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Opinión

  • | 2016/05/28 00:00

    Una terapia de adictos al poder

    No griten que se despierta mi chiquito. Mi adicción me llevó a meter a mi bebé en la política antes de que aprendiera a leer. Por consumir poder durante mi embarazo, él nació adicto también: mírenlo.

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Siéntense en círculo y hagamos silencio que la terapia está por comenzar. Arranquemos por el lado ultraderecho, como siempre: a ver, empieza tú.

–Me llamo Álvaro y soy adicto al poder.

–¡Hola, Álvaro! ¡No venías desde la vez que tocaste fondo y cambiaste la Constitución, bienvenido!

–Oístes, es que recaí: ya no disfruto del nietecito ni de la yegüita alazana sino que me la paso pegado al Twitter promoviendo la guerra como un loco para volver a la Casa de Nari…

–¿Pero apenas lo deseas o has recaído de verdad?

–¿Que qué? Mirame a estas alturas ¡dizque de senador! Pero es que necesitaba siquiera una curul para inhalar…

–¡A mí me pasó lo mismo!

–Espera tu turno, doctor Serpa. Continúa, Álvaro. Y guarda el celular.

–…Esperate mando un twitter que la FAR sacaron comunicado…

–Bien, entonces quién sigue en el orden del círculo… ¡Tú!

–¿Yo?

–No, tú no, María Emma; el señor de la derecha…

–Gracias. Me llamo Juan Ma-má y soy adicto al poder.

–¡Hola, Juan Ma-má!

–Juan Ma-manuel…

–¿Cómo va la adicción, Juan Manuel?

–Mal. Por culpa de esta droga maldita he planeado golpes de Estado, me disfracé de pastranista, después de uribista, posé en calzoncillos... Por ganar las elecciones me alié con una gente a la que mamá seguro calificaría como “fro-fro”.

–¿Como qué?

–Fro-frondia…

–¿Quiénes?

–Gentecita de la costa … Ñoño Elías, por ejemplo.

–Ah, sí, él no volvió por acá desde la última vez que rifó una lavadora entre los adictos y se llevó la plata... Juan Manuel, ¿y no crees que llegó el momento de dejar el poder?

–Es que eso no se ataca así… Es mejor tratarlo con una dosis mínima… que todos podamos ser ediles, por ejemplo.

–Pero piensa en tu familia…

–Pero qué hago: mi cu-cuerpo pide más… Ahora voy por la ONU…

–Gracias por tu testimonio, Juan Manuel. ¿Quién sigue?

–Voy yo: están dando la palabra hacia la derecha.

–Adelante, Alejandro.

–Hola a todos: soy Alejandro y soy adicto al poder…

–¡Hola, Alejandro!

–Yo también he hecho de todo por el poder: hasta invité al matrimonio de mi hija, no digamos parapolíticos, porque ¿quién soy yo para juzgarlos, si para eso está dios?, sino liberales, sí, li-be-ra-les, como se oye. Pero los necesitaba para reelegirme. Y ahora uso mi cargo para hacer campaña presidencial…

–¡Necesitas tratamiento de choque, Alejandro! ¡Fúmate este cacho!

–Cacho el de satán: quiero tener tanto poder como Nuestro Señor, quiero ser omnipotente...

–¿Y no te da pena?

–No, ¡cuál pena! El poder me lo ha dado todo: me brindan toros en las plazas; me dan el mejor puesto en la iglesia. Hasta Beatriz se volvió importante en los círculos bogotanos, y, dígame, ¿quién era Beatriz antes de que yo fuera procurador?

–¿No te visualizas dejando el poder?

–Dejo antes el cilicio.

–Valoramos tu sinceridad, Alejandro, pero te está ganando la adicción. Debes aferrarte a dios…

–Sí. O al menos al cargo.

–A ver: ¿quién va?

–Yo.

–No, Luchito, tu salón es al lado. ¿Quién quiere?

–¿Yo entonces?

–No, doctor Benedetti: este tampoco es tu salón.

–Entonces yo. Soy César y soy adicto al poder, jijiji….

–¡Hola, César!

–No griten que se despierta mi chiquito. Mi adicción me llevó a meter a mi bebé en la política antes de que aprendiera a leer. Por consumir poder durante mi embarazo, él nació adicto también: mírenlo.

–Pobrecito. Y está divino.

–Lo mismo les puede pasar a Andrés y a Ernesto; díganles que vuelvan a las terapias. Hay descuentos para familias, como se lo dijimos a los López…

–¿O sea que a mí me sale más barato?

–Sí, Mauricio, pero un Cárdenas pidiendo rebaja no se ve bien. Pero bueno: abramos un poco la sesión. A ver, tú, Germán: ¿cómo va ese tratamiento?

–¿Cuál de todos?

–Para dejar el poder…

–Ni de riesgos… Antes me desmayo. Otra vez.

–Pero, ¿y la salud? ¿Y la tranquilidad?

–¿Y de qué sirve la salud si uno no tiene poder?

–Eso digo yo…

–A ver, senador Gerlein, tienes la palabra…

–…dije que eso digo yo: me visualizo sin escoltas, sin un policía en la puerta de la casa, sometido a hacer fila como cualquiera, y me lleno de ansiedad.

–O viajando en vuelo comercial: eso me pone a sudar.

–¿Eso te da ansiedad, María Ángela?

–¡Mucha!

–Eso es lo que llamo andar como un zarrapastroso.

–A ver, el de la cumbamba, un poquito de orden. Démosle la palabra a los más antiguos del grupo: Noemí, ¿cómo te ha ido sin pasaporte oficial?

–Horrible. Y viajar al exterior pagando hotel es espantoso: ¡los hoteles son carísimos! ¡Y le cobran a uno las llamadas!

–¿Cuánto llevas sin recaer?

–Llevo todo este gobierno sin ser nombrada. Siempre me digo: “Solo por este año no seré embajadora”. Y así me he mantenido.

–Yo nada que puedo.

–A ver, Roy…

–Conmigo es al revés. Me digo: este cuatrienio y lo dejo. Pero no puedo: cojo los partidos como ollas, y soy meta y meta poder… Míreme las fosas.

–Hablando de fosas, doctor García

Zuccardi: ¿quieres hablar hoy? ¿No? ¿Alguien más? Bueno: entonces terminamos por hoy. Y en ocho días comenzamos por ti, senador Serpa, que olvidé darte la palabra.

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