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Opinión

  • | 2014/12/18 09:00

    Cuando los muertos hablan…

    El fallo que acaba de proferir la CIDH, condenando a Colombia por los hechos ocurridos en el holocausto del Palacio de Justicia, es el caso palpable de: cuando los muertos hablan.

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Es tan aberrante y vergonzoso para nuestro país, pero muy especialmente para los jueces y magistrados que sobre este caso profirieron fallos en última instancia, azuzados por la infamia de la corrupción y con el dolo de su propia conciencia, puesto que lo hicieron a sabiendas de que estaban cometiendo la más grave injusticia.

Considero que los organismos de control deberían estudiar la posibilidad de ejercer el derecho de repetición contra los funcionarios judiciales implicados en semejante vergüenza nacional, no se justifica que los 15.000 millones de pesos que le va a costar al Estado el pago de las indemnizaciones a las víctimas -que es plata de los contribuyentes-, finalmente se quede en el ostracismo como si nada hubiese pasado.

Pero además de este tenebroso caso, la Colombia rural está sembrada de tumbas y fosas comunes que gracias a la acción de los técnicos en criminalística y otros auxiliares de la justicia seguirán hablando para esclarecer los expedientes de sus asesinos, son miles las viudas y huérfanos, que vieron asesinar a sus esposos y padres, cuando  guerrilleros y paramilitares irrumpieron en sus fincas con el alarde de ser los libertadores de las clases más oprimidas, para finalmente ser masacrados o cuando menos desplazados.

Lamentablemente todos estos hechos han generado una empresa criminal de testigos falsos y abogados malandrines que pululan por los estrados judiciales ofreciendo este servicio al mejor postor, desde luego, instruyéndolos de cómo debe ser su falsa declaración para que surta efectos jurídicos dentro del los expedientes y la posterior condena de los inocentes, que solamente hablan por boca de sus familiares a la justicia proba y honesta, puesto que  se encuentran en sus tumbas o fosas comunes   

La condena por el caso del holocausto del Palacio de Justicia deja una vergonzosa lección a la justicia de nuestro país, valdría la pena que jueces y magistrados se sinceraran y cuando tengan alguna sospecha de declaraciones falsas en sus expedientes, los revisaran minuciosamente. Son miles y miles los hogares de familias honestas que en los actuales momentos lloran la pérdida de un ser querido, o porque se encuentra tras la rejas gracias a la infamia criminal de los testigos falsos.

Lograr que los muertos hablen, sobre los escenarios de los despachos judiciales, es labor titánica que desarrollan los técnicos en criminalística y dactiloscopia, que utilizan todos los medios a su alcance hasta dar con el paradero de los responsables de un crimen, que por lo regular fue fraguado con anterioridad a los hechos ocurridos, pero que gracias a su labor, muchos de ellos no quedan en la impunidad.

Estos apóstoles de la justicia son lo que a través de diferentes pruebas poco comunes, como la exhumación de cadáveres y otras prácticas como la confrontación de los ADN, con los familiares del difunto, logran desentrañar en el silencio sepulcral la prueba reina para llevarla a los expedientes y ponerla en manos de los jueces que dictarán sentencia condenatoria en contra los responsables.

Lamentablemente en nuestro país, estos crímenes atroces son tantos, que la justicia no dispone de los presupuestos ni de los profesionales suficientes para enfrentar los miles y miles de casos que se presentan, pero con mayor incidencia en las zonas de influencia narcoparamilitar y narcoguerrillera.

Los falsos positivos, practicados por algunos militares inescrupulosos con el fin de lograr ascensos y pago de dádivas, entre otros beneficios, se han convertido en los últimos años en toda una vergüenza. Se conoce de varios ascensos y homenajes realizados a través de estas trapisondas que, al final de cuentas, resultan todo un fiasco.

Qué tristeza que estos hechos ocurran en contubernio de los administradores de la justicia, con abogados corruptos algunos auxiliares, que no tienen el menor escrúpulo de robar la felicidad de una familia, que un día vieron desfilar a su ser querido a la cárcel a pagar una condena que solamente está en la mente torticera de jueces y abogados corruptos.

Seguirán hablando los muertos a través de expedientes judiciales armados por funcionarios corruptos de la justicia, para enlodar en vida la suerte de una persona de bien y enviarla a la cárcel a purgar una condena por un delito que jamás cometió, todo bajo la complacencia de un criminal que pagó con creces los falsos testigos para que la justicia las tomara como prueba bajo el llanto de sus familias y allegados.

Seguirán hablando también los muertos de las fosas comunes que recibieron los cadáveres de los falsos positivos y demás crímenes de lesa humanidad, cometidos por los fantasmas del día y de la noche, bajo el sopor de una falsa imputación, que aunque después es develada como tal, la voz de su inocencia está en los labios de las personas que lo conocieron como ciudadano de bien.

Por eso en los tiempos de diálogos de paz, es apenas justo que tanto los comisionados del Gobierno como de las FARC en La Habana, Cuba, reconozcan que dentro de la justicia transicional, todos estos casos indudablemente hay que revisarlos, con indemnización a las víctimas y castigo ejemplar para los verdaderos responsables.

Este programa debe estar estructurado dentro de lo que es el proceso de: Justicia, Paz y Reparación, sin embargo, si se sigue escudriñando, encontramos miles de evidencias más de cuando los muertos hablan, producto de una violación, un ajuste de cuentas, un desplazamiento forzado, entre muchos otros casos.  

urielos@telmex.net.co
urielos@hotmail.es
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