Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/03/05 00:00

Me declaro en rebelión

Dirán que me he vuelto sentimental, pero cuando vi a esa bancada ahí, arengando en el vacío, como pollitos sin gallina, se me partió el corazón.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Tengo una hija que está próxima a hacer la primera comunión y con ella me encontraba viendo el noticiero cuando informaron de la captura de Santiago Uribe.

–¿Ese señor era el jefe de los 12 apóstoles? –preguntó perpleja.

–Aparentemente –le respondí.

–¿Pero acaso no era Jesús, es decir, el Mesías?

–Pues el Mesías está reflexionando en su tristeza, pero el jefe era este…

–¿Y cómo se llama?

–Santiago…

–Qué raro –dijo ella–: el profesor de catequesis nos enseñó que Santiago era uno de los apóstoles, pero no el jefe…

–¿Y quién es el profesor de catequesis? –indagué.

–El curita.

–¿César Mauricio Velásquez? ¿Está en el país, para avisar a las autoridades?

En ese momento intervino mi mujer para salvar la situación.

–Ese señor –le explicó– no es el jefe de los 12 apóstoles…

–Eso está por verse –intervine yo–: pregúntale a Olga Behar…

–No, porque el verdadero líder de los apóstoles era un santo –insistió, mientras me abría los ojos como quien implora que no cometa más errores ante la niña…

–¿Un santo? –intervino la niña–: ¿como el santo Job?

–Así es –asentí–: como alias Job.

Sé que la pobre niña hace curso para ingresar a una religión en la cual a uno le echan sal y agua en la cabeza apenas nace; le explican que una paloma engendró a un Mesías con una mujer que no perdió la virginidad, y le dicen en la comunión que se va a comer la sangre y el cuerpo de Cristo, como un caníbal. Pero mi mujer es creyente, y la niña quiere comulgar, y en el fondo el cirio nos va a resultar muy útil cuando comience el apagón. Además, la religión católica enseña valores bonitos, como la compasión, a la que apelo cuando necesito algo: desde que mi hija asiste a catequesis, por ejemplo, la fórmula me ha resultado infalible.

–Pon el noticiero –le digo cada noche–: hazlo por compasión.

Y la niña cede. Esta vez también lo hizo, y por eso pude observar la protesta del uribismo luego de la captura de don Santiago. La organizaron frente a la Casa de Nari, como si todavía se manejara el poder judicial desde allá. Pero el lugar parecía adecuado para el retiro espiritual de mi hija, pobre gente: asustaban. Para mover las masas uribistas, es mejor poner a bailar merengue al doctor Granados. Parecían gritar arengas los 11 apóstoles restantes y nada más. En esa soledad se destacaban José Obdulio quien, quizás como homenaje a su primo, sostenía un cartel con sus propias manos; Óscar Iván Zuluaga, aplaudido por sus escoltas tras un vibrante discurso, y Paloma Valencia, con su costal de naranjas al hombro y el pelo esponjado:

–¿Y a ella qué le pasó? –preguntó mi hija, asustada.

–No te afanes: es Paloma.

–¿Paloma como el Espíritu Santo?–se angustió.

– Sí, señora, igual.

–¿Y qué le pasó en el peinado?

–Nada: tiene los pelos de punta, como todo el país…

–¿Y por qué grita que está en rebeldía? ¿Qué significa ‘rebeldía’?

Era una buena pregunta: ¿exactamente qué hace un uribista cuando se declara en rebeldía? ¿No chuza, no cambia articulitos? Que se rebelen todos, entonces: que Paloma Valencia se peine; María Fernanda Cabal se vuelva sensata; Ernesto Yamhure no difame cobardemente desde la distancia. Y que respeten a Pachito.

–Rebeldía –le expliqué a mi hija– significa que no van a obedecer.

En ese momento hacían el paneo de la pálida manifestación, y dirán que me he vuelto débil o sentimental, pero cuando vi a toda esa bancada ahí, arengando en el vacío, como pollitos sin gallina, se me partió el corazón.

Antes de aquellas imágenes no sabía qué sentir. Sí: cuando el apóstol Santiago organizó unos buenos muchachos en Yarumal no estaría recogiendo café, para decirlo en un término muy de ellos. Indigna la paradoja, además, de que en el uribismo utilicen una decisión judicial para movilizarse, cuando precisamente la medida busca su desmovilización. Y desespera que disfracen la decisión de la Fiscalía como una mera persecución política, cuando todos sabíamos que don Santiago hace rato se encontraba en capilla: como mi hija por estos días.

Eso sí: la captura es tan impertinente, que parece determinada por un logaritmo de madame Tocarruncho: ¿a quién se le ocurre torear a Uribe en momentos previos a la firma de la paz? ¿No resultaría triste que el mismo año en que las Farc dejan las armas, el uribismo las empuñe?

Pero como ahora observo la realidad con la misericordia que mi hija me enseñó, pienso que el doctor Uribe escribió algunos de los capítulos más importantes de la historia colombiana, así lo haya hecho con la ortografía de su hijo Tomás. Y que todavía tiene mucho por entregar. Para empezar, a sus cómplices, casi todos prófugos. Y por eso, yo también decidí declararme en rebelión. De hecho, quería asistir a la convocatoria de uribistas promovida por María Fernanda Cabal en el noticiero, esta vez frente a la Fiscalía. Pero mientras discernía si se trataba de un plantón o de una entrega masiva, mi hija me quitó el control remoto.

–Cambia, por compasión –le imploré.

–No: estoy en rebeldía –decretó.

Y dejó de obedecerme, de modo que no podré asistir. Pero no importa: ya la perdoné. Me conmueve verla tan piadosa. Ahora mismo prepara su primera confesión. En eso también se parece a Santiago Uribe.

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