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Opinión

  • | 2014/06/08 00:00

    Cuando se lee poco, se dispara mucho

    La guerra no es la norma, es la manifestación más clara de la barbarie. Y de alguna u otra manera nos han vendido la idea de que es necesaria para alcanzar la paz.

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No voy a discutir aquí que Colombia es uno de los países más desiguales del hemisferio, desigualdad que no solo se manifiesta en la distribución de las riquezas sino también en la formación de los individuos. La educación es, como sabemos, el factor que determina el desarrollo o atraso de los pueblos y la única capaz de romper el statu quo impuesto por la tradición y el poder de las axiologías dominantes.

Si es cierto que el atraso social del país abarca aspectos de la infraestructura, la economía, el comercio y la tecnología, no se podría negar que la [mal] formación educacional tiene profundas repercusiones en la construcción mental de los grupos sociales. El proyecto modernizador fue, en el fondo, un proyecto emancipador, el mismo que cumple hoy la educación cuando se adopta como política y no como negocio. 

No hay que olvidar que la modernidad en América Latina no se produjo bajo las mismas circunstancias en que se dio en Europa, ya que a nuestras tierras llegó, según Fernando Cruz Kronfly,  por aire y mar. Es decir, nos llegó por arriba y por los costados. En otras palabras, fue copiada e impartida como se imparte una clase en un aula. De ahí que haya tenido baches profundos porque no fue producto de una necesidad, como ocurrió en Francia, Inglaterra o Alemania, sino de una transferencia de conocimientos y costumbres.

Aunque nuestros pueblos sí recibieron beneficios, las soluciones a nuestros problemas fueron pocas. América Latina sigue siendo hoy por hoy la zona del mundo --al lado de África y algunas naciones asiáticas-- con más desigualdades y diferencias. Estas diferencias no son solo de carácter económico y social, sino que abarcan aspectos que son la confluencia de distintas estancias temporales. Es decir, somos premodernos, modernos y posmodernos. Estas circunstancias hacen de la región un espacio único para los estudios sociales y lleva al investigar social a retroceder en el tiempo para poder dar explicaciones de los acontecimientos y hechos que, según Jon Elster, son un conjunto de estados de cosas fusionadas de las acciones humanas.

Como la modernidad nos llegó por arriba y por los costados, los prejuicios se manifestaron de la misma manera. No olvidemos que España, a lo largo de 400 años de colonización, de fuete y espada, impuso dogmas y creencias y, sin proponérselo, produjo lo que Carlos Fuentes denominó la transculturación de nuestra región. De ahí que el racismo y el subdesarrollo no se podría entender si no se miran los hechos que fueron relevantes durante la conquista y la posterior colonizaciones de las sociedades nativas que habitaron estas tierras. Pero tampoco sin la presencia del negro en las labores más degradantes de la historia de la infamia.

Al imponerse los dogmas religiosos, propios del cristianismo, lo que se puso de manifiesto no solo fueron creencias sino también prejuicios. El racismo, por ejemplo, se da bajo la premisa absurda de la superioridad racial, lo que produjo más tarde la esclavitud. Lo anterior, sin duda, está directamente relacionado con ese statu quo que mencionaba arriba, pues lo que se busca en estos casos es mantener la hegemonía y el orden social como si estas fueran verdades absolutas. Este orden, sin duda, convirtió a la mujer durante muchos siglos en un objeto puramente sexual. Pero asimismo impuso la creencia generalizada de la existencia de un dios único, poderoso y rebosante de amor para con sus hijos.

No es de extrañar entonces que el racismo, como una manifestación de las axiologías dominantes, siga teniendo un espacio superior en la convivencia de las sociedades latinoamericanas a pesar de que los distintos Estados del hemisferio hayan creado leyes que tienen como propósito erradicar esta creencia absurda de la superioridad racial, impuesta precisamente con la intención política del control social.

En Colombia, los casos de racismo siguen siendo numerosos a lo largo y ancho del territorio nacional y las denuncias siguen llenando los despachos judiciales. En Cartagena de Indias, el statu quo se ha instaurado como una regla y no como una excepción, y es probable que esta situación tenga sus raíces bien profundas en el hecho de que el ‘Corralito de Piedra’ fue a lo largo de muchos siglos el puerto negrero más importante del continente.

Esta condición no solo trajo una división profunda de la sociedad, sino también una mentalidad cerrada donde la modernidad no hizo mella. De ahí que la ciudad turística por excelencia de la costa norte colombiana no sea solo la ciudad más visitada de todas las ciudades del país, sino una de las más desiguales, tanto en lo social como en lo económico, y la tasa de pobreza alcance uno de los picos más alto de la región Caribe.

Pero Cartagena, como dije, no es solo una de las urbes más antiguas de Colombia, sino una de las más atrasadas. En este sentido, el atraso no solo obedece a su condición de ciudad turística sino también a la profundidad de las creencias religiosa. El atraso es obligatoriamente mental y busca el control de los grupos como forma de amarrar sus acciones. Ya lo había expresado Mircea Eliade: toda religión pretende el control de la sociedad, lo que en otras palabras se traduce como domesticar el rebaño.

No nos debería extrañar entonces que las terminologías religiosas, impuestas a lo largo de muchos siglos de látigo y sangre, llevan implícitas elementos lexicales como pastor y rebaño, términos que tienen como objetivo atenuar el significado de una realidad y crear al mismo tiempo los amarres pertinentes al control de los individuos.

El atraso mental en el que navega Colombia tiene sin duda su origen en la tradición, en unas creencias que buscan establecerse como reglas. Estas, según Immanuel Wallerstein, pretenden crear las líneas divisorias de centro y periferia. Recuérdese que el centro es el espacio donde se crean las reglas mientras que la periferia representa el lado opuesto porque las violenta. Todo lo que se sale del orden establecido es problemático porque atenta contra la norma. De ahí que las axiologías dominantes sean lazos tan fuertes en el mundo de las creencias que resultan en muchos casos tan poderosos en el tiempo que parecen irrompibles.

Por estas razones  se hace necesario acabar con este desangre que nos baña desde hace más de medio siglo. La guerra no es la norma, es la manifestación más clara de la barbarie. Y de alguna u otra manera nos han vendido la idea, a fuerza de publicidad y malos gobiernos, de que es necesaria hacerla para alcanzar la paz. Necesarias son la educación, la salud, el trabajo y la comida. Lo demás es paja. Hay que acabar primero con la guerra para alcanzar luego el respeto y desatornillar con el tiempo los prejuicios que he enumerado a lo largo de este artículo. Tal vez así, algún día, lleguemos a construir una sociedad ideal. Y nuestros descendientes puedan recorrer el país sin las amenazas de las minas antipersonas y el secuestro que hoy nos azotan.
 
***[Cualquier diferencia con el contenido de este artículo, favor debatirlo en el terreno de los argumentos y no de los insultos personales, muy proclives entre algunos usuarios de estos espacios]

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
Docente universitario.
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