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Opinión

  • | 2014/05/25 00:00

    Verde que te quiero verde

    Nada indica que el voto verde del domingo siga disciplinas de partido y mucho menos que sea fácilmente endosable.

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La mayor paradoja es que los votantes del candidato que quedó de último en la primera vuelta, pueden acabar decidiendo la Presidencia en la segunda. En otras palabras, los llamados verdes son el fiel de la balanza para dirimir la elección entre Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos. Enrique Peñalosa –que hace unas semanas llegó a ser el candidato obvio para pasar a segunda vuelta– terminó el domingo en el quinto y último lugar, pero sus votos son quizá los más valiosos para la carrera definitiva.

La cuenta es simple: Óscar Iván Zuluaga logró casi 500.000 votos más que el candidato-presidente Juan Manuel Santos. La conservadora Marta Lucía Ramírez sacó una votación muy similar a la de Clara López del Polo Democrático, las dos con alrededor de 2 millones de votos. Y el Partido Verde de Peñalosa obtuvo un poco más de 1 millón de votos.

La mayor parte de los votos de Marta Lucía Ramírez, muy probablemente con endoso activo de ella, terminará fortaleciendo al candidato del uribismo Óscar Iván Zuluaga.

En las toldas del Polo el asunto es un poco más complicado. Hay una franja irreductible que jamás votará ni por Zuluaga ni por Santos. Sin embargo, los votantes del Polo moderados –que son la mayoría– se sentirán más inclinados a votar por Juan Manuel Santos. Por un lado porque lo ven como la continuidad del proceso de paz y por otro porque no hay nada más lejano a ellos que el uribismo.

Las matemáticas electorales no son ciencia exacta pero si la hipótesis se cumple, los seguidores de Marta Lucía Ramírez le aportarán una votación a Zuluaga similar a la que le entregarán los seguidores de Clara López a Santos.

Así las cosas, el millón de votos peñalosistas podría contrarrestar la ventaja de Zuluaga y entregarle el triunfo a Santos. O por el contrario, sumarse a la mayoría uribista de la primera vuelta y consolidar la victoria de Zuluaga.

No obstante, nada indica que el voto verde del domingo siga disciplinas de partido y mucho menos que sea fácilmente endosable.

Enrique Peñalosa, individualmente considerado, ha sido más cercano políticamente a Álvaro Uribe que a Juan Manuel Santos, pero no necesariamente sus votantes. El peñalosismo uribista disminuyó hasta llegar a cero cuando su candidato –en medio de la campaña– anunció que de ser elegido continuaría con el proceso de paz y ratificaría a los negociadores.

La senadora Claudia López, quien se ha consolidado como la orientadora ideológica del Partido Verde, anunció hace unos días que no votaría por Óscar Iván Zuluaga ni por Juan Manuel Santos ni en primera, ni en segunda vuelta. Me inclino a creer que Claudia reconsiderará esa decisión, pero incluso si persistiera en ella es difícil que la abstención se convierta en la decisión de quienes votarán por Peñalosa. Ellos hacen parte de un voto de opinión activo y decisivo.

Antonio Navarro Wolff, el otro gran senador del Partido Verde, ya anunció de alguna manera su voto para la segunda vuelta. Cuando El Tiempo le preguntó esta semana: “Si la segunda vuelta es entre Santos y Zuluaga, ¿usted por quién votaría?”. Navarro respondió: “En ese caso, buscaríamos con otros sectores políticos lo mejor para defender el proceso de paz”.

Nunca la victoria dependió tanto de los derrotados.

El pasado domingo se acabaron dos axiomas políticos en Colombia. El primero es que era imposible derrotar a un presidente en ejercicio en trance de reelección. Santos, que tuvo todos los vientos a su favor, no fue capaz de superar sus propios lastres y empieza la segunda y definitiva carrera con las apuestas en contra.

El segundo, son los 9 millones de votos en los que por cuatro años se ha autoavaluado el uribismo. En realidad eran 3.700.000. Otros 3 millones corresponden a la fuerza del gobierno, una maquinaria descomunal para influir elecciones. Y 2 millones de esos 9, ya despertaron y para siempre.  
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