Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/06/26 00:00

CUESTA ABAJO...

CUESTA ABAJO...

Camino, sin un rumbo determinado,por las calles de Buenos Aires. El viento leve del mediodía trae la fragancia de carne asada que sale de un restaurante. Patoneo, pasmado por la admiración y el encanto, a lo largo de la avenida Alvear. Veo las fachadas en que se mezclan el barroco español, los palustres de emigrantes italianos y la sobriedad británica de comienzos de este siglo. Los árboles, frondosos y añosos, sembrados en los antejardines, entran por las ventanas de los apartamentos. Una señora, con cara de descendiente de alemanes, saca a pasear su perro faldero.
Ahora no tengo la más mínima duda: ninguna ciudad de América puede compararse con esta maravilla de capital argentina, hermosa y blanca, patinada por el tiempo, en la que se revuelven las naciones y los pueblos de Europa. Lo que nadie entiende, vive Dios, es cómo un país formado en la caldera de las razas puede se tan inestable, tan mutable e indeciso, qué es lo que hace de ellos tan tambaleantes e inseguros.
La tierra del churrasco y el trigo -la tierra de la comida, en fin la carne y el pan- se está llenando de indigentes, de pobres, de víctimas del dólar, de mendigos. Parece una cosa de locos, como una fantasía, como una nación imaginaria: la gente corre por las calles, con los billetes norteamericanos en la mano, buscando una casa de cambios con el mismo afán de quien busca un baño. Especuladores y usureros con vierten las aceras en oficinas públicas para hacer sus transacciones. El almuerzo al aire libre bajo las ramas acogedoras de La Recoleta, entre sótanos de teatro y boliches de tango, tiene un precio cuando al comensal le trae el menú, sube veinte por ciento cuando va por la sopa y es probable que valga el doble a la hora del postre.
La Argentina se ha vuelto loca No es posible, ni le cabe a nadie en la cabeza, que un pueblo entero se cruce de brazos ante semejante frenesí, como si fuera un botín que se pelean a dentelladas los agiotistas, los bancos, los vendedores de cachivaches.
Lo que más asombra es la diferencia entre el escenario y el suceso. El escenario es un prodigio. Mientras el país se desbarranca, como en el tango, cuesta abajo en su rodada, las fachadas son cada mañana más hermosas, y el río humano del Obelisco habla de fútbol, del sabor de las acelgas en mayo, de las novelas de televisión, como si no fuera con ellos.
Yo veo a Buenos Aires, como es apenas natural, con la mirada de un turista, que es superficial y frívola, si se quiere, pero que tiene también algo de poética.Las calles de San Telmo me conmueven. Un parque, una anticuaria en una puerta, un afilador que hace sonar su dulzaina. En el parque hay millares de pájaros que cantan todo el tiempo, sin descanso saltando de una rama a la otra. Jubilados, como los que salen en las historias de Mafalda jugando barajas, sin prisa, detenidos en el tiempo, congelados.
Pero es que si uno mira también en torno suyo, observando el escenario, cada acontecimiento parece una fábula, un cuento de hadas, una especie de Macondo grande. Mientras viajo en el taxi, oigo en el radio que el presidente electo, Menem, relata con su voz gruesa cómo fue que a su madre se le apareció la Virgen, en la cabecera de la cama, el día que él nació. Por eso, añade sin inmutarse, ahora que ha ganado las elecciones se va en peregrinación al santuario que Nuestra Señora del Valle tiene consagrado en Cajamarca.
La economía se revienta, como una burbuja de jabón. Pero a media tarde no hay ni una sola noticia sobre el tema porque la radio y los televisores están transmitiendo desde el estadio: el equipo de Independiente se juega el campeonato. El gol se oye en toda la ciudad.
Los periódicos dicen, por la mañana, que nadie ha invertido un centavo en la industria. El dinero ocioso está ganando intereses en los bancos. La gente pone su plata por la noche, la retira en la mañana, camino del trabajo,y se gana el doble.Eduardo Angeloz, derrotado en las urnas, clama desde Córdoba: el futuro de la democracia argentina ya no depende de las libertades, sino de la economía. Los zapatos que están en la vitrina, y que ayer por la tarde costaban seis mil australes ahora cuestan ocho mil. Los comerciantes gastan más poniendo precios nuevos que fabricando suelas.
El peronismo, que es el mismo vino viejo, pero en una botella nueva, desfila por las calles, celebrando su triunfo, cantando himnos, entonando canciones bajo la lluvia, agitando banderas .
Y mientras me solazo viendo esa arquitectura incomparable que es la mejor herencia de Europa en América, tarareo aquel canto inolvidable:
San Juan y Boedo antiguo, Pompeya
y más allá la inundación...

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