Lunes, 23 de enero de 2017

| 2015/10/28 09:37

La última resignación de los cucuteños

Cúcuta es una ciudad dominada por la corrupción política y lo peor es que sus habitantes están resignados a sufrirla y tolerarla. Como la muerte, creen que es ineluctable.

Pedro Miguel Vargas Núñez Foto: Archivo Particular

Todos hablan de ella: se dice, se comenta, se sabe, pero casi nadie hace nada para combatirla o siquiera denunciarla. Hablan que los corruptos (la mayoría de los políticos o funcionarios) se roban o van a robar el erario público, con este, con el otro y con el de más allá. La ciudadanía sabe de la repartición y la soporta porque sí, como los 35 grados centígrados del mediodía, porque no hay nada que hacer. Así es la vida.

Entonces llega el politiquero de turno y arrasa con lo que hay: con los recursos de las escuelas, hospitales, calles, viviendas, acueducto, alcantarillado, alumbrado y no contentos con eso, dejan la ciudad endeudada. Y la gente, apática y frustrada, se queda callada.

Porque los corruptos de Cúcuta lograron a la perfección lo que querían: que la ciudadanía se llenara de desesperanza, depresión, frustración, y con una autoestima por el piso es difícil de velar por la ciudad, por lo público y por el bien colectivo.

Se escucha que el dinero se va directo a los bolsillos de los corruptos y su círculo más cercano. Y que estos aparecen con casas de mil o dos millones de pesos en los mejores barrios y carros de alta gama último modelo, cuando apenas un par de años atrás vivían en sectores de clase baja y andaban a pie.

El problema es que hay tan poco para escoger que la gente no vota por el mejor candidato sino por el menos malo, como fue el caso de las elecciones del pasado domingo. César Rojas, el alcalde electo, es respaldado por un exalcalde desde una cárcel.

La gente dice que cuando Ramiro Suárez Corzo, condenado por homicidio, dirigió la ciudad “hizo algo”, “robó menos y dejó obras”, “puede ser matón pero no tan ladrón”. La ciudadanía está tan desesperada con el robo descarado que eligen al que se cree que va a dejar algunas obritas y va a saquear menos la ciudad.

Esa falta de autoestima ha llevado a que Cúcuta esté subyugada a los corruptos mientras los demás asisten pasivos e impávidos a la rapiña. Entonces la excusa fácil, como ahora, es echarle la culpa a los que viven en la pobreza o en la miseria por vender el voto por 50.000 pesos, un mercado, un almuerzo, un bulto de cemento o una hayaca. “Qué se jodan”, “gente ignorante”, “ojalá sufran después”, exclaman indignados.

Y no piensan que el que vive en la pobreza o en la miseria vende su voto porque no tiene para comer esa semana, y el pensar en el futuro de los hijos suena muy lejano cuando el hambre de hoy apremia; o porque así no lo venda, sabe que poco a nada van a hacer por ellos. Lo mejor y más fácil es venderlo.

Se hace necesario un pacto por Cúcuta, en el cual se una la sociedad civil (estudiantes, profesionales, empresarios, comerciantes, medios de comunicación, la gente honesta y correcta, etc.) para que sin politiquería y con un sentido estrictamente cívico se vigilen los recursos públicos, las obras, los presupuestos, de lo que se hace, de lo que no y se denuncie a los corruptos.

Es hora que los cucuteños se den cuenta que la corrupción no es inevitable y dejar la resignación y la permisividad para con ella. Solo así, algún día, tendrán el placer de elegir al mejor candidato (como acabó de suceder en Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga y Cartagena) y no al menos malo. Es su obligación rescatar a la ciudad que perdieron porque nadie más va a venir a hacerlo.

Es hora de tener a los propios y muchos Morenos y Nules de la ciudad en la cárcel y hacerles ver y sentir que no siempre se van a salir con la suya. Solo pregúntese, ¿cuántos de los corruptos de Cúcuta están en prisión?

Se pueden elegir malos gobernantes pero lo que no se puede seguir permitiendo es que 100 corruptos decidan el destino y el futuro de más de 600.000 personas. Esas sí que trabajan día a día honrada y honestamente para tener una vida digna, esa que poco a poco también se están dejando robar.

*Periodista y especialista en resolución de conflictos.

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