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Opinión

  • | 2015/06/20 22:00

    Duelo de cobardes

    El gobierno y las FARC se dedicaron a buscar el aplauso de los elementos más radicales de sus respectivos lados. En lugar de persistir en el desescalamiento de la guerra quisieron lucir fuertes ante sus críticos internos.

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A Oliver Strong quien será niño siempre.

El proceso de paz está agonizando por falta de valor de las dos partes. Desde luego la mayor responsabilidad viene de la ceguera criminal de las FARC pero el gobierno tiene una gran dosis de culpa en el deterioro de la confianza pública en las negociaciones. Al presidente Juan Manuel Santos le ha faltado coraje para avanzar en el proceso por querer quedar bien con todo el mundo.

Buscando el apoyo imposible de los enemigos de los diálogos, Santos extravió el camino hacia la paz.

Fue Santos quien le vendió al país la esperanza de un cese al fuego bilateral y definitivo. Ahora –él mismo– lo presenta como una trampa de la guerrilla haciéndole coro a quienes desde el comienzo han tratado de torpedear su intento de salida negociada.

Ha pasado menos de un año desde su discurso de reposesión presidencial, el 7 de agosto de 2014. Ese día Santos arrancó un aplauso a un auditorio más bien apático cuando anunció “Hace apenas un par de días, se acordó que en dos semanas se instalará la subcomisión que tratará los temas de cese al fuego y de hostilidades –bilateral y definitivo–, y de dejación de armas, que hacen parte del último punto sustantivo”.



El anunciado cese al fuego sería el único resultado concreto de la larga negociación. Si las FARC y el gobierno eran capaces de silenciar los fusiles y seguir avanzando en las conversaciones, los colombianos podrían ver que era posible vivir en paz.

Por supuesto un cese al fuego necesita una verificación independiente y unas fórmulas para tramitar las eventuales rupturas sin poner en riesgo el proceso entero.

El discurso iba quedando en nada –como suele pasar con el gobierno– hasta cuando las FARC anunciaron una tregua “unilateral e indefinida” en diciembre del año pasado.

Santos no fue capaz de valorar la decisión de las FARC para no pagar el precio político de hacerlo.

El silencio medroso del presidente fue llenado por la derecha con una descalificación a la tregua que terminó presentada como una trampa de la guerrilla para fortalecerse en el “apaciguamiento”. Mientras tanto, en el otro extremo, algunos mandos medios y miembros de las bases de las FARC lo recibieron como un gesto inútil y una actitud de entrega innecesaria por parte de sus comandantes.

La falta de visión y de valor del gobierno encontró pronto su horma en la cobardía de los jefes de las FARC temerosos de perder ascendiente sobre algunos frentes que los podían ver como “entreguistas”.

El gobierno y las FARC se dedicaron a buscar el aplauso de los elementos más radicales de sus respectivos lados. En lugar de persistir en el desescalamiento de la guerra quisieron lucir fuertes ante sus críticos internos.

En medio de este pavoneo de fuerza militar y torpeza política, se presentó el ataque de las FARC en Buenos Aires, Cauca, donde murieron 11 militares. Los negociadores guerrilleros no tuvieron el valor de reconocer la violación de la tregua declarada por ellos mismos. En lugar de descalificar la acción ofensiva buscaron un discurso para justificarla presentándola como un acto de defensa.

De ahí en adelante se acabaron los gestos de paz. El gobierno reanudó los bombardeos aéreos y las FARC los ataques contra militares y policías, pero especialmente contra la población civil.

Son los colombianos más pobres los que por cuenta del terrorismo de las FARC se han quedado sin energía en Tumaco, Buenaventura y Florencia, sin acueducto en Algeciras y con el agua y la tierra contaminadas por el petróleo derramado deliberadamente en Putumayo y Nariño.

Con estas acciones criminales los únicos que se fortalecen son los que promueven la continuidad de la guerra, en ambos lados.

Santos tardíamente se vino a dar cuenta de que la tregua unilateral de las FARC había sido importante. Esta semana en el Caquetá reconoció con nostalgia “Tuvimos unos meses de desescalamiento del conflicto, donde los colombianos pudimos apreciar lo que puede ser este país sin ataques, sin bombas, sin daños a la infraestructura eléctrica, sin contar todos los días muertos…”.



Sin embargo –y otra vez por pura falta de valor político para asumir el debate– Santos se niega a buscar un cese al fuego bilateral, definitivo y verificable.

Un cese al fuego serio que necesariamente se debería pactar para hacer creíble el proceso de paz.
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