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Opinión

  • | 2016/03/19 00:00

    Un niño que canta

    De hecho, el éxito de la campaña de Donald Trump empezó con un discurso contra los mexicanos, que era en realidad contra los hispanos en su conjunto.

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El mundo tiene que ver lo que está sucediendo en Estados Unidos. Hay un inusitado auge de posiciones xenófobas y racistas que pueden terminar guiando el destino de ese país y quizás del mundo entero. Estados Unidos ha sido el oasis para millones de perseguidos y desesperanzados provenientes de todas partes. Por desgracia también ha vivido aberrantes periodos de discriminación que de alguna manera se sentían superados por la historia, o por lo menos en camino de desaparecer.

La historia que hoy voy a contarles es la de un niño que cumplió 14 años hace pocos días.

Sebastién de la Cruz –así con e– tiene un enorme talento musical que se reveló en un programa de televisión llamado America’s Got Talent. Él nació en San Antonio, Texas, en una familia de origen mexicano. Habla muy poco español, casi nada, aunque entiende todo y se ha convertido en un símbolo de los nuevos tiempos con lo bueno y con lo malo que están trayendo.

En el año 2013, Sebastién fue con su papá a ver la final del baloncesto donde se enfrentaba su equipo los Spurs de San Antonio con el Heat de Miami. Llegó orgulloso vistiendo su traje de charro con la esperanza diminuta de que pudiera cantar al comienzo del juego. Era muy difícil porque el artista invitado era Darius Rucker, una estrella consagrada, y era muy difícil que pudiera cederle su lugar a un niño de 11 años, la edad que él tenía en ese momento.

Pero algo sucedió y el principal no pudo llegar a tiempo. Todas las miradas se voltearon hacia el charrito para que salvara la situación.
El niño con su sombrero de mariachi tomó el micrófono y entonó, sin desafinar, The Star Spangled Banner, el himno nacional de Estados Unidos, el país que lo había visto nacer.

Sebastién no había acabado de cantar la última frase que celebra “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”, cuando las redes sociales se empezaron a llenar de insultos.

“¿Este mexicanito por qué se atreve a cantar nuestro himno?”, “¿A quién se le ocurre que un ilegal sea el llamado a cantar el himno nacional?”, “¿Qué hace este ‘espalda mojada’ cantando el himno en la televisión?”. Los mensajes discriminatorios de ese día se pueden contar por miles. Estos son solo algunos de los publicables.

El vergonzoso episodio saltó a las primeras páginas de los periódicos y a los noticieros de televisión. Sebastién conoció tempranamente la crueldad de esas multitudes anónimas con los diferentes.

Con enorme madurez argumentó que era un americano como cualquier otro y que tenía el derecho de reivindicar la cultura de sus padres.
Hace unos días la cadena Univisión, para la cual trabajo, presentó un debate entre los candidatos demócratas Hillary Clinton y Bernie Sanders. Es una tradición en Estados Unidos que los debates se inicien con el himno nacional. Después de una interesante discusión con mis colegas decidimos que el encargado fuera el niño Sebastién de la Cruz.

Su presentación fue musicalmente impecable. Sin embargo, y como era previsible, abrió nuevamente las descalificaciones que retratan el grado de desprecio –e incluso odio- de muchas personas por los hispanos que ya son 55 millones en Estados Unidos. La más grande minoría y un grupo decisivo en lo político y en lo económico.

De hecho, el éxito de la campaña del magnate Donald Trump empezó con un discurso contra los mexicanos, que era en realidad contra los hispanos en su conjunto. El señor Trump aseguró “Cuando México envía su gente, no envían a los mejores. Envía gente que tiene muchos problemas”. Y agregó, “traen drogas, crimen, son violadores y, supongo que algunos, son buenas personas”.

Desde ese momento, semana tras semana, el señor Trump ha ido ganando respaldo. Está a la cabeza de la carrera republicana y la posibilidad de que pueda convertirse en el nuevo presidente de Estados Unidos parece cada vez menos remota.

Las agresiones verbales y físicas contra hispanos también han ido en aumento. Tal vez Donald Trump no sea la causa, sino más bien una consecuencia de un sentimiento excluyente que viene creciendo en la tierra de las libertades.

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