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Opinión

  • | 2014/04/12 00:00

    Diario de un preso de Guantánamo trasladado a Colombia

    “¡Se me apareció Alá!. Vinieron unos reclusos de nombres árabes, Maloof y Rapag. Me llamaron primo y me cobraron por pasarme al patio de ellos”.

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Ante la solicitud de los gringos para que el gobierno de Colombia reciba talibanes de Guantánamo en la cárcel Modelo, esta columna se permite anticipar el diario que llevaría uno de ellos cuando se encuentre bajo el cuidado del Inpec.

Querido diario:

Llevo apenas una semana en esta prisión colombiana y ya añoro la cárcel de Guantánamo. Es cierto que allá nos torturaban hundiéndonos en un platón con agua, pero era una manera de bañarnos, al menos. Acá, en cambio, no hay agua. Al menos en este patio. En el patio 3, en cambio, no solo hay agua, sino parece que también whisky. Pero no he logrado que me trasladen allá.

***

¡Se me apareció Alá! Vinieron unos reclusos de nombres árabes, un señor Dieb Maloof y un tal Fuad Rapag. Ambos me llamaron “primo”; me prometieron pasarme al patio de ellos y me cobraron un dinero por hacerlo. Les di lo que tenía. Quedaron en hacerlo mañana mismo.

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Han pasado ya cuatro meses y no tengo noticias de mis primos Maloof y Rapag. Me quejé ante el director del Inpec, el general Torres, pero no solo ni hizo nada, sino que sugirió que yo podía estrellar un avión contra su apellido. La vida acá es muy dura. Me dicen que el único lugar en que las condiciones de hacinamiento y de inseguridad son peores, es una celda móvil que se llama Transmilenio.

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¡Pasó lo increíble! Como tengo la camisa tan vieja y descolorida en la parte del cuello, un guardia me dijo que los de cuello blanco iban en otro patio y ¡me pasaron al mejor!

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Este patio es un lujo: las celdas tienen baño, minibar y pantalla de plasma (lo cual no es del todo bueno: ayer vi un extenso programa matinal en el que aparece un señor llamado Jota Mario, y Guantánamo era cruel, pero jamás nos torturaban con cosas semejantes).

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Hoy me emocioné mucho porque me dijeron que quería verme un talibán. Me vestí y efectivamente era un tal Iván. Un tal Iván Moreno. Me vendió un celular y un brazalete electrónico. Vi a mi primo Dieb Maloof, quien no solo no me devolvió el dinero, sino que me quitó la camisa.

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Se acercan las elecciones y muchos hijos vinieron a visitar a sus padres. Hugo Aguilar daba consejos a su hijo Mauricio; lo mismo Juan José al pequeño Andrés García Zuccardi, y Miguel Pinedo al travieso José Luis. Y no solo les daban consejos. También tamales y tejas y tulas llenas de cédulas. Acá el servidor público es muy buen padre de familia.

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Hoy vino el expresidente Uribe, felicitó a todos los reclusos que alcanzaron a votar por él cuando eran congresistas, y le trajo un pollo a Jaime Granados, un voluminoso abogado que pernocta cada tres noches con nosotros. El pollo se quedó en el hueco de una muela del doctor Granados; no dio un brinco. Dijo que si querían presas, llamaran al Buen Pastor, y luego se echó a reír y se limpió con la manga. Paso hambre. No duermo. (Dieb Malof me quitó el colchón). No soporto más. Pienso hacer un túnel para fugarme.

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Los hermanos Nule, de la celda de al lado, se enteraron de mi plan de fuga y se ofrecieron ellos mismos a hacer el túnel. Sólo tuve que darles un anticipo. Estoy ansioso de que empiecen. Me tocó almorzar al lado de Álvaro García, y no se lo deseo a nadie. Fuad Rapag me quitó el celular que Iván Moreno me había vendido (ahora supe que al doble de precio).

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Hace 11 meses les pagué a los Nule y nada que empiezan el túnel. No pude dormir porque trasladaron a la celda de enfrente a Juan Carlos Martínez y vino a tocar la orquesta Guayacán. Hubo ron hasta la madrugada. (Dieb Maloof me quitó el hielo).

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¡Alá existe! Hoy vi a Osama Bin Laden. No estaba muerto. Aparentemente cambió de identidad para protegerse. Se hace llamar senador Lozano. Casi no lo reconozco sin el turbante. Vino a visitar a unos copartidarios. Me regaló un pañuelo que ahora uso como edredón.

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Hoy, en las duchas, asistí a un espectáculo terrible. Alias Kiko, un reo de La Guajira, se bañaba al lado de una ley. Quiso la mala fortuna que el jabón se le cayera a la ley, y cuando se agachó a recogerlo… Bueno, prefiero no entrar en detalles. La ley fue remitida a la enfermería.

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María Isabel Rueda le trajo sushi a Jaime Lombana, otro abogado que de vez en cuando pernocta con nosotros. Lombana nos echó un rollo muy largo, aunque no propiamente el del sushi, del que dio cuenta en su totalidad. Nada que comienzan el túnel. Juan José García me desplazó de puesto en el comedor. Fuad Rapag me quitó el pañuelo/edredón que me regaló Lozano Bin Laden.

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Samuel Moreno me pidió 26 millones para fotocopiar su expediente. Yo le pregunté si acaso no tenía dinero bajo el colchón, pero me dijo que su colchón está en las Bahamas. No tengo un peso. El brazalete que me vendieron no traía pilas. Y de todos modos me lo quitó Dieb Maloof.

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Vi en el noticiero que el presidente se cayó de una bicicleta; el vicepresidente rechazó la embajada en Brasil porque su perro es muy peludo y Bogotá lleva cinco alcaldes en tres años. ¿Dónde estoy metido, por Alá? ¿En qué tipo de pueblo? ¡Echo de menos Kabul!

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Cumplo 15 años preso. Mi proceso no se mueve. Nunca hicieron el túnel y ya no aguanto más: la verdad es que prefiero una tumba en Guantánamo a una cárcel en Colombia.
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