Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/10/07 11:10

Hay que caminar la diferencia

En lugar de ver concentración de las FARC, somos espectadores de un proceso de paz sin rumbo, donde nadie tiene la legitimidad suficiente para llevarlo a buen cabo. Tenemos que dejar a un lado las arrogancias pues aquí no hay victoriosos.

Daniel Marín López. Foto: Semana.com

Seguirán siendo víctimas. Víctimas de un círculo vicioso donde la falta de Estado en las regiones más golpeadas por el conflicto –en gran parte gracias a su existencia-, las convierte en zonas olvidadas del paisaje nacional, sin peso político en las elecciones y con carencia de representatividad en la sociedad colombiana. Y en estas regiones, al no poder cambiarse nada por la vía electoral, el Estado nunca llegará y estarán condenadas a la Ley que imponga la violencia.

El domingo los colombianos fuimos inconscientes de este círculo que corroe a dos terceras partes del país, vergüenza, mil veces vergüenza. Ese círculo que es el contorno del centro, que inicia en el extremo de La Guajira, pasa por los Montes de María, se anida en el Urabá, recorre el Atrato, desciende por el Pacífico, se adentra en las selvas amazónicas, amanece en la Orinoquía y cierra en el Catatumbo, es y probablemente seguirá siendo nuestro olvido. Pues olvidamos que nos debemos a él, a sus riquezas, a su gente.

El domingo este círculo cercano –o más bien lejano- estuvo a la altura del momento histórico. En medio de la paradoja, del miedo que implica vivir en la paraestatalidad, donde la violencia se impone, le apostaron a los cauces estatales que siempre los ha rechazado, le apostaron a la vía pacífica que va atada a la construcción de un Estado en los territorios. Creen firmemente que el Acuerdo final es un eslabón más en esa lucha y, por eso, persisten. El domingo las víctimas en su mayoría votaron sí, un bello sí, ese que se da sin ambigüedades. Por nuestra parte, en el centro seguimos en debates insulsos, desinformados y prejuiciosos. Nos miramos al ombligo, con una odiosa superioridad moral.

Ahora que estamos en una encrucijada como sociedad, donde la reconciliación nacional se ve más lejos que nunca, carecemos de una hoja de ruta. Además, en estos momentos los líderes políticos carecen de legitimidad. Literalmente media Colombia no cree en el Gobierno. Literalmente la otra media repudia los cauces que ha tomado el uribismo. Así no existirá capacidad de renegociar un Acuerdo si no se abre el espectro político a las fuerzas políticas vivas del país, las que recorren los territorios sin afán de protagonismos y que tienen ganada su legitimidad a pulso en los barrios y veredas. Ellas son las bisagras de la reconciliación social pues en estos afanosos momentos nadie quiere el retorno a la guerra.

Por eso creo firmemente que una renegociación, hoy cuando las FARC iniciarían su concentración, debe tener claro que hay un núcleo duro del Acuerdo que no permite concesiones ni dilaciones: una reforma rural integral y una apertura del sistema de participación política. Ese núcleo que está pensado para llevar institucionalidad e inclusión a nuestro círculo cercano que tanto le apuesta a dejar de ser un círculo vicioso. Ese núcleo que busca atacar las causas del conflicto.

Por eso, más que ahondar en la herida profunda del país, hay que caminar la diferencia, como diría Pepe Mujica. Hoy que se sientan Santos y Uribe por primera vez en años, tenemos que dejar a un lado arrogancias pues aquí no hay victoriosos. Por eso, debemos empezar por garantizar nuestro compromiso con lo que es evidente, Estado e inclusión en las regiones. De ahí para allá veremos cómo nos renovamos para ahora sí estar a la altura del momento histórico.

* Investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad- Dejusticia - @marintencionado

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