirá con el proceso constituyente, no conozco la situación real del vecino país, (si es que hay una sola) pero el mayor aporte que puedo hacer desde este lado de la frontera es insistir en que profundizar en la violencia y el uso de las armas es el camino equivocado.

No conozco las cartas con que juegan los aliados políticos del Gobierno de Maduro y tampoco las de quienes le hacen oposición o lo apoyan.

Recibo informaciones tremendistas de uno y otro lado pero sé que se hace mucho mal promoviendo el aplastamiento de un sector de la sociedad por otro.

Las democracias no resuelven todos los retos que plantea vivir y desarrollar una sociedad. En la Colombia de 2002 a 2010, vimos el abuso de sus reglas para hacerse al poder y luego tratar de garantizar la reelección de un liderazgo y una visión que en democracia camuflo visos de dictadura.

Ese camino es reprobable en nuestra casa y en la del vecino.

Uribe y Maduro hoy son hijos de la misma sangre, de la que derraman quienes buscan espacios y posibilidades para otra política en nuestros países.

Triste papel para quienes se venden como faros de la transformación de sus sociedades y son solo agitadores irresponsables de la pasión que enciende odios sin contemplar los vientos que agitan la pradera.

@alvarojimenezmi
ajimillan@gmail.com

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