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Opinión

  • | 2016/06/11 00:00

    Luego del Bronx, el Palacio de Justicia

    A la zona llegaban autos de gama alta. A veces eran autos de detención, o a veces autos de personas muy pudientes.

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Después de la exitosa incursión en las calles del Bronx, el mismo cuerpo de agentes especiales intervino otra olla peligrosa del sector: el Palacio de Justicia, centro de operaciones de todo tipo de poderosos que se han ido degenerando hasta alcanzar niveles de degradación y desidia estatal lamentables.

Nadie puede creer que a tan solo unas cuadras de la mismísima Presidencia de la República se halle semejante antro. “Por fuera parece un palacio, pero cuando uno entra, se encuentra con todo tipo de vicios”, relató uno de los detectives que comandó la misión.

Esta columna visitó las instalaciones durante el allanamiento y, efectivamente, el ambiente que se respira es indescriptible. Casi todo huele mal, en especial la forma en que los miembros consiguen sus plazas laborales. En las paredes hay rastros de favorecimientos familiares, sistemas para elegirse unos a otros y todo tipo de atrocidades. “Eran grupos muy endogámicos –explica el comandante del operativo–: se promovían entre ellos mismos”.
En el edificio funcionaban tres ganchos, que era como denominaban a las pandillas o roscas. “Una de las más peligrosas era el Constitucional, al que pertenece alias la Vaca Pretelt –dice un agente que la infiltró–. Los defendían unos malandros muy fuertes llamados sayayines”.

Investigaciones de inteligencia determinaron que uno de los sayayines más temidos era alias el Procurador. “Él se creía dueño de su propio gancho, un gancho de derecha, como el de Tyson. Durante meses documentamos la forma en que protegía a Margarita Cabello Blanco, alias la Canosa, y a alias el Velón Velilla”.

En esta olla todo tenía un precio. Alquilaban colchonetas, cobijas, resoluciones. En depósitos sórdidos reposan miles de expedientes con los que torturaban por años a ladrones de gallinas. “Les abrían expedientes y no se los cerraban nunca más –comenta un detective– o los condenaban décadas enteras”.

Adentrarse por los vericuetos del lugar produce pavor. En el suelo yacen cuerpos de ratas, micos y lagartos al lado de incisos abandonados. En un pequeño cuarto de dos por dos cabían decenas de magistrados que metían y sacaban autos inhibitorios y todo tipo de porquerías.

“En estos depósitos fabricaban fallos para favorecer malandros –explica el comandante del operativo–. Lo hacían de manera artesanal, en estos alambiques que cuelgan del gobelino: destilaban medidas para otorgar casa por cárcel a delincuentes de la peor calaña”.

Una de las aberraciones más degradantes sucedía en los pasillos del gancho de la Judicatura. “Acá había dos sayayines, alias Lizcano y alias Villarraga –explica un agente encubierto–: traían a rastras a sus amigos, les ofrecían una palomita laboral de pocos meses y luego los dejaban con una pensión millonaria”. Con esta práctica, los de este gancho movían cientos de millones al día.

Tanto en las baldosas como en las hojas de vida de los magistrados hay todo tipo de manchas. En esta zona, las prácticas sexuales degeneradas abundaban. “Había mucha promiscuidad –define un investigador del CTI–, y no solo de jueces promiscuos. A muchos les gustaba observar, eran de la familia Miranda, como se dice. Una de las perversiones que disfrutaban era que sus hijos tuvieran sexo en camionetas blindadas, asignadas al Estado, y después sancionar y humillar a los policías que los llamaran al orden. También armaban grandes pachangas en planchones que atravesaban el río Magdalena”. Víctor Pacheco, uno de los chinomáticos, ya fue capturado.

A la zona llegaban autos de gama alta. A veces eran autos de detención, o a veces autos de personas muy pudientes. A esos nunca les sucedía nada. “También les gustaba entrar mujeres que después se autodenominaban primeras dama de la corte”, advierte un detective.

Al adentrarse en las salas, el olor se torna nauseabundo. En el piso se ven desechos de tutelas interesadas, trozos de ruanas de personas contra quienes infligían justicia, marcas de lo que podría ser el rito satánico del ‘Yo te elijo, tú me eliges’, practicado por oscuros sacerdotes del mal. Las autoridades tienen identificados a dos líderes del sector, alias Ricaurte y a alias Palacio, quien, por si fuera poco, pasó del gancho de la Constitucional al de la Suprema sin inmutarse.

Los videos tomados previamente por miembros de inteligencia impresionan. En uno, una medida tutelar escapa por el techo mientras la rodean varios sayayines. En otro, se observa cómo unos magistrados de gancho Constitucional se llevan a empujones a un niño de 10 años. “El niño era el sistema de contrapesos”, advierte un investigador. De él no se volvió a saber jamás.

“Queremos llevarlos a centros de rehabilitación, pero ellos no se dejan: se les ofrece baño y tratamiento pero son tantos años de vicios que ya es muy difícil que cambien –anota un trabajador social que hace parte del grupo–. Es gente que no se deja reformar”.

Los agentes se preparan ahora para intervenir otra de las ollas del sector, presumiblemente el Congreso de la República.

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