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Opinión

  • | 2016/01/20 12:13

    “Suite francesa”, Saul Dibb, 2015

    Hoy es raro encontrar una película donde la cámara se mueve, donde se registren grandes exteriores o reducidos interiores con despliegue de la gran variedad de planos que el cine permite.

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El director inglés Saul Dibb acude de nuevo a una adaptación literaria para este, su tercer largometraje. Ya lo había hecho en su anterior cinta “La duquesa”, recreando el ambiente aristocrático del siglo XVIII a través de los hechos biográficos que reproduce la novela de Amanda Foreman, con una puesta en escena llena del lujo y la elegancia de los salones de la época al igual que el de sus personajes, y desde el punto de vista cinematográfico con un talento visual apto para filmar en grandes exteriores, o en la intimidad de espacios cerrados con sus respectivos claroscuros. Ahora, de nuevo, escenificando otras épocas, en esta ocasión el muy aciago período de los primeros meses de la invasión alemana a Francia en 1940, partiendo de la novela y best-seller de Irene Némirovsky. De nuevo el director es coguionista, y para fortuna de los amantes del buen cine, con su aún más refinado y particular estilo de saber expresarse a través del medio fílmico, es decir, de la esencia del cine que es la imagen.

Hoy por hoy es raro y motivo de sorpresa encontrar una película donde la cámara se mueve, creando espacio cinematográfico, donde se registren grandes exteriores o reducidos interiores con despliegue de la gran variedad de planos que el cine permite. Por lo general lo que ahora se acostumbra es primeros planos de rostros y planos fijos, o sea, poca o ninguna movilidad de cámara, en lo que se aprecia la nefasta influencia de las telenovelas en realizadores, en comentaristas y en el público en general. Así que “Suite francesa” es todo un especial plato para quien gusta de la puesta en escena con extras y buena ambientación de época, recreada en diversos enfoques para grandes exteriores con la iluminación que ello exige, como la luz y contraluz que requiere un espacio interior con sus respectivos ángulos y tomas, que en conjunto responden al talento de saber hablar con la imagen, que es el medio por el cual se realiza esta y toda clase de narración en cine.

La ubicación es el comienzo de la guerra y de la invasión alemana en 1940 a Francia. El lugar es un pacífico pueblo en el centro del país a donde llegan las tropas y desde esa situación tan concreta y singular, la novelista va realizando una especie de crónica muy particular de lo que acontece entre invasores e invadidos, desde su óptica femenina y política realiza una visión crítica de la situación social y económica reinante, la cual no varía mucho con la llegada de un ejército extranjero y en medio de todo este conflicto, detalla muchos aspectos de la conducta que asumen los de dicha población, con sus diferentes sectores y clases sociales, sus contradicciones y enfrentamientos entre sí, como también registra la posibilidad, nueva y desconocida por las condiciones del momento, de poder tener alianzas entre sí de carácter nacionalista y en defensa de la patria invadida. Todos estos elementos se encuentran en la adaptación de la novela para llevarla a la pantalla grande, en el que el guión realza algunos aspectos y en cambio otros son tocados tangencialmente.

El guión asume este carácter descriptivo de la autora, de plasmar los diversos ambientes y personajes tanto locales como extranjeros, en especial de esa tropa que inicialmente todavía tiene mucho de cortesía y amabilidad para con la población civil. Aunque ya se presentan algunos rasgos de lo que más adelante serán sus características principales, particularmente de su violencia y ferocidad contra los que se les resisten y oponen, aspecto que está relacionado con el conflicto de género, donde algunas mujeres son agredidas y violadas.

Se intenta recrear algo de los hechos verídicos e históricos relacionados con la actitud que tomó buena parte de la población civil francesa ante la invasión del ejército alemán. El punto difícil y polémico que a los franceses no les agrada mucho, es la gran colaboración y ayuda que recibieron los invasores por parte de la mayoría, independiente de la clase social a la que pertenecieran. Además de que muchas mujeres se acercaron a buscar a los alemanes y a su vez, otras más no se opusieron cuando fueron buscadas por ellos. Aspectos que aparentemente son tratados secundariamente, pero que están presentes todo el tiempo en la película, de forma más que implícita a todo el relato que elabora su autora, como algo molesto e inquietante, como algo que no gusta a muchas mujeres, quizá precisamente por ser contado por una mujer (muy significativo es el dato de que cerca de 100.000 niños nacieron durante la guerra, y eso que el número de abortos creció considerablemente en dicha época en todo el país invadido. Sobre este tema sigue siendo muy ilustrativa la película del maestro Claude Chabrol “Un asunto de mujeres” de 1988, sobre una mujer que se hace experta en inducir abortos y adquiere gran demanda por ello, interpretada por la gran Isabelle Huppert).
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