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Opinión

  • | 2017/05/08 07:58

    Se volteó la hoja: ahora los “indocumentados” son venezolanos

    Sería absurdo que, despreciando la experiencia de tantos años, incurriéramos en los mismos errores que postraron a Venezuela o que no pudiéramos corregir los que precipitaron en su momento la migración masiva hacia ese país.

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Venezuela fue durante varios años el principal productor de petróleo del mundo. Después descubrió en la “Franja Bituminosa del Orinoco”, una de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta. Igualmente, como si el Creador hubiera tenido especial consideración con ella, le apareció el cobre, el oro, la bauxita y el hierro y con ellos el aluminio, gracias al enorme potencial hidroeléctrico que se generó en el oriente del país sobre el río Caroní.

Venezuela nadaba en la abundancia. Abandonó el campo y decidió importar alimentos que eran subsidiados por el estado, así como el transporte, la gasolina y otros productos y servicios: se volvió un país “derrochón” en el que el dinero y los privilegios fluían generosamente para los amigos del gobierno.

Colombia era un país austero. El desempleo era alto y nuestra economía estaba basada casi exclusivamente en el café, que era recolectado por campesinos que se movilizaban luego para recoger arroz y algodón. Los hatos ganaderos en la costa y los llanos orientales, eran manejados por muy pocos vaqueros. La violencia política y la delincuencia se extendieron y el desplazamiento forzado se generalizó. Para muchos compatriotas, Venezuela se constituyó en el gran destino.

Allá, los hombres se ocupaban de labores agrícolas y ganaderas que conocían bien y que los venezolanos no desempeñaban. Las mujeres eran requeridas para faenas domésticas, mientras que los vendedores ambulantes, que llamaban “buhoneros”, aparecieron en las principales ciudades de Venezuela. A todos se los denominaba peyorativamente “indocumentados”.

Todo en medio de una ilegalidad cohonestada. La Guardia Nacional, hacía frecuentes redadas para sorprender a colombianos trabajando: en algunos casos eran verdaderas “cacerías humanas”. Los trabajadores debían pagar de sus exiguos recursos “contribuciones” para no ser enviados a la cárcel donde frecuentemente eran maltratados y posteriormente deportados sin fórmula de juicio.

Algunos patrones abusaban de sus trabajadores: no les pagaban o les “regalaban” algunos centavos, ya que consideraban que el solo hecho de aceptar que trabajaran, era un privilegio para ellos. Lo mismo sucedía con las empleadas del servicio doméstico, que eran amenazadas con ser reportadas ante las autoridades migratorias sino cumplían la voluntad de los dueños de casa.

El problema de los “indocumentados” se constituyó durante muchos años en uno de los temas más complejos de las relaciones colombo-venezolanas. Curiosamente, cuando menos se esperaba, Chávez comenzó a legalizar masivamente a muchos colombianos residentes en Venezuela, que de inmediato se sumaron a sus partidarios.

Jamás se pensó hace algunos años que, con las grandes riquezas de Venezuela, la situación pudiera revertirse. Sin embargo, ahora los venezolanos, acosados por la carestía, la inflación, el desempleo, la inseguridad y maltratados por los agentes de un régimen desprestigiado ante el mundo, esperan con afán en la frontera para adquirir artículos de primera necesidad en el lado colombiano, mientras que miles de ellos ingresan como “indocumentados” a nuestro país, donde comienzan a esbozarse algunos síntomas de las dificultades que afrontaron nuestros compatriotas.

Objetivamente surge una obvia conclusión: no obstante todos nuestros problemas, Colombia está mucho mejor que antes y Venezuela, no obstante toda su riqueza, esta mucho peor que antes.

Sería absurdo que, despreciando la experiencia de tantos años, incurriéramos en los mismos errores que postraron a Venezuela o que no pudiéramos corregir los que precipitaron en su momento la migración masiva hacia ese país.

(*) Profesor de la facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario

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