Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/07/30 00:00

La trampa

Un hombre estaba intentando comprar un local con 1.500 millones de pesos en efectivo, usando las copias de las cédulas y asegurando que actuaba como representante de nosotros cuatro.

Daniel Coronell. Foto: Archivo SEMANA

Alguien está tratando de usar documentos del periodista Ignacio Gómez, de dos camarógrafos de Noticias Uno y míos para involucrarnos en un delito. Todo empezó el viernes 1 de julio cuando un hombre que dijo llamarse Emerson Gómez fue a ver a Ignacio a su oficina del noticiero en el occidente de Bogotá. Para quienes no lo sepan, Ignacio Gómez es uno de los periodistas de investigación más destacados de Colombia, es subdirector de Noticias Uno y una de las personas que más aprecio y valoro.

Gran parte del trabajo de los reporteros consiste en oír historias y conocer fuentes de información. Ignacio es un maestro del oficio, con más de 30 años de experiencia, y sabe que muchos de los temas potenciales no se concretan pero que es necesario examinarlos todos porque donde menos se piensa salta la liebre.

Emerson, el visitante, afirmaba ser amigo y trabajador del llamado Zar de la Chatarra, John James Arias, actualmente preso por la multimillonaria defraudación a la Dian –la más grande de la historia– efectuada con exportaciones ficticias de chatarra y recobros del IVA, un caso que involucra a varios empresarios, algunos de ellos muy influyentes políticamente.

Quizás lo más llamativo del caso ha sido la seguidilla de asesinatos y extraños accidentes mortales que han sufrido personas relacionadas con los hechos o con sus protagonistas. La misma semana en la que Emerson Gómez fue a ver a Ignacio, en esta página de SEMANA estaba publicada una columna llamada ‘Fatalidad y chatarra’ que enumeraba esas trágicas muertes.

El visitante aseguraba que John James Arias temía correr la misma suerte y decía que quería hablar conmigo para dejar su testimonio antes de que le sucediera algo. De acuerdo con la versión de Emerson, su amigo y patrón el Zar de la Chatarra quería contar y dejar grabado todo lo que sabía para que fuera publicado en caso de que algo le ocurriera.

El hombre demostró un conocimiento detallado del tema. Como llevamos meses investigando el caso, Ignacio le hizo un par de preguntas sobre asuntos de la operación y del proceso judicial que no habría podido responder solo un lector de prensa informado. Emerson contestó correctamente.

Quien decía llamarse Emerson Gómez se había enterado –aparentemente por un aviso público de la editorial– que la semana siguiente yo vendría a Colombia para presentar un libro y pidió que, junto con Ignacio Gómez, fuera a ver a John James Arias a su lugar de reclusión y grabara con él una entrevista para televisión, algo que él consideraba una especie de seguro de vida. Emerson recibió respuesta positiva y pidió una carta de solicitud formal de la entrevista junto con la copia de las cédulas de quienes iban a efectuarla. Este es un requisito normal para hacer entrevistas con personas detenidas. Ignacio le entregó la carta y copias de la cédulas suya, de los camarógrafos Manuel Mosquera, Darío Torres y mía.

Yo llegaría a Bogotá el martes 5 en la noche y la entrevista debería efectuarse el miércoles 6 al mediodía. Emerson dejó un número celular en el que contestó una llamada de Ignacio el sábado. Allí acordaron que hablarían el mismo miércoles de la entrevista para verificar que las autorizaciones se hubieran surtido.

Sin embargo, ese miércoles no apareció. Nadie respondió el teléfono ni ese día, ni los siguientes.

Ignacio no volvió a tener noticias de quien decía llamarse Emerson. Personas cercanas al Zar de la Chatarra negaron que él estuviera interesado, por ahora, en conceder una entrevista. Regresé a Estados Unidos y me había olvidado del tema hasta el viernes 22 de julio.

Ese día Ignacio recibió una llamada de la administración de un conocido centro comercial de Bogotá. Un hombre estaba intentando comprar un local con 1.500 millones de pesos en efectivo, usando las copias de las cédulas y asegurando que actuaba como representante de nosotros cuatro.

Alcanzaron a redactar una promesa de compraventa, pero la transacción no llegó a efectuarse. El hombre que firmaría el compromiso se identificó con el nombre de Andrés Felipe Martínez Otoya, pero el número de identificación que entregó corresponde según los registros públicos a un ciudadano llamado Hemerson Gómez Tamayo. 

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