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Opinión

  • | 2017/07/05 14:43

    La importancia de ser vago

    Sin el ocio, los artistas jamás alcanzarían su consagración. Sin un tiempo para los libros, nuestro conocimiento cultural sería muy limitado. Todo turista es, en el fondo, un lector. Y para convertirse en uno hay que ser, necesariamente, un vago.

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La imagen mítica que proyecta Cartagena de Indias tiene su origen en el ocio, escribió en uno de sus ensayos el novelista Germán Espinosa. Ninguna otra ciudad de Colombia ha reconstruido su historia desde las bancas de los parques, las sombras de los almendros o el pretil de una esquina. Esa imagen, que se repite constantemente en los libros de Gabriel García Márquez, Burgos Cantor y el mismo Espinosa, tiene su asiento en un factor determinante de las costumbres como es el clima, pero también en el hecho de haber soportado durante varios siglos el embate de los cañones de piratas y corsarios.

La magia que se le atribuye no está solo en los muros que la rodean, en los palacios desde donde se ejerció el poder y en una Iglesia que castigó duramente a todo aquel señalado de hereje. La magia, desde esta perspectiva, parece estar en las palabras. Es decir, no en la materia, que es la historia, sino en la manera como se cuentan los hechos. Sin el ocio, los artistas jamás alcanzarían su consagración. Sin un tiempo para los libros, nuestro conocimiento cultural sería muy limitado. Para viajar por el mundo y conocer países se necesita tiempo. Todo turista es, en el fondo, un lector. Y para convertirse en uno hay que ser, necesariamente, un vago.

En una entrevista para la revista Diners, el maestro Eduardo Caballero Calderón contó que un día la señora que limpiaba su casa entró a la biblioteca y le preguntó si había leído todos los volúmenes que descansaban en los estantes. “No todos, pero casi todos”, contestó él. Ante esta respuesta, la mujer lo miró asombrada y respondió: “Se necesita ser un vago para perder tanto tiempo”. Sin un espacio para la observación, Isaac Newton jamás habría podido plantear la ley de la gravitación universal. Sin una exploración a los cielos, Galileo Galilei no habría confirmado la redondez de la Tierra. El navegante genovés Cristóbal Colón estaba desempleado y sin una sola moneda en el bolsillo cuando se le ocurrió la idea de buscar un camino más corto entre Europa y la India. Y nuestro nobel de literatura cuenta que conducía su carro por una carretera en dirección a Acapulco, en plan de vacaciones, cuando concibió la idea de ese primer párrafo que dio vida a su novela capital.

Las grandes ideas que han transformado el mundo pocas veces han nacido entre las cuatro paredes de una oficina. Los antiguos griegos, creadores de los fundamentos filosóficos que dieron origen a las distintas disciplinas sobre las cuales descansa hoy el conocimiento humano, eran unos maestros del ocio. Eran unos convencidos de que esa fuerza creadora podía cambiar el mundo. La leyenda cuenta que Newton se encontraba debajo de un manzano cuando un fruto, que se desprendió por la acción del viento, se estrelló contra su cabeza. Y cuentan también que Galileo pasaba largas horas frente a una catedral observando el movimiento de un péndulo antes de preguntarse sobre las razones de ese movimiento. Otra anécdota habla de un Colón que se sentaba en las tardes frente al mar a observar los barcos que entraban al puerto y veía cómo en el horizonte aparecía primero el mástil, luego la proa y después el cuerpo entero de la nave.

La satanización del ocio nació con la modernidad y la Revolución Industrial, pues pasar de conducir un coche tirado por caballos cuya velocidad no alcanzaba los cinco kilómetros por hora, a una locomotora que desarrollaba 50, cambió la perspectiva de las sociedades y le dio una nueva valoración al tiempo. El mundo laboral, y en particular la industria, se volvió competitivo y práctico y, por lo tanto, exigió la masificación de los productos. El motor reemplazó las velas de los barcos y la distancia entre un punto geográfico y otra se acortó. La población aumentó y con ella la expansión de las ciudades.

D.H. Lawrence, en un aparte de su novela capital El amante de Chatterley se lamentaba de cómo ese desarrollo había llevado, contradictoriamente, la pobreza a su país: “Las minas, que habían llevado la riqueza a los palacios, ahora estaban acabado con ellos, como antes habían acabado con las casas de campo. La Inglaterra industrial acababa con la Inglaterra agrícola. Un significado eliminaba al otro. La nueva Inglaterra eliminaba a la vieja Inglaterra”.

Pensar se volvió entonces anacrónico porque los nuevos dueños del orden mundial no les pagaban a sus subalternos para que pensaran. Y se llegó incluso a asegurar que el ocio era la madre de todos los males. Esto quizá explique por qué los dueños del poder le temen tanto a los pensadores. Quizá explique por qué la educación de hoy limita el pensamiento liberal de los educandos y por qué la creatividad no hace parte del pénsum académico. Habría que explicarle a la representante que manda a coger oficio a los vagos, que leer no es solo un acto de rebeldía sino también de vagancia. Se necesita mucho tiempo para formarse, pero mucho más para discernir la paja del trigo y la mierda del caviar.

En Twitter: @joaquinroblesza
E-mail: robleszabala@gmail.com


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