Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1983/08/08 00:00

CUANDO LOS DIOSES CALLAN

CUANDO LOS DIOSES CALLAN

Cuando los dioses han callado ni el sacrificio ni el éxtasis pueden desatarles la lengua ni forzar su secreto, decía Georg Lukács para referirse a las épocas de la humanidad cuando la pérdida de una escala universal de valores hacen la realidad oscura y problemática, imposible de asir por parte del hombre, quien empieza a moverse en ella sin lograr comprenderla ni transformarla, para sucumbir finalmente ante su incoherencia. En contraposición, en las épocas límpidas de las civilizaciones con un sistema de valores unívoco y cerrado, el hombre es una pieza más dentro de un conjunto armónico y encauzado en su totalidad hacia una misma dirección .
La primera es la época conflictiva y dolorosa de la novela, la segunda la época feliz de la epopeya. El cid Campeador podía recorrer los campos castigando a los moros con su espada seguro de que así ganaría el reconocimlento de su rey, el amor de su dama y la admiración de sus congéneres, para convertirse en paradigma de una generación que veía en él la personificación de los más altos valores. Y es precisamente la existencia de éstos la que le permite al Cid adecuar armónicamente su alma al mundo, su pensamiento a la acción, su interpretación de la realidad a la propia realidad.
La antítesis del Mío Cid son Gregorio Samsa, Joseph K y toda la serie de personajes ("antihéroes", en términos de Lukács) de Kafka, que arrastran penosamente una existencia ciega e inútil por una realidad que siempre les es hostil, ajena e incomprensible. La fe en sus dioses y en su pueblo le permitía a Ulises resistir el canto de las sirenas y enfrentarse a los cíclopes, pero Joseph K no puede derrotar al tribunal implacable que lo condena porque ni siquiera puede verlo, ni logra enterarse de qué lo acusa, ni puede traspasar la infinita trama de jerarquías que lo apartan de él. Aquiles y Héctor son para griegos y troyanos la encarnación de una perfección casi divina, mientras que Gregorio Samsa no es, para sí mismo y para su familia, más que un insecto repugnante. Criatura kafkiana por excelencia es ese animal doméstico de uno de los relatos breves mitad gato, mitad cordero, único en su especie y en cuyos ojos se refleja la eterna incomodidad con su propia existencia y la lucidez apenas suficiente para comprender que el remedio para su desubicación es el cuchillo del carnicero.
En las brumas de su espesa pesadilla, los habitantes del mundo de Kafka desconocen aún la más mínima clave que les permita captar lógicamente su entorno, que les descifre la totalidad que debe esconderse detrás de la multiplicidad caótica de fragmentos. Y si acaso hay alguien -algún dios, algún ser superior- que posea esa clave que disipa el caos, que conozca la fórmula de la lucidez, se muere con ella sin lograr comunicarla jamás, como ese emperador infinitamente lejano de uno de sus relatos que, desde su lecho de muerte, escoge al más oscuro y aislado de sus súbditos para hacerle llegar su mensaje -que es posiblemente un indicio de claridad y de salvación- pero que no cuenta con que su mensajero tropezará con una serie infinita de obstáculos que nunca le permitirán llegar hasta el subdito.
No solamente no capta la totalidad el individuo, cuya óptica restringida y parcial sólo le permite enfocar trozos inconexos, sino que tampoco logra hacerlo la colectividad, la raza humana como un todo, cuya visión es simplemente una gran suma de miopías individuales. Por eso la historia no avanza sino que gira sobre sí misma arrasando en cada vuelta lo que construyó en la anterior como en el relato de los pueblos comprometidos para siempre y generación tras generación en la indescifrable tarea de levantar demoler y reconstruir una torre de Babel que llegue hasta el cielo.
El abismo infranqueable entre el personaje kafkiano y el mundo lo lleva a refugiarse en el ámbito vital mínimo, en la esquina que puede manejar, que no lo aplasta, como el trapecista del circo que no se baja nunca de su trapecio, único lugar donde se siente seguro y suficientemente apartado de esa realidad amenazante que lo acecha desde abajo. El propio Kafka, en la vida real, fue un maestro en el arte del encierro paranoico, como dejó constancia en sus cartas: "No es necesario que salgas de tu casa. Quedaté en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera tan sólo. Ni siquiera esperes, quédate completamente callado y sólo ".
No hay, sin embargo, rebeldía alguna ante las circunstancias adversas, sino una sorda pasividad impuesta por el temor a que las cosas sean aún peores. En otro de los relatos, un buitre le picotea permanentemente los pies a un hombre. Pasa otro hombre y le pregunta por qué tolera el tormento, a lo cual él contesta que por temor a que el animal le salte a la cara: "Preferí sacrificar los pies, ahora están casi hechos pedazos". El malestar y el sin sentido están tan incorporados a la existencia que no se la concibe sin ellos. Las cosas más atroces suceden como un ingrediente más de la rutina, por eso no hay casi adjetivos ni exclamaciones en la obra de Kafka, porque amanecer convertido en un insecto o ser enterrado vivo son avatares plausibles en la vida de cualquiera. Lo inverosímil puede suceder porque en un mundo inconexo no existe la causalidad, y por tanto las leyes son arbitrarias y se improvisan a cada instante. Los hombres se limitan a contemplar el nuevo desarreglo, a asumirlo y a tratar de incorporarlo a la cotidianidad: "En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo".
Para A, para B, para K y los demás antihéroes anónimos e insignificantes de Kafka, la inesencialidad, de que hablara Luckács, es la única esencia posible en un mundo cuya explicacion los dioses, impasibles ante su torpeza y su tormento, se niegan a revelarles.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.