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Opinión

  • | 2016/09/03 00:00

    Carta a Andrés Felipe Arias

    Nos cuentan que las FARC tendrán emisoras comunitarias. ¿Se llamarán ‘Candela’? ¿Pondrán música de ‘Bomba Estéreo’? ¿Habrá patrocinio de botas ‘Machita’? ¿Sonará Silvio Rodríguez?

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Señor Andrés Felipe Arias,

Me animo a escribirle esta carta por un asunto de mínima solidaridad generacional: lamento que una persona de mi edad, padre también de hijas pequeñas, termine aislado del mundo en un calabozo gringo, máxime cuando, si querían verlo incomunicado, bastaba con que el condado de Miami-Dade lo adscribiera al servicio de Claro.

En vano sería procurar levantarle el ánimo informándole de los asuntos de los que se ha librado por estar privado de la libertad. Al menos no ha tenido que leer los acuerdos del proceso de paz: son 297 páginas, señor Arias, sin un solo dibujo y escritas sin la prosa alambicada del doctor Fernando Londoño, para que al menos ganaran en vehemencia y sabrosura.

En fin, casi 300 páginas en las que pernoctan algunos sapos que nos debemos tragar. En la página 191, por ejemplo, nos cuentan que las Farc tendrán 31 emisoras comunitarias: ¿también se llamarán ‘Candela’, para honrar su pasado? ¿Pondrán música de ‘Bomba Estéreo’? ¿Habrá un concurso que se llame ‘La Pesca Milagrosa’, un magacín de frivolidades femeninas llamado ‘Mujeres EP’ patrocinado por botas ‘Machita’? Seguramente sonará Silvio Rodríguez de día y de noche. Pero ese es el precio que debemos pagar para que no exista, nunca más, un espacio como Las voces del secuestro.

Lo peor es que la próxima semana, el Centro Democrático difundirá los batracios que aún nadie ha descubierto: página 187, Sandra Ramírez, la viuda de Tirofijo, podrá asistir una vez al mes a las fiestas que organicen las hermanas Lara; página 76, Tanja Nijmeijer será portada de la SoHo de diciembre; página 278, Jesús Santrich arbitrará cinco clásicos al año.

Todo sea por reincorporarlos a la vida civil.

Pero no le escribo esta carta para martirizarlo, sino al revés: en estos tiempos de paz, mi intención es tenderle la mano.

Señor Arias: el suyo fue de los pocos procesos que contaron con una prueba reina: Valerie Domínguez. Su fuga no solo significó su desprecio por las instituciones, sino un desconocimiento infinito del país: si de verdad quería salir impune, ha debido quedarse en Colombia. En estos momentos, el delincuente y empresario Miguel Nule Velilla purga penas en su casa: una mansión que imagino enorme, como él, y con múltiples entradas, también como él, construida con el dinero que robó al Distrito. La razón es sencilla: un compasivo juez de la república lo encontró obeso y deprimido, y lo mandó a su casona a paliar la tristeza a punta de series de Netflix y cajas de pizza: sus propios hermanos le reparten las tajadas, como antes.

Si la gordura y la tristeza determinan la libertad, yo habría sido declarado inimputable el domingo pasado, después del clásico contra Millonarios. Pero así suceden las cosas por acá, querido Andrés Felipe, y el caso de Nule no es el único: Rodrigo Jaramillo también disfruta de la casa sideral que se compró con los ahorros que birló a los demás, del mismo modo que –ya lo verá– tarde o temprano lo hará su propio hijo: es decir, Tomás Jaramillo, su amigote de colegio.

En Colombia, para pagar una pena ejemplar, es necesario ponerse una ruana y robarse una gallina: si uno viste traje de cuello blanco y bolsillos sin fondo, lo exoneran.

Pero me desvío. Digo que estos vientos de paz me han convertido en un tipo sentimental que se entristece por la muerte de Juan Gabriel, fallecido recientemente en unas condiciones de gordura y melancolía similares a las de Miguel Nule: de haber estado en Colombia, un juez de la república le habría otorgado la mansión por cárcel y lo habría eximido de cantar. Al menos ante la justicia.

Y como ahora soy otro, y coincido con quienes consideran excesivo que usted vista overol caqui en prisión de Miami, mientras la guerrilla purga delitos en fincas, quiero decirle que me sumo a esas voces, pero no para utilizar su caso con miras a criticar el proceso de paz, sino al revés: para pedir, a través de esta carta pública, que a usted también le apliquen la justicia restaurativa. Aceptaría de buena gana que, en lugar de encerrarlo en una cárcel con barrotes, lo concentren en una zona rural, cerca de Rionegro, y pague sus delitos con penas sustitutas de diversa índole: cuidar al bebé de Paloma Valencia; polichar los yates de los Dávila Abondano; recoger firmas por el Sí; explicar a Everth Bustamante que él no es el único exguerrillero que puede ser congresista; ser el patrullero de la noche de RCN; trabajar como celador de la zona franca de Tomás y Jerónimo; convertirse en el Juan Lozano del programa matinal de la emisora de las Farc. Y adscribirse a Claro, claro.

En Colombia no hay justicia. La única manera de caer preso sin tener ruana, consiste en ser inocente y llamarse Andrés Camargo. Y sí: nunca me gustó su penosa personalidad política de perro faldero de Álvaro Uribe; pero estoy dispuesto a deglutir cuantos sapos sean necesarios, provengan del bando que provengan, para que la atmósfera del país se descargue. Terminaré triste y obeso. Pero a lo mejor me otorguen la mansión de Miguel Nule por cárcel.

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