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Opinión

  • | 2008/08/16 00:00

    Cuando Uribe haga los Olímpicos

    La competencia de marcha la ganó sin culpa el profesor Moncayo, que pasaba por ahí mientras pedía la liberación de su hijo en completa soledad

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Desde que consulto al mentalista Armando Martí tengo visiones futuristas, y esta fue la última: visualicé que Uribe decidía disparar su propaganda nacionalista a niveles mundiales y conseguía la sede de los Juegos Olímpicos de 2024.

La idea era impulsar una campaña de firmas emprendida por los nietos de Luis Guillermo Giraldo para ampliar el período presidencial por sexta vez. Y nada mejor para eso que conseguir la sede Olímpica para Colombia.

La inauguración era en el parque Jaime Duque. Unos guardias de Palacio echaron voladores para dar inicio a la ceremonia. Gabriela Febres subió a la tarima con los niños vallenatos, algunos de los cuales ya tenían 50 años. Y entonces, entre los humos que él mismo producía, y que nadie le ha bajado, salía la mascota de los juegos: Uribito. Tal cual, vestido como se viste, y esperando aún el retiro de su jefe para reemplazarlo.

Acto seguido, el ballet de Sonia Osorio hizo una presentación eterna en la que unos bailarines, vestidos de muiscas, se contorsionaban en torno a unos poporos de icopor; Martha Senn cantó con las ballenas, en una situación polémica porque el director de Coldeportes, Santiago Pastrana, insistía en que en el escenario estuviera la ballena, y que Martha Senn doblara el sonido sentada en una playa de Tumaco.

En el discurso de inauguración el presidente Uribe expuso los detalles de unos caminos veredales que había hecho en el Guamo; pensó que un atleta de Bulgaria que espantaba una mosca le estaba alegando, y lo instó a que subiera a la tarima para enfrentarlo y ponerlo en su sitio; dijo que el fin definitivo de las Farc estaba cerca; arremetió contra la Corte y contra el hijo de Petro. Y en vivo y en directo dio instrucciones al ministro de Cultura, el ex pesista Diego Salazar, para que fuera buen anfitrión:

—Vea, ministro: alquíleles a todos una chivita, que les muestren el monumento de los Héroes en la Caracas, y que los lleve al Balay para que compren artesanías.

Luego, ante el desconcierto de las delegaciones musulmanas y de otras religiones, se puso de rodillas, rezó un rosario, le dio la bendición a todo el mundo y autorizó la entrada de la antorcha.

Se quedaron esperándola. La llama olímpica, vistosamente patrocinada por las supertiendas que llevan ese mismo nombre, había sido encendida por Isolina Majul, que se la pasó a Víctor Mora, que a su vez se la dio a Pambelé. Pero Pambelé se perdió con ella. Lo encontraron en una olla y la estaba usando para prenderse un bareto, pero quemaba a quien tratara de quitársela.

Aun sin antorcha, y transmitidos en exclusiva por Planetavisión, los juegos fueron frenéticos: había carreras de botes en el lago del parque de Sopó; clavados en el Salto del Tequendama; competencias de nado en la piscina del Hilton inscritas como deporte extremo; una emocionante carrera de obstáculos que ganó el ex canciller John Frank Pinchao, a quien casi eliminan porque la prueba antidopaje dio positivo; afortunadamente el examen se lo había practicado Juan Manuel Santos, y todo se trató de un falso positivo. Aprovechando que aún había paro de camioneros, la competencia de marcha se desarrolló en la carretera a Briceño. La ganó sin culpa el profesor Moncayo, que pasaba por ahí mientras pedía por la liberación de su hijo en completa soledad. En un acto interpretado como oportunista por Hollman Morris, presidente del Polo, el gobierno obligó a que los 100 metros se corrieran en los únicos 100 metros pavimentados del túnel de la Línea, para demostrar que la obra ya se había iniciado.

Colombia triunfó. Gracias a la gestión de Fabio Valencia Jr., abrieron disciplinas nuevas que nos favorecieron: hubo carrera en campo minado, en la que derrotamos a Bosnia; y descuartizamiento por equipos, en la que la selección criolla le sacó literalmente un cuerpo a la de Uganda.

En la clausura, el Ejército y la Cruz Roja jugaron un partido de fútbol después del cual los soldados rogaron a sus rivales que se intercambiaran los petos. A cada participante le regalaron una costosa pulsera de Salvarte. Perecieron intoxicados miembros de varias delegaciones luego de probar los pollos radioactivos que vendían a la salida de los estadios. El veterano músico César López alcanzó a clavarles escopetarras a algunos participantes, pero sólo se la agradecieron los vascos; a los demás se les vio realmente encartados con el regalo en la aduana.

Y los nietos de Luis Guillermo Giraldo consiguieron todas las firmas.
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