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Opinión

  • | 2015/05/02 22:00

    50 sombras de Uribe

    El paralelo del señor Grey es Álvaro Uribe. No en vano, como ya lo han señalado algunos apátridas en las redes sociales, el doctor Uribe tiene 50 sombras. Y cada semana le salen más.

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Conocí los resultados de la última encuesta de Gallup y entré en depresión: me parece justo que la imagen de Santos se desplome, cómo no, pero me deprime saber que, en el mismo mes en que sus alfiles terminan en la cárcel, Uribe tenga un repunte de 12 puntos. Colombia es un país masoquista, me dije: la gente tiene los ojos vendados. Necesito distraerme.

Convencí, entonces, a mi mujer de que dejáramos a las niñas donde mi suegra y nos voláramos a ver la película de moda, 50 sombras de Grey. La verdad es que, desde que somos padres de familia, dejamos de asistir a cine para adultos. Y no me refiero a cintas pornográficas, como Emmanuelle o las de Dago García, sino a producciones que al menos no sean de dibujos animados. Ahora dilapidamos nuestro consumo cinematográfico en películas infantiles: Enredados, por ejemplo, cuya trama se inspiró en la situación de la cúpula uribista; o Frozen que relata la historia de dos hermanas que viven en medio del hielo, un poco a la manera de las Sanín. Incluso Mi villano favorito I, que cuenta la historia de Rodrigo Jaramillo, o Mi villano favorito II, que narra la de su hijo, Tomás.

Feliz, pues, de regresar a una película para grandes, investigué la trama con antelación y me deleité anticipadamente con la historia de Anastasia Steele, una joven estudiante de literatura que es seducida por Christian Grey: un millonario arrollador que seduce y a la vez intimida, y que sumerge a Anastasia en un mundo de prácticas sexuales llenas de sumisión y masoquismo.

Preso de la ansiedad, la noche previa al plan hice con el Christian Grey que llevo dentro lo que la justicia colombiana con un delincuente de alto nivel: lo dejé salir. Y aparecí ante mi mujer dispuesto a dar lo mejor de mí.

No tengo herramientas profesionales para infligir el daño placentero que exige el masoquismo: un látigo, unos taches, una columna de Poncho Rentería. Pero no pensaba vararme por detalles pequeños en el momento de ambientar la película ante mi propia esposa.

–¿Y la piyama? –me preguntó, desconcertada, cuando me presenté en el cuarto.

–¿Y quién quiere piyama, Anastasia? –le respondí, coqueto.

–¿Por qué tienes un matamoscas en la mano?

–Es que no tengo látigo.

–¿Y ese antifaz?

–Para que te lo pongas…

–¿¿De Lufthansa??

–Sí, de la vez que viajé en primera.

–¿Qué haces con esa cabuya? ¡Suéltame!

–Es que no tengo esposas… –confesé.

–Empezando por esta –respondió mientras daba la vuelta, apagaba la luz y se quedaba dormida.

La ansiedad, al igual que la trusa de cuero en que me había enfundado para enfrentar mi primera experiencia bondage, no me permitió dormir, y estuve en vela toda la noche fantaseando con la idea de filmar la versión colombiana de las 50 sombras.

Recuerdo que cuando el libro apareció al mercado, propuse que Roy Barreras sacara ventaja de su tendencia a la promiscuidad y escribiera la versión criolla de ese clásico del erotismo. Se habría llamado Las 50 sombras de Roy e incluiría lecciones prácticas para cambiar de posición: un kamasutra para pasar de Cambio Radical al uribismo; del uribismo al santismo; del santismo a donde toque. Pero Roy se decantó por la poesía y ya vimos en qué tragedia acabó todo.

Para la película no podía fallar, y, juntando una cosa con la otra, comprendí que el paralelo colombiano del señor Grey es Álvaro Uribe Vélez. No en vano, como ya lo han señalado algunos apátridas en las redes sociales, el doctor Uribe tiene 50 sombras. Y cada semana le salen más.

Es cierto que los únicos uribistas de alto nivel que aún no están presos son los guerrilleros de las Farc, ese célebre colectivo que hace lo imposible por mantener con vigencia al expresidente antioqueño. Pero el doctor Uribe merece el papel. Y no solo porque sería la única manera de verlo esposado, así sea a una cama, sino porque, a la luz de las encuestas, Uribe conquista de la misma manera que Grey: masoquista por naturaleza, el colombiano disfruta con las técnicas de disciplina y mano dura con que el expresidente lo somete. Uribe le venda los ojos, le da con la fusta, lo vuelve sumiso. Político millonario y arrollador, lo seduce y a la vez lo intimida. Y mientras más sombras lo rodean, más sube en las encuestas.

Pero la ensoñación me duró poco: llegado el día para asistir a la película, nos dimos cuenta en la taquilla de que la película ya no estaba en cartelera. Ser papá, antes que nada, es vivir desactualizado de las películas de cine.

Obligados a no perder el viaje, intentamos elegir entre lo que había: El elefante desaparecido, un thriller sobre las aventuras de mi tío Ernesto en el Ecuador. El poder de la cruz, famoso documental sobre Alejandro Ordóñez. Rápido y furioso, basada en una obra de Germán Vargas Lleras. El reino de los monos, una fábula inspirada en el Congreso colombiano. E incluso la presentación remasterizada de Los tres chiflados: un clásico del humor protagonizado por tres dementes uribistas, porque si fueran santistas se llamarían Los tres rechiflados.

Pero la decepción nos dejó perplejos y regresamos a casa donde nos quedamos dormidos mientras veíamos otra película infantil, de la cual procuré resguardarme con mi antifaz de Lufthansa.
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