Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/01/30 00:00

Alerta: extraterrestres en Colombia

Me daba vergüenza que visitaran Bogotá cuando no hemos estrenado el malecón lleno de violinistas y pintores callejeros que construirá Peñalosa en el río Bogotá.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Avistaron cinco luces extrañas en el cielo de Bogotá y ciudadanos de toda índole dieron por hecho que estábamos ante una visita alienígena. El mismo Ejército lanzó un trino al respecto, según el cual, cito literal, “Sea cual sea la amenaza, siempre defenderemos a Colombia”: trino que yo leí debajo de la cama, a donde me había confinado tiritando de pavor mientras imaginaba cómo sería enfrentar un contacto del tercer tipo:

–Hola, terrícola –me diría un homínido parecido a Valencia Cossio–: llévame a donde tu líder…

–El presidente Santos no se encuentra en el momento –tendría que responderle–: está en la Nacional, aguantando rechiflas. De ahí salía a Anapoima, a descansar.

–¿Y no hay quien lo reemplace?

–Pues sería Vargas Lleras pero le acaban de operar un tumor, por fortuna benigno, como todo lo suyo.

–¿Y entonces? ¿Con quién puedo hablar?

–Podría ser el ministro de Hacienda; si quieren, se lo pueden llevar: viajaría en la clase económica de la nave espacial.

Tuve miedo de que los alienígenas aterrizaran, no lo niego, pero también vergüenza: me daba vergüenza que visitaran Bogotá justo ahora, cuando no hemos estrenado el malecón lleno de violinistas y pintores callejeros que construirá Peñalosa en la ladera del río Bogotá. Y también tuve desconfianza porque, siendo francos, no tiene mayor sentido viajar durante millones de años luz para visitar esta modesta capital cuando hay destinos turísticos más importantes: ¿de verdad preferían ver la pirámide de la Gobernación de Cundinamarca que la Torre Eiffel? ¿El río Fucha que el Sena? Pero después imaginé que quizás no venían por asuntos vacacionales, sino obedeciendo a alguna misión concreta: recoger a Alfredo Barraza para regresarlo de vuelta a su galaxia de origen, por ejemplo. O llevarse a Santos. Se trataría de un mero formalismo porque, finalmente, Santos vive en otro planeta.

La noticia se expandía en las redes sociales como el virus del Zika, pero entonces informaron en la radio que no había de qué alarmarse porque estábamos ante la campaña publicitaria de una serie de televisión: Archivos Secretos X. Hasta ese momento, suponía que los únicos archivos secretos que merecían mi atención eran los de los exfuncionarios de Uribe que, según la Fiscalía, gastaron casi 60 millones de pesos en desprestigiar a Yidis Medina: como si no fuera suficiente con decir que era uribista. O, por mucho, los del exdefensor Otálora, aunque en ese caso se trataría de los Archivos Secretos triple X. Ustedes conocen los hechos. Mi colega Daniel Coronell publicó unas fotos íntimas que el doctor Otálora enviaba a su secretaria, quien ahora lo acusa de acoso sexual y, más grave aún, de utilizar emoticones en sus chats. Ante los hechos, un analista radial afirmó que este tipo de cosas deben tomarse con pinzas, prejuicio inaceptable porque la foto está censurada y es imposible especular sobre tamaños. Por su parte, Otálora afirmó que si era culpable de algo, era de haberse enamorado, con lo cual mostró su faceta más tierna, la de funcionario romántico. Luego, con un remanente de dignidad, renunció a su cargo y ya está “en la casita”, como afirmaba en su chat. Los analistas políticos aún comentan la noticia como si se tratara de una telenovela: ¿la secretaria fue su pareja con consentimiento? ¿O no se consentían? ¿Existen fotos en que ambos paseaban por todo el mundo, como asegura Otálora? ¿Hay alguna en el Gran Cañón? ¿Saben lo que quiero decir? Y algo más: si aparecen nuevas fotos del exdefensor, ¿pueden ser utilizadas para la portada del próximo disco de Armando Manzanero, que se titulará, justamente,  “Soy culpable de amar”?

Los tales archivos X no existen, me dije después de sopesar las opciones. Seguro de que aquellas cinco luces azules que oscilaban en el despejado cielo bogotano eran naves tripuladas, activé la unidad investigativa de esta columna y averigüé que, efectivamente, los extraterrestres estuvieron entre nosotros, pero el gobierno ocultó la noticia por los graves hechos que sucedieron. Una horda de taxistas rodeó la nave y la agarró a varilla limpia, porque suponían que era un Uber. El cadáver de un alienígena amaneció disfrazado de guerrillero en Soacha: el trino del Ejército no fue en vano. Otro fue atracado en Bosa; otro murió en la calle, frente a una clínica, y el CTI aún no recoge su cuerpo. Uno más fue abducido al Hay Festival, donde lo registraron para las páginas sociales en compañía de Salvo Basile, Gloria Luz Gutiérrez y demás mecenas de la cultura nacional. Roy Barreras se presentó ante los que quedaban, se declaró extraterrestre y, como prueba, mostró sus tentáculos, que llegan hasta Caprecom. El procurador los inhabilitó por andar sin ropa. Santos nombró a Rafael Pardo superministro de Asuntos Espaciales. El general Palomino indagó si provenían de Saturno, el planeta de los anillos, y si estaban adscritos a alguna comunidad.

Aturdidos por el calor y la locura, los que seguían con vida huyeron despavoridos a su planeta de origen. O a la casita, como diría Otálora.

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