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Opinión

  • | 2014/07/19 00:00

    Cuando Getsemaní valía un huevo

    Getsemaní era feo pero tenía su encanto, el mismo que descubrió García Márquez en su paso como reportero: hotelitos de tercera, bares de mala muerte y prostíbulos.

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Cuando leí la descripción que García Márquez hace en ‘El amor en los tiempos del cólera’ del antiguo mercado de Getsemaní de Cartagena, me parecía estar asistiendo a los recuerdos de José, mi viejo.

Me parecía estar parado ahí en medio de ese barrizal, de esas montañas de basuras que rodeaban la entrada principal del antiguo centro de abastos de la ciudad amurallada. Yo lo visité por primera vez en los 70, cuando era muy niño y mi madre me obligaba a acompañarla a hacer las compras de la casa. Lo recorríamos de arriba abajo y de un costado al otro. 

Comparábamos la carne en un lugar y el arroz en una colmena propiedad de un vecino. La yuca, el ñame, el plátano y el pescado lo vendían en el mismo sector donde expendían los bultos de coco que bajaban de las chalupas. Allí también vendían el carbón de madera con el que las señoras que tenían sus restaurantes al aire libre, cerca del agua, preparaban los alimentos.

El lugar lo llamaban  La Carbonera y hoy, tres décadas después, lo siguen llamando igual aunque ya no es el mismo. Todo el sector olía a podrido y el piso estaba siempre negro y resbaladizo. Getsemaní era sin duda la zona más fea del cerco amurallado. Las razones: se había constituido en el barrio de los negros o, por lo menos, en la pequeña comarca donde se refugiaron muchos de estos después del 11 de noviembre de 1811. Las casas eran grandes y feas. Tenían zaguanes largos que servían para que los vendedores de plátano, yuca, fruta  y hortaliza guardaran sus carreteras de madera después de la extensa jornada de trabajo.

La ciudad turística tenía por entonces muy poco de turística, pero eso también le daba su encanto, el mismo que descubrió nuestro futuro Nobel en su paso como reportero del diario El Universal: hotelitos feos, bares de mala muerte y prostíbulos que se alzaban  en la Calle Larga y la Media Luna. El Parque del Centenario tenía de parque solo el nombre porque en realidad era un lugar que apestaba a orines y los loquitos de la ciudad lo habían convertido en letrina pública. Además, había sido tomado por zapateros, vendedores de tintos, coteros y prostitutas que desfilaban todo el día en busca de clientes. 

En la Calle Larga, se encontraban los dos únicos cines que visité poco antes de cumplir los 10 años: el Rialto y el Padilla. Los dos [acá le llamábamos teatros] eran al aire libre y solo pasaban películas de Bruce Lee y del Lejano Oeste  americano. Pero a finales de los setenta, con la llegada a la presidencia de la República del conservar con tinte liberal Julio César Turbay Ayala, el antiguo mercado fue removido de sus cimientos para darle paso al majestuoso Centro Internacional de Convenciones, bautizado luego con el nombre del mandatario. Este hecho, aparentemente político, y que buscaba darle a la ciudad un poco de orden, coincidió con la famosa bonanza marimbera.

Entonces Getsemaní empezó a dejar de ser un barrio habitado por negros, drogadictos y prostitutas para darle paso a una generación de familia con poder adquisitivo. Los impuestos empezaron a subir hasta el techo y los que no tenían para pagarlos se vieron en la necesidad de vender las antiguas casonas de largos zaguanes. De la noche a la mañana, el precio de las viviendas subió un 300 % y, desde entonces, el metro cuadrado no ha dejado de subir varios millones por mes.

El precio de huevo, como se dice en el argot popular, pasó a ser el precio de un ojo, de un brazo, de una pierna, del cuerpo entero. El dinero, producto sin duda de los negocios ilícitos, empezó a cambiar la estructura social, y una casa que costaba 200 millones de pesos subió a 900. La señora Josefa Bolívar, una mujer pensionada que pagaba setenta y cinco mil pesos en servicios públicos, tres años después desembolsaba 600.000. El recibo del impuesto predial le llegaba por la ‘tonta suma’ de 2 millones de pesos y el aumento de su pensión era apenas del 3% anual, a pesar de  ser una médica retirada.

Yo entiendo muy poco de finca raíz y las razones por las cuales sube o baja un predio, pero me surgen las sospechas de que en Cartagena, detrás de cada uno de estos movimientos, hay todo un engranaje mafioso. Un día, cuenta la señora Bolívar, unos italianos llegaron a su casa y le ofrecieron 800 millones de pesos, una suma exorbitante si se piensa que la vivienda no se le había realizado arreglo alguno en los últimos quince años.

Ella puso los documentos al día y la vendió. Pero dos años después de aquella transacción, una vecina le comentó que el precio de su antigua casa se había duplicado. Este, sin duda, es apenas uno de los tantos casos que a diario, en materia de venta de predios, se da en Cartagena. Lo mismo  ha venido sucediendo en San Diego, donde los nativos del barrio más antiguo de la ciudad se han visto en la necesidad de vender sus casas porque los servicios públicos y los impuestos pueden, en cualquier momento, dejarlos en la calle. 

El precio es tan alto que solo los ricos pueden disfrutar ahora de sus angostas calles, de esa magia que describe Germán Espinosa en sus novelas y García Márquez en las suyas, que no es otra cosa que el ocio popular que reinventó a Cartagena y la convirtió en leyenda.

En Twitter: @joarza
Email: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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