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Opinión

  • | 2013/07/30 00:00

    Cuando saber demasiado hace daño

    Tal como ocurre con las dietas, prohibirse lo más deseado lo vuelve aun más deseable.

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Uno de los mayores beneficios del desarrollo de la tecnología ha sido en las comunicaciones. Diez años atrás nadie podía imaginar que podría hablar con una persona al otro lado del mundo y verla en una pantalla de computador o de celular. Veinte años atrás era impensable que se pudiera tener acceso a cualquier tipo de información sin necesidad de acudir a una biblioteca o a los libros: hoy todo está a un “click” de distancia. 

Hace treinta años era impensable una televisión tan delgada como una lámina de madera que además tuviera canales de alta definición que hacen sentir al televidente como si estuviera en el lugar de la transmisión. Y aún más imposible era pensar que una noticia que se produce en un país pudiera llegar en ese mismo instante al resto del planeta. 

Hoy en día no solo son posibles todas esas cosas sino que además parece que todavía falta mucho por descubrir. La información está “a la orden del día”, en cualquier minuto, sobre cualquier tema y en cualquier lugar. 

Cada vez se hace menos necesario entrevistar a una persona porque en internet se encuentra mucha de la información que se necesita; las personas que están en una relación a distancia ya no tienen que esperar meses para recibir una carta de su pareja porque pueden estar en comunicación constante a través de un chat, enviándose fotos, comentarios y canciones, entre muchas otras cosas. Todas cosas maravillosas si se sabe cómo usarlas. De lo contrario, pueden convertirse en una fuente constante de ansiedad. 

Alejarse o marginarse completamente de las redes sociales en un mundo como el de hoy termina siendo algo desadaptativo: “Cerré mi Facebook porque no podía seguir viendo las fotos de mi exnovia en todas partes, enterarme de todo lo que hace me estaba matando. Pero ahora no me entero de los cumpleaños ni de los planes que hacen muchos de mis amigos porque todo lo cuadran por ahí. Entonces ya no sé si debería abrirlo otra vez y angustiarme cada vez que abro esa página, o si seguir aislado del mundo para no sufrir por mi ex novia”, me decía un joven desesperado después de tres meses de haber terminado una relación de pareja de la que aún no lograba desprenderse. 

Él mismo reconocía que su problema no era estar “entusado” o que quisiera estar con ella. El problema era que no podía dejar de estar pendiente de todo lo que ella hacía y eso además de generarle una profunda ansiedad, le estaba impidiendo seguir con su vida.  

Como él, llegan cada vez con más frecuencia personas que viven ansiosas, preocupadas, con problemas de falta de atención en el estudio o el trabajo porque están constantemente pendientes de todo lo que pasa con sus amigos, enemigos, parejas, ex parejas, etc. 

Los chats, Facebook, Twitter, Instagram, entre otros programas y redes sociales, se convierten para muchas personas en la mayor fuente de sufrimiento porque quisieran dejar de consultarlas, dejar de estar pendientes, pero no pueden hacerlo. Aún sabiendo que se hacen daño, que estar pendientes de ver cuál fue la última hora a la que se conectó el o la ex novia, en dónde estuvo y con quién, en qué fotos sale, si actualizó el estatus o no, etc., se mantienen pendientes de ese tipo de comunicaciones. 

Como es posible que inicialmente les haya producido algo de tranquilidad, no perciben a tiempo que se volvieron causa de ansiedad. El problema es que después de un tiempo, se vuelve como una adicción: algo muy difícil de dejar. “Al comienzo sentía que estaba más tranquilo si la veía conectada en WhatsApp. Pero se me ha ido convirtiendo en un infierno porque ya no quiero saber si está o no conectada, pero tampoco me atrevo a borrarla. Entonces vivo pendiente de si se conectó o no, a qué horas, cuándo fue la última vez que se conectó y me empiezo a imaginar mil cosas a partir de eso”. 

Tal como ocurre con las dietas, prohibirse lo más deseado lo convierte en algo aún más deseable. Así se acaba perdiendo el control y en vez de comerse un pan de chocolate, se comen diez. Querer dejar de meterse a las redes sociales, prohibirse ver fotos o estar pendientes del chat, acaba volviéndose una tortura porque las personas sufren de constatar que no pueden ejercer ese control sobre ellas mismas. 

Que a pesar de sus intentos por no consultar las diferentes páginas, al final del día acaban viéndolas mil veces, y como consecuencia pierden tiempo de trabajo, de estudio, de estar con la familia, con los amigos, se generan a sí mismos ansiedad, preocupaciones, dolor, rabia, etc. De manera que ponerse una meta tan grande acaba siendo un auto sabotaje. 

Por eso, como con las dietas, la mejor manera de aprender a manejar la ‘adicción’ al exceso de información es concediéndose un espacio determinado en el que puedan consultar, ver y averiguar lo que quieran. Pero sabiendo que es sólo por un período de tiempo determinado y en un espacio preciso. “No ha sido una tarea fácil porque ver las fotos, la hora en que se conectó, todo eso todavía me angustia. Pero al menos ya no lo hago todo el día, entonces tengo momentos de ansiedad, pero no vivo ansioso”, decía este joven después de varias sesiones de trabajo. 

Aislarse de las redes sociales en un mundo como el de hoy puede terminar siendo algo contraproducente. Parte de lo que permite la supervivencia del ser humano es adaptarse a los cambios que van gestándose en la sociedad de la cual hace parte. Y el exceso de información es sin duda, uno de esos cambios. Por consiguiente no se trata de aislarse, sino de aprender a tomar las dosis sanas y necesarias para obtener la información suficiente pero sin llegar al límite de hacerse daño. Y una forma de hacerlo es concediéndose pequeños espacios a lo largo del día para consultar esa información, de tal manera que así sea posible renunciar a ella.

Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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