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Opinión

  • | 2016/10/08 00:00

    El resucitado

    Las maniobras del uribismo para dilatar indefinidamente la discusión –rumbo a la elección presidencial de 2018– ya quedaron claras en la reunión de delegatarios.

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En el breve lapso de cinco días Juan Manuel Santos pasó de la mayor derrota política de su vida a dejar inscrito su nombre en letras de molde y para siempre en los libros de historia. Sin embargo, este inesperado acto de justicia poética puede no alcanzar para revivir el proceso de paz. No nos digamos mentiras, el lunes 3 de octubre de 2016 el acuerdo con las Farc amaneció muerto. No digo herido de muerte, ni moribundo, sino inapelablemente muerto y el gobierno Santos convertido en un cadáver insepulto. La proclamación del Premio Nobel de Paz le da un impulso inesperado y necesario al gobierno, pero quizás no sea suficiente, por sí solo, para salvar el proceso.

Después del sorpresivo resultado del plebiscito del domingo tal vez solo había una persona en el mundo con menos gobernabilidad que Juan Manuel Santos. Se trataba de Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko, el máximo jefe de las Farc.

Timochenko, y con él los otros miembros del secretariado de las Farc, han persistido por más de cinco años en la consolidación de una salida negociada al conflicto. Así como de esta orilla de la realidad hay fuertes y decididos detractores de esa idea, también los hay en la orilla de la guerrilla. En uno y otro lado hay personas que no conciben la vida sin la guerra o a quienes la guerra se les ha convertido en un fin en sí mismo, cuando no en un próspero negocio.

En junio del año pasado pude percibirlo en una conversación con dos miembros del secretariado de las Farc. La reunión en La Habana, a la que me acompañó una colega de Univisión, duró más de cuatro horas, fue cordial y franca.

En ese momento Colombia estaba pasando por un periodo muy violento. El alto al fuego unilateral declarado por las Farc en diciembre de 2014 había sido roto por la columna Miller Perdomo que emboscó a una unidad del Ejército y mató a diez soldados en el Cauca.

Unos días después el gobierno de Colombia lanzó una ofensiva aérea que terminó con la muerte de 27 guerrilleros en el Cauca y otros 15 en el Chocó. Entre los muertos estaba Jairo Martínez uno de los negociadores de paz que había ido a La Habana. Siguieron ataques y derrames de petróleo en el Putumayo.

Cuando le pregunté a los dos jefes de las Farc si esa violencia le servía a alguien, hubo una larga argumentación de ellos que muy al final terminó reconociendo -a regañadientes- la inutilidad de esas acciones.

Fue entonces cuando me di cuenta de que las Farc no estaban a salvo de discrepancias y discusiones internas. En medio de la conversación, uno de los interlocutores narró que un subalterno le había dicho: “Camarada, ustedes hacen gestos de paz y más gestos de paz y nada pasa. Cuidado se les tuerce la jeta si siguen haciendo gestos”.

La expresión coloquial iba encaminada a decir que también algunos guerrilleros de base y mandos medios de las Farc, miraban con prevención las largas e inconclusas conversaciones. Para los que estén en el monte, y no en La Habana, esas desconfianzas han reverdecido hoy porque ellos también estaban convencidos de que este era un trato cerrado.

Ningún movimiento insurgente, que no haya sido vencido militarmente, firma un tratado de paz si lo que le espera a sus miembros es la cárcel o la muerte. Los acuerdos de paz, en todo el mundo, consagran un perdón –que en algunos casos se llama amnistía y en otros pena alternativa– y la posibilidad de hacer política con protección para poder expresarse dentro de la democracia y sin armas.

Las Farc se comprometieron con un cese al fuego que han cumplido. Hay unos acuerdos que las partes han admitido discutir, luego del resultado del plebiscito. Una cosa es discutir y otra es destazarlos hasta cambiar su esencia y alcance.

Las maniobras del uribismo para dilatar indefinidamente la discusión –rumbo a las elección presidencial de 2018– ya quedaron claras en la reunión de delegatorios.

La rara oportunidad de resucitar el proceso de paz –que nos cayó de Oslo– no va a estar vigente de manera indefinida. 

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