Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/10/22 00:00

Carta abierta al cónsul Calero

La noticia más inverosímil consiste en la posibilidad de que la corte otorgue razón a una demanda contra el plebiscito impuesta por el propio uribismo cuando pensaban que lo perderían.

Daniel Samper Ospina. Foto: Guillermo Torres

Muy estimado señor cónsul:

Lo sorprenderá recibir esta carta de una persona que no ha tenido el gusto de conocerlo en persona, pero que, por si le sirve el dato, es frecuente consumidor de Ricostilla, aquel sustancioso caldo que lo inició en su carrera diplomática, toda vez que por años usted fue embajador de dicha marca.

Llega usted al solio de los más altos dignatarios del país por vía de la representación en el extranjero, preeminencia reservada para los baluartes intelectuales más grandes de Colombia, tales como don Pedro Gómez Valderrama, don José Asunción Silva o, más reciente aún, Carlos Moreno de Caro.

Su nombramiento representa no solo una luz de esperanza para los nativos californianos que pretendan conocer de cerca a un presentador de televisión, sino también un bofetón para los opositores de Juan Manuel Santos, que ya no podrán argüir el argumento de que su gobierno utiliza la nómina diplomática para consentir a los Furmanski y demás amigos personales. Al revés: la Cancillería demuestra ahora que no se casa con un único perfil de representante en el exterior. En adelante podrá nombrar como embajador a Jorge Barón, o incluso al Mono de Sweet, antes de que se vea afectado por el monotributo de la reforma tributaria.

Permítame, por eso, iniciar esta misiva desmarcándome de las peyorativas observaciones que su súbita faceta de cónsul despertó. Por mi parte, lo defendí: si Calígula nombró cónsul a su caballo, no veía con malos ojos que la canciller se valiera de un presentador de sus quilates para llenar sus fichas libres.

Iré al punto: como el señor cónsul se encontrará apenas configurando su equipo de trabajo, quería ofrecerle, de manera respetuosa, que cuente con este servidor para lo que se pueda ofrecer.

Soy franco, querido cónsul: cada vez me resulta más extraño vivir en Colombia. Y no lo digo por las noticias insólitas que produce el país, a las que ya me acostumbré: la última fue protagonizada por Enrique Peñalosa, quien, enfundado en una chaqueta blanca, y rodeado por una nube de fotógrafos, inauguró un carril, uno solo, del deprimido de la calle 94: retiró con el pie tres conos color naranja, mientras los carros pasaban, victorioso, y el episodio se convertía en titular nacional: ¿es viable un país semejante?

Sucede que ahora las noticias no son sencillamente insólitas, como siempre, sino abiertamente anormales. Sí, querido señor cónsul: desde hace dos semanas, en Colombia todo sucede al revés: el estamento pide guerra y la guerrilla pide paz; Pacho Santos ofrece declaraciones que brillan por su sensatez; el presidente no logra hacer la paz, pero obtiene el Nobel; los uribistas, que antes pedían acelerar el proceso, ahora piden calma para renegociarlo; y el gobierno, que se tomó años, y no meses, en sacarlo adelante, ahora exige celeridad para hacer reparos.

De todas ellas, sin embargo, la noticia más inverosímil consiste en la posibilidad de que la corte otorgue razón a una demanda impuesta por el propio uribismo, cuando daban por sentado que perderían el plebiscito: aquella vez, la plana mayor del partido montó un espectáculo en la plaza de Bolívar en el que pregonaban que ese plebiscito ateo, homosexual y castro-chavista era, además de todo, ilegal; y por lo tanto debía de ser anulado.

Ya decía yo que no todo lo que proviniera del uribismo tenía que ser, necesariamente, negativo. En este caso les otorgo la razón: hay que fallar en contra de aquel plebiscito espurio, denunciado con grandeza por los precandidatos uribistas, quienes ofrecieron una verdadera lección de conocimientos jurídicos y de amor por la patria al establecerla.

Ante semejante noticia, y en medio de esta esquizofrenia general, yo mismo contemplé la idea de pedir el carné de Juan Carlos Vélez Uribe, previa promesa de no ofrecer entrevistas al diario de La República, para militar en el Centro Democrático: para militar con José Obdulio; para militar, en general. Finalmente, este santismo obligatorio, al que me había confinado por apoyar el proceso de paz, me agobiaba: no importa lo que hagas, siempre terminarás apoyando a Santos a regañadientes, me decía a mí mismo: sufrirás por él para que no pierda ante Zuluaga; sufrirás por él porque pierde el plebiscito; celebrarás que se haya ganado el Premio Nobel, asunto que en otro contexto te habría despertado todo tipo de sentimientos venenosos. Pero descarté esa salida porque en el CD también abundan las noticias absurdas: Marta Lucía Ramírez se disputa a muerte dos centímetros de tarima con Carlos Holmes; la senadora Nohora Tovar propone una ley para defender al terrateniente despojador; y Uribe se come el paquete de Platanitos de Iván Duque cuando se voltea.

Acá no hay futuro, señor cónsul: lléveme con usted. La reforma tributaria gravará el caldo Ricostilla. Vaya usted a saber cuándo abrirán otro carril de la 94. Y la polarización es miedosa: solo caben santistas o uribistas. Y aunque ya no soporto mi vergonzoso santismo, la sola idea de volverme uribista me llena de ansiedad. Ni siquiera sé montar a caballo. Si me ponen uno enfrente, en lugar de ensillarlo, lo nombraría cónsul, como Calígula. Y muy probablemente en San Francisco. 

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