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Opinión

  • | 2015/01/31 22:00

    Querida María del Pilar:

    Usted sabe que llegó el momento del regreso. No puede seguir huyendo para siempre. Quizás sea el momento de contar la verdad que ha cargado, en lugar de seguir tratando de justificarla.

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Muchos sábados desayunamos juntos. La última vez fue en julio de 2010. A usted le gustaba ese pequeño restaurante de la carrera quinta. Casi nunca había otros clientes y los meseros tenían la buena costumbre de mantenerse alejados. Se podía hablar y en ocasiones reír. Pocos conocen su sentido del humor fino y socarrón. Le gusta usar el sarcasmo y encaja bien los contragolpes. Es usted una conversadora ingeniosa y hábil.

La mayor parte de los encuentros sucedieron cuando usted ya era una exfuncionaria aunque mantenía una tensa cercanía con el gobierno.

En uno de los desayunos me contó cuánto me odiaban en la Casa de Nariño y el deseo inmenso de la familia presidencial en pleno de hacerme daño. En otra ocasión se le escapó –o quizás quiso decirlo– que un fotógrafo que el DAS había usado para implicar a Yidis Medina en delitos había terminado extorsionando al gobierno.

Yo recordaba bien el caso y después supe, por boca de un testigo ocular, que la operación de desprestigio fue financiada por Juan Carlos Sierra, alias el Tuso, desde la cárcel de Itagüí.

Hubo otro par de cosas que usted dijo que me llevaron a pensar que el gobierno de entonces mantenía una línea de comunicación con delincuentes que operaban sus guerras sucias desde las cárceles.

Los desayunos terminaron cuando dos altos funcionarios del DAS (la directora de Operaciones de Inteligencia Martha Leal y el director de Inteligencia Fernando Tabares) revelaron que ese organismo de seguridad había efectuado seguimientos ilegales contra mi familia y contra mí, antes y durante la administración suya, María del Pilar.

Identificaron los carros que me seguían, hablaron de los agentes disfrazados de vendedores de flores, de la falsa camioneta de la lavandería que estacionaba frente a mi casa, del afán por identificar mis fuentes de información o de encontrar algo para demoler mi carrera o mi vida.

Después de esas revelaciones, usted simplemente dejó de llamarme y lo entendí como un acto de vergüenza.

Sin embargo, unos meses después recibí un mensaje suyo por BlackBerry: “Daniel. Quiero tomarme un cafecito con Ud. ¿Me invita?”. Aclaraba que no quería dar entrevistas “pero sí quisiera hablar de esto con sumercé”.

El sábado siguiente nos encontramos en la sede de Noticias Uno. La escuché dos horas.

Me dijo que el presidente Álvaro Uribe había prometido llenarla de contratos pero que al final solo dos se habían concretado. También me reveló que el propio Uribe le venía sugiriendo que buscara asilo político.

Me sigo preguntando por qué quiso contarme eso precisamente a mí, María del Pilar. No sé si fue un gesto de desesperación o si quería que Uribe supiera que estaba hablando conmigo.

Si esa fue la razón, usted acertó María del Pilar, se pusieron muy nerviosos. Cinco días después de nuestra conversación un hombre de confianza de Álvaro Uribe, que por esos días ya no era presidente, llegó a visitarla a la oficina de su abogado en la calle 77. Era Óscar Iván Zuluaga.

Unas semanas después usted viajó a Panamá.

Cuando lo supe, recordé lo que me había contado del asilo y le escribí un BBM preguntándole la razón de su viaje. Su respuesta era nerviosa y a la vez cómica: “Atendiendo un cliente e intentando pescar a otros dos. Lo noto muy dateado. Daniel, ¿me tiene chuzada?”.

Ese mensaje fue el último. En noviembre de 2010. Nunca pude volver a comunicarme. He ido a Panamá tratando de encontrarla, sin resultado.

Usted sabe, María del Pilar, que llegó el momento del regreso. No puede seguir huyendo para siempre. Quizás sea el momento de contar de una vez por todas la verdad que ha cargado, en lugar de seguir tratando de justificarla.

Hoy parece una exageración pero usted y yo sabemos que de su decisión depende, en gran medida, el futuro de Colombia.
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