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Opinión

  • | 2016/12/10 00:00

    El círculo vicioso del mal

    No hay amor fraterno que pueda justificar la complicidad en semejante acto de horror contra una niña indefensa. Tampoco haber padecido un acto de violencia indiscriminada en el pasado puede explicar la conducta del criminal.

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Nada puede justificar que un adulto planee, intente varias veces y ejecute fríamente el secuestro de una niña de 7 años. Yuliana, que llegó a Bogotá con su familia desplazada por la violencia en el Cauca, encontró en la capital una violencia aún peor. De manera monstruosa le negaron el derecho de ser respetada, crecer y vivir. Fue secuestrada, violada, torturada y cruelmente asesinada. Además, hubo maniobras para desviar y retrasar la acción de la justicia. Todo el peso de la ley debe caer sobre el autor de este horrendo crimen y sobre quienes presuntamente trataron de encubrirlo.

La violencia contra los miembros más débiles de la sociedad nos degrada a todos y a veces regresa convertida en mayor violencia.

En 1993 un carro bomba estalló en la calle 72 con carrera Séptima en Bogotá. Un joven de 14 años, que esperaba a esa hora que su mamá lo recogiera, oyó la detonación de los 80 kilos de dinamita amoniacal y sintió que el mundo se le venía encima. Sabía que sus familiares venían por él y temió lo peor cuando se dio cuenta de que era un atentado.

El diario El Tiempo del 22 de enero de 1993 reproduce el testimonio del muchacho, entregado la noche anterior: “Yo sentí la explosión y salí a mirar. Lo primero que vi fue el carro de la casa destruido. Me puse a llorar y la Policía me ayudó”. (Ver periódico)

El Datsun de la familia estaba justo al lado del Renault 12 cargado con explosivos que, según las investigaciones, había sido puesto por hombres pagados por Carlos Mario Alzate Urquijo, alias el Arete, por órdenes de Pablo Escobar que anunciaba así el inicio de su arremetida terrorista contra Bogotá después de fugarse.

Por un capricho del azar, la onda expansiva del carro bomba tomó una dirección distinta y el automóvil que estaba al lado no sufrió el mayor impacto. A bordo iban dos mujeres. Al volante estaba María Isabel, la madre del muchacho, y a su lado Catalina, su hija de 12 años.

La madre sufrió heridas leves. La niña, en cambio, tenía clavados varios vidrios en su ojo derecho. Fueron trasladadas al Hospital San Ignacio.

La crónica periodística también recoge el testimonio de Rafael Hernán, el padre de la familia: “La muchacha del servicio me avisó del atentado y que ahí estaba mi familia. Salí de inmediato para San Ignacio, pero por petición de mi esposa ya se habían trasladado a la Barraquer. Fue una angustia terrible. No me explico cómo puede pasar algo así. Una guerra tan sucia que los de bien debemos ganar a toda costa, sin sangre. Quien se atreve a poner bombas de esas es un enfermo”. (Ver periódico)

El muchacho de 14 años al que iban a recoger esa noche es Rafael Uribe Noguera, hoy procesado por el abominable crimen de Yuliana Samboní, niña de 7 años y habitante de un barrio pobre ubicado al lado del vecindario del único sospechoso.

La niña de 12 años que sufrió las graves lesiones oculares en 1993 es su hermana Catalina Uribe Noguera, a quien la Fiscalía está interrogando por su presunta responsabilidad en la alteración de la escena del crimen con el propósito de desviar la investigación.

La Fiscalía sostiene que ella y su hermano Francisco, reputado abogado, estuvieron por más de tres horas con el presunto asesino, manipularon el lugar y le aconsejaron tomar licor y consumir drogas para alegar que había cometido el crimen atroz bajo la influencia de sustancias psicoactivas.

La justicia tendrá que demostrar si eso es cierto.

No hay amor fraterno que pueda justificar la complicidad en semejante acto de horror contra una niña indefensa. Tampoco haber padecido un acto de violencia demencial e indiscriminada en el pasado puede explicar la conducta del criminal.

¿Qué pasó por la cabeza de estas víctimas de antaño para que terminaran convertidas en victimarios?

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