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Opinión

  • | 1990/06/04 00:00

    Curando con curarina

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Don Víctor Benito Revollo, delgado y de apuesta figura, casi completamente calvo, de ojitos pequeños, vivaz, vestido invariablemente con una cotona sin cuello abotonada en la garganta, era el boticario de San Bernardo del Viento, pero siempre he tenido la sospecha de que se trataba, en realidad, del primer periodista que conocí en mi vida. Hablaba todo el día, sentado en la puerta de su farmacia, macerando hierbas y polvos en su mortero de porcelana, averiguando historias e intercambiando información con las mujeres que pasaban vendiendo cocadas.
Me acuerdo ahora del señor Revollo, como si lo estuviera viendo, porque un amigo, de esos con los que todavía se disfruta el arte en extinción de echar cháchara, me pone conversación sobre los viejos medicamentos que se han ido perdiendo en la avalancha de las ciencias modernas, de la medicina nuclear y los laboratorios de nuestros tiempos.
Los ungüentos y pócimas del señor Revollo curaban cualquier achaque, desde los males de amor hasta las rasquiñas. Cuando amanecíamos con dolor de muelas recetaba una milagrosa agua de alholva, pero si el dolor era muy fuerte y los gritos se oian más que las campanas de la iglesia, entonces el señor Revollo taponaba la muela con bolitas de creosota envueltas en algodón.
Mi madre, a la que alguna universidad debería darle el doctorado honorífico en medicina casera, curaba golpes, piojos, gripas, tosferina, sarampión y mordeduras de perro con el líquido de un frasquito negro que encargaba a Cartagena. Era la celebérrima "Curarina de Juan Salas Nieto", legendaria en los pueblos costeños. Una vez le preguntaron a mamá para que servía eso.
--Lo cura todo --respondió ella, con cierto acento filosófico, en la que ha sido, hasta hoy, la mejor publicidad que he escuchado en mi vida.
Para los dolores de estómago que producían vómitos, cuando a uno se le iba la mano comiendo dulce de guayaba en el caldero de la señora Juana Morillo, había un remedio infalible que se ha perdido: "Cholagoque Indio de Oswood". El diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que la palabra correcta, en castellano, es colagogo, y lo define como un purgante que limpia las impurezas biliares. Debe ser que los señores académicos nunca se han atragantado con medio ciento de mamones, veinte mangos de chancleta y cuatro arrobas de tamarindo verde.
Las gentes antiguas del Viejo Caldas todavía recuerdan con cariño, y con un poco de melancolía, los productos que fabricaba en Armenia don Vicente Giraldo, antes de que se nos viniera encima esta avalancha de champúes y afeites. (¿Será que el plural de "champú" es "champúes"? Tengo mis dudas).
Don Vicente preparaba el inolvidable "Caspidosán Vigig", que, como su nombre lo indica, era el águila para combatir la caspa. Y hacía, además, una crema llamada Afeitol, que, como su nombre vuelve a indicarlo, servía para ablandar la barba antes de afeitarse, con la condición, eso si, de que fuera esparcida en la cara con una brocha de pelos. A propósito: "qué se hicieron las brochas de afeitar"?
La gente de antes, con esos medicamentos rudimentarios, se enfermaba menos pero se moría más joven. Fueron los años en que el Profesor Veleño, un enigmático curandero de capa verde y turbante, llegó a San Bernardo del Viento sacando muelas con la mano y matando la gusanera de las vacas con una oración de su autoría para la Virgen del Perpetuo Socorro. Montó su carpa en la plaza, puso un tocadiscos de baterías y convocaba por sus altavoces verdaderas romerías de enfermos y dolientes.
Fue por ese entonces que ocurrió la tragedia de la señora Silvestrina Villa, una mujer reseca envuelta en trapos que santiguaba a los muchachos con lombrices. Abatida por la competencia del Profesor Veleño y sus poderes mágicos, la señora Silvestrina, sin clientela y sin la confianza de sus vecinos, se murió de tristeza.
Hasta que una tarde, armando una algarabia de siete pisos, el Profesor Veleño dijo a la gente que si le llevaban escopetas, machetes, cuchillos, revólveres de fisto y carabinas hechizas invocaría sobre ellos los favores del diablo para que los volviera invulnerables e infalibles ante el enemigo.
El desfile del gentio fue espectacular. El Profesor Veleño hizo con las armas una pila frente a su tienda de campaña, y les dijo a los dueños que regresaran por ellas a la mañana siguiente. No volvieron a verlo más nunca: se fugó esa noche con los utensilios ajenos y con su carpa de gitano.
--Bien hecho que les pase eso para que escarmienten-- dijo el Padre Agudelo en el sermón de domingo. No se para qué andar hechizando armas, si aqui nadie ha tenido nunca un enemigo...
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