Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/11/21 20:00

Carta de apoyo a la doctora Cabal

Hablamos de un colectivo de fundamentalistas fanáticos proclives a inmolarse para defender su guerra santa. Igual cosa se podría decir de Estado Islámico.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Doctora Cabal,

Reciba un caluroso saludo de este elector suyo que tanto la admira. La última vez que nos vimos ingresaba usted a Corferias para el cónclave de nuestro excandidato presidencial, doctor Óscar Iván Zuluaga. Yo cargaba un poncho al hombro y usted, por su parte, cargaba a su esposo José Félix, también al hombro. Coincidimos en el remolque de uno de los tractores que transportaban a los asistentes a las urnas. No sé si me recuerde. Yo fui el que ayudó a descolgar a su esposo.

No podía permitir que pasara un día más sin manifestarle mi respaldo por los valientes trinos con que hizo referencia a la masacre de París. Retumbaban las balas en la capital francesa mientras usted, honorable congresista, escribía gracejos de este tenor: “Urgente enviar a Paris a De la Calle, Sergio Jaramillo, grales Mora y Naranjo, a negociar con los yihadistas. Ellos arreglarán el problema!”. O también: “Es urgente enviar al Fiscal Montealegre para que decrete que los crímenes de París no son de Lesa Humanidad”.

En mal momento la acalló una avalancha de críticas por haber aprovechado la tragedia humanitaria con fines políticos, porque imaginaba yo que a esas seguirían otras trasposiciones divertidas, incluso con el doctor Uribe a bordo: ‘Urgente viaje a Francia de Álvaro Uribe para defender al Estado’, por ejemplo, con los consabidos resultados de personas inocentes a las que disfrazarían con pañuelos árabes atados en la cabeza después de darlas de baja.

No es la primera vez que sobre cadáveres calientes pone usted el dedo en la llaga con valentía, mi doctora. El país aún recuerda la forma en que recibió la muerte de García Márquez, aquel escritor castro-chavista a quien deseó públicamente que ardiera en el infierno. Por su culpa, imaginé a García Márquez, mochila al hombro, en su lento trasegar por el limbo. Primero golpearía a la puerta del Cielo. Pero tanto usted como yo sabemos que el doctor Laureano Gómez, cancerbero celestial, no permitiría su ingreso, porque el Cielo está reservado para gente de bien: para sacerdotes, ganaderos y directivos del Partido Conservador que pasaron por el mundo ayudándonos a discernir lo puro de lo impuro. Los visualizo sentados en cómodas poltronas de cuero, como si estuvieran en un reservado del Gun Club, mientras unos ángeles regordetes y desnudos los atienden con viandas, les ofrecen whiskey y los sacan de dudas cuando surge alguna discusión de orden genealógico: si el Ordóñez de Alejandro es el mismo que el del humorista; si el Noguera de su esposo proviene de la misma rama del buen muchacho que dirigía el DAS, o de cuáles Cabales es usted, en caso de que no haya perdido del todo los ídem, mi señora. Todo esto mientras fallecidos exministros azules, ya ángeles, se despiojan las alas entre sí, y en las nubes del fondo flotan el general Franco, Margaret Thatcher o el bueno de José María Escrivá de Balaguer, detrás, ora de una tabla de quesos, ora de un querubín.

El hecho es que aquella vez imaginaba que Laureano echaría al nobel con su báculo celeste, y que este no tendría más remedio, como usted pronosticaba, que emprender camino hacia el infierno, a cuyas puertas golpearía tres veces para que le abriera Gerardo Molina, o alguien similar: porque, como usted sabe, el infierno permanece atiborrado de comunistas que se congregan improvisadamente en torno a cada hoguera, y sacan guitarra y cantan canciones de Silvio Rodríguez mientras toman vino caliente. En ese plan se encuentra García Márquez, quizás con el forrado vestido de baño y la camisa a cuadros con que aparecía en una foto con Fidel.

El caso es que ahora, doctora querida, en este mundo al revés, lleno de hijos de homosexuales para los que la marihuana es buena y la carne vacuna produce cáncer, su pluma magnífica dispara de nuevo irreverente artillería comparando al Estado Islámico con las Farc, en su sano propósito de que el proceso de paz fracase para que intentemos, ahora sí, y una vez más, derrotar a la guerrilla militarmente. Demuestra con ello que todavía tenemos políticos de pantalones que no tienen pelos en la lengua: únicamente en la cabeza, y de cualquier manera, como la doctora Paloma Valencia. Y que cuenta con el apoyo irrestricto del presidente Uribe, quien de inmediato saltó a respaldarla, movido, imagino, por su amor a los semovientes. Era lo mínimo ante la primera dama de Fedegán.

Como fuere, en buen momento un miembro insigne del Centro Democrático realiza paralelos tomando como referencia al Estado Islámico: no en vano, hablamos de un colectivo de fundamentalistas, incapaces de dudar de su propio dios, para quienes las salidas violentas son las mejores salidas; unos fanáticos, en fin, proclives a inmolarse para defender esa suerte de guerra santa en la que nos quieren sumergir. Y cosa similar se podría afirmar del Estado Islámico.

Por eso, mi querida doctora, cuente con este servidor. Sírvase de la yihad, o de cualquier otra guerra, para seguir promoviendo la nuestra. Y que sus críticos se vayan al infierno: a lo mejor allá consigan un autógrafo de García Márquez.

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