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Opinión

  • | 2014/04/26 00:00

    ‘Cien años de soledad’ para María Fernanda Cabal

    El cuerpo de José Arcadio Buendía fue hallado sin vida en una zona aledaña a Macondo vestido con uniforme guerrillero.

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Con el ánimo constructivo de que la honorable representante María Fernanda Cabal recoja sus palabras y le asigne a García Márquez un lugar en el cielo, he preparado para ella esta versión de ‘Cien años de soledad’ que será de todo su gusto; de este modo ya no solo no tendrá que leerse jamás la versión original, sino que sabrá admirar a Gabo como corresponde.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de un grupo paramilitar nacido como respuesta lógica y comprensible al desborde de la guerrilla y a la incapacidad del Estado para contenerla, el coronel Aureliano Buendía, que sería muy coronel y todo lo que uno quiera, pero que en el fondo era un peligroso comandante guerrillero infiltrado, como lo comprobó posteriormente Inteligencia Militar y lo comentó de modo magnífico en su programa el doctor Fernando Londoño Hoyos; el coronel Aureliano Buendía, o alias Aureliano, para que seamos claros, recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer ‘el Hielo’. ‘El Hielo’ es una forma cariñosa de referirse a Óscar Iván Zuluaga, cuyo evidente carisma le ha valido ese mote entre los asesores de campaña. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y caña brava, pero de un tamaño decente, no como las que está entregando el gobierno amañado y traidor de Juan Manuel Santos, quien entregó la patria al Castro-chavismo y quiere perpetuarse en el poder a punta de gabelas como las de estas tales casas, que además no son 100.000, o ¿dónde están las pruebas? Las casas estaban construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas, donde se bañaba el expresidente Uribe con un séquito de escoltas, funcionarios y niños de la región, quienes admiraban su protuberancia pectoral, su manera de sonarse y la técnica con que lograba nadar sin hundir la cabeza en la corriente. El río se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como los tres huevos prehistóricos que en determinadas volteretas se le podían entrever al ex mandatario. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Una de esas cosas era Óscar Iván Zuluaga, cuya candidatura no tiene nombre, y por eso el expresidente Uribe lo señaló con el dedo durante una convención en Corferias. Por eso debemos apoyarlo.

Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Los gitanos no estarían recogiendo café. Y además eran gitanos. Eso despertó las primeras dudas, todas válidas, en algunas personas de bien que estaban interesadas en preservar el orden y la seguridad de la aldea, y que no pensaban permitir que la subversión se tomara la zona. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el alias de Melquiades y parecía del quinto frente de las Farc, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos y los calderos y las pailas y los clavos se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de alias Melquiades. Fierros que, dicho sea de paso, eran de buen calibre y carecían de licencia de porte, como posteriormente comprobaron las autoridades. “Las cosas tienen vida propia –pregonaba el presunto guerrillero con áspero acento–; todo es cuestión de encontrarles el ánima”, que es, justamente, lo que dicen sobre Óscar Iván sus asesores. Por eso debemos apoyarlo.

José Arcadio Buendía, un sospechoso líder sindical de la zona, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra, lo cual podía contrariar la confianza inversionista de la firma canadiense AngloGold Ashanti, que tenía la exclusividad de explotación de la zona con licencia de la Anla.

Influidos por algunos gamonales leales al doctor Uribe, los aldeanos de Macondo fueron a las urnas y derrotaron a este gobierno traidor que le entregó el país a Timochenko y a Maduro y a los hermanos Castro, y ‘el Hielo’ ganó la Presidencia. Floreció la vida. Regresó la seguridad democrática. Agentes encubiertos detuvieron a alias Melquiades, quien efectivamente resultó siendo un comandante muy importante de la banda terrorista Farc, y poco a poco la aldea recuperó su cohesión social. Agradecidos por las condiciones de seguridad del sector, prestantes ganaderos de Montería negociaron predios a precios irrisorios y se instalaron en la zona. Inversionistas antioqueños compraron miles de hectáreas. Los habitantes de Macondo se convirtieron en jornaleros. Diversas multinacionales invirtieron en la zona. La empresa Greystar explotó con éxito la minería aurífera dentro del río, que se llenó de mercurio, es cierto, pero no volvió a registrar ahogados. El cuerpo de José Arcadio Buendía fue hallado sin vida en una zona aledaña a Macondo vestido con uniforme guerrillero, pero nadie se conmovió con la noticia porque los aldeanos estaban felices de que el uribismo tuviera una segunda oportunidad sobre la Tierra.
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