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Opinión

  • | 2003/11/03 00:00

    Culturas y tecnologías

    La ministra de Cultura, María Consuelo Araújo, participó como panelista invitada en el Global Tech Summit 2003, en el que tuvieron lugar los debates más recientes alrededor del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y los desafíos que éstas imponen en el mundo. La ministra Araújo escribe sobre las oportunidades y dificultades que encuentra un país como Colombia respecto al tema.

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En días pasados, gracias a la generosa invitación de la Business Software Alliance (BSA), tuve la oportunidad de participar como panelista en el Global Tech Summit 2003, evento en el que tuvieron lugar los debates más recientes alrededor del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y los desafíos que éstas imponen tanto a los países desarrollados, como a los países en desarrollo.

El encuentro, que tuvo lugar en Washington, propició debates muy interesantes alrededor de temas como la creación e impacto de las nuevas tecnologías en los negocios, en la vida cotidiana de los ciudadanos del mundo y los desafíos derivados de la brecha tecnológica entre las grandes potencias y los demás países.

En el evento participaron importantes académicos, representantes de la industria audiovisual y musical, los presidentes de las principales empresas de software pertenecientes a la BSA, entre las que se encuentran Microsoft, Adobe y Macromedia, y representantes del gobierno de Estados Unidos. Cada uno de los participantes hizo su aporte a los debates en diversas áreas temáticas como la innovación tecnológica, las posibilidades de reactivación y evolución de esta industria, y los efectos de las nuevas tecnologías en la cultura de los pueblos del mundo.

Si bien las reflexiones en estos campos pueden ser ilimitadas, mi interés en el foro iba encaminado específicamente a dejar claras algunas de las oportunidades y dificultades que encuentra un país como Colombia en cuanto al desarrollo de nuevas tecnologías y el acceso a las mismas. En tal sentido, aunque contamos con un gran potencial para la consolidación de una industria especializada en el desarrollo de software y poseemos un capital humano increíble que sin duda se sitúa a un nivel de competencia comparable con el de los países más ricos, todavía afrontamos un gran reto en cuanto al mejoramiento de nuestras condiciones para la atracción de inversión extranjera y por otro lado padecemos las carencias propias de un Estado deficitario en lo que respecta al acceso de los ciudadanos a los más altos niveles de formación.

Aún así, el sector del software es uno de los más prometedores y de mayor crecimiento económico en Colombia, tal como lo aseguran los estudios realizados por Fedesoft, y la BSA en el 2003. Este último demuestra cómo, la generación de programas alcanzó a sumar entre los años 1995 y 2001, US$626 millones en ingresos y cerca de 13.000 empleos adicionales.

Pero mientras el negocio pinta bien, la piratería sigue siendo la piedra en el zapato para la gran mayoría de industrias informáticas y culturales. Si bien tenemos uno de los índices de piratería más bajos de Latinoamérica (51%), es preciso darle más dientes al Convenio Antipiratería que ha sentado en una mesa de trabajo al sector público y privado. Los estudios han sido suficientes y creo que debemos dedicar nuestras energías a las soluciones con el fin de ponerle freno a un fenómeno que desestimula la creación en áreas como la música, la empresa editorial, las artes audiovisuales, y por supuesto, el software. En este sentido tenemos todavía mucho por hacer en materia de derechos de autor y propiedad intelectual para que nuestros creadores disfruten de los beneficios económicos de su trabajo y sea posible la generación de nuevos empleos en las fases de producción, comercialización y servicios asociados.

Quizá una de las conclusiones más interesantes que dejó Washington, es que el éxito o fracaso que pueden tener las nuevas tecnologías en una sociedad determinada, no depende de la tecnología en sí misma sino más bien de las condiciones que el Estado brinde a los ciudadanos para el acceso y disfrute de las mismas. En este sentido, no solamente debemos mejorar las oportunidades de acceso a las nuevas tecnologías de la información, en lo que hace referencia a la dotación de equipos e infraestructura en telecomunicaciones para una mayor cantidad de población, sino también, realizar un gran esfuerzo pedagógico: aquel que permita un mejor entendimiento de los beneficios de las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana.

Aunque resulta inquietante imaginar cuál será, a largo plazo, el verdadero impacto de dichas tecnologías en la vida cultural de los pueblos y qué papel jugará el Estado para lograr que éste sea lo más positivo posible, hoy por hoy tenemos en ellas un enorme potencial para mejorar la productividad de los países en vías de desarrollo e igualmente, para transmitir de manera ágil, clara y directa aquellos mensajes que nos interesan desde el punto de vista cultural, en el sentido amplio del término.

La cultura no solamente involucra los grandes procesos creativos conocidos por todos a través de las artes o las expresiones raizales de nuestras gentes. También compromete los valores democráticos, los discursos, las ideologías, la transmisión de conocimientos e información y la recuperación de la memoria, ésta última, muy ligada a la concepción moderna de nacionalidad.

Personalmente, creo que los grandes interrogantes del mundo del siglo XXI se concentrarán en torno a ese gran choque entre civilizaciones avanzadas y paupérrimas que ahora se unen a pesar de sus grandes diferencias culturales por cuenta de la magia de la tecnología, los bloques económicos y la globalización como paradigma geopolítico. ¿A qué nos llevará todo esto? No lo sabemos, pero sea lo que sea, lo primero es mantener viva nuestra identidad como Nación. Lo único y lo más valioso que nos queda por defender es lo que somos.

* Ministra de Cultura
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