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Opinión

  • | 2014/07/05 00:00

    Un café con Andrés Felipe

    Por momentos, tuve la impresión de que conversaba con dos personas distintas. Cuando Arias trataba de persuadirme, hablaba suavemente. En cambio, cuando algo le molestaba arrastraba un fuerte acento de campesino paisa.

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Llegué 20 minutos antes. Había recibido la citación nueve días atrás. El exministro Andrés Felipe Arias había interpuesto una querella penal contra mí porque, según él, lo había injuriado en una columna. La diligencia de conciliación, requisito para continuar el proceso penal, se cumpliría en una sede de la Fiscalía en el occidente de Bogotá. Corría el año 2010 y empezaba el gobierno de Juan Manuel Santos, que acababa de nombrar a Arias como embajador en Italia. Unos días después el exministro Arias declinaría la designación reiterando su lealtad con el proyecto político de Santos. (Ver vínculo) 

Andrés Felipe llegó cuando yo estaba sentado en la antesala y el fiscal del caso nos hizo pasar inmediatamente a su despacho. Arias respondió mi “buenos días” sin mirarme. La tensión se sentía. El aire se podía cortar con cuchillo. Solo había dos sillas frente al escritorio que no se podían mover, como si estuvieran atornilladas al piso. Esa circunstancia nos obligó a sentarnos muy cerca el uno del otro. Como era previsible no hubo conciliación. Yo me ratifiqué en lo afirmado y él expresó su deseo de que continuara el proceso.

Agotado el ritual que ordena la ley, el fiscal salió de la oficina para imprimir el acta que debíamos firmar. Arias me miró en silencio por varios segundos y finalmente preguntó:

–¿Usted, Se tomaría un café conmigo?

–Claro, cuando diga –le respondí- si quiere ya mismo cuando termine la diligencia.

–No, no, hoy no puedo– negó mientras movía su cabeza- pero lo busco.

La semana siguiente recibí una llamada del presidente de Fedegan, José Félix Lafaurie. Nos invitaba a Andrés Felipe y a mí a tomarnos un café en el Club El Nogal.

Arias es un interlocutor inteligente. Habló casi 40 minutos de manera articulada y serena presentando su versión sobre Agro Ingreso Seguro. Estaba listo para casi todas las preguntas, pero una sombra de ira pasó por sus ojos cuando le hablé de una vieja entrevista suya. En febrero de 2007, dos años y medio antes del escándalo, la revista Caras le preguntó: “¿Cuándo ha dado papaya?” y él respondió: “Cuando he querido dar ayudas y subsidios a los que no lo necesitan”. (Ver revista)

Nunca respondió por qué había dicho eso.

Aseguró que la Fundación Colombia Cambió, que recibió aportes de beneficiarios de Agro Ingreso Seguro no tenía que ver “jurídicamente” con su campaña. Cuando le recalqué que tenía directivos comunes con la campaña, entre ellos su propio suegro César Serrano, Arias simplemente se encogió de hombros. (Ver captura de pantalla y Cámara de Comercio)

Le molestó cuando le hablé del senador Alirio Villamizar cuyo hijo había recibido casi 500 millones regalados de AIS (Ver imagen) y también cuando le mencioné una circular de Asocolflores Antioquia invitando a hacer donaciones a su campaña. (Ver imagen)

En algunos momentos tuve la impresión de que conversaba con dos personas distintas. Cuando Arias trataba de persuadirme hablaba suavemente, con los cordiales modales de un tecnócrata y casi sin acento. En cambio cuando algo le molestaba arrastraba un fuerte acento de campesino paisa.

Era como si hubiera decidido diluir su propia personalidad para copiar a su modelo. Las artificiales maneras rurales que adoptó eclipsaban un poco al brillante exalumno de The Columbus School de Medellín, la Universidad de los Andes y Ucla en Estados Unidos.

Antes de terminar hablamos de los sacrificios de su padre, un médico cirujano del Seguro Social, para brindarle la educación que tuvo y me atreví a sugerirle que pensara que eso valía mucho más que el poder efímero de la política.

Respondió que sí, en ese preciso minuto sentí que era sincero. Se despidió con un apretón de manos. Nada cambió en él después de esa conversación.

Me duele el sufrimiento de Arias y de los suyos por su condena, pero creo que la decisión de la Corte Suprema es justa.

Epílogo: Dos años después, en octubre de 2012, la Fiscalía archivó el caso por injuria. La Justicia determinó que mis afirmaciones sobre el exministro Andrés Felipe Arias estaban debidamente sustentadas y documentadas.
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