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Opinión

  • | 2014/11/08 22:00

    Carta de excusas

    La Policía no aclara qué tipo de actos obscenos cometían. ¿Se comportaban como magistrados?

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Apreciado Príncipe Carlos:

A estas alturas, Su Alteza ya ha debido desempacar las 12 ruanas de lana virgen, 18 guayaberas de lino y 20 arrobas de chocolate amazónico, pitahaya y chontaduro con que fue agasajado en nuestras tierras, y a lo mejor el gastroenterólogo ya le dio de alta y pudo estrenarse el vestido que le regaló Ángel Yáñez, dios mediante.

Si recapitula lo que fue su viaje por Colombia, quizás imagine que todo se trató de una suerte de sueño: aún debe de preguntarse si de verdad viajó a un páramo tropical para observar un partido de rugby entre las selecciones de Apartadó y Buenaventura, y quién era aquel presidente de ojos rasgados al que tuvo que ver durante tres días seguidos en geografías diferentes, un día en Bogotá, otro en Cartagena, otro más en una serranía perdida entre riscos prehistóricos: ¿era el primer ministro de Japón, acaso? ¿Y por qué lo persigue? ¿Por qué aparece ahora en la prensa europea disfrazado de calabaza o de tubo de Redoxón o de lo que quiera que sea ese embutido naranja que lo ciñe mientras recibe el grado honorífico de una universidad española? ¿Puede uno vestirse como uchuva y a la vez pedir plata para el posconflicto? ¿Es acaso el presidente de la Defensa Civil?

Pero efectivamente todo sucedió, Su Alteza. Y escribo esta carta para pedirle excusas.

Porque, durante su breve estadía en Colombia, su majestad fue testigo de los titulares que solemos producir. Menciono algunos de manera literal: “Donamaris niega tener relaciones con prepagos”. Toda la frase deprime. Donamaris, permítame explicarle, es el alcalde de la noble ciudad de Cúcuta. ¿Cómo es posible que se llame Donamaris? ¿Se llama Amaris y le dicen “don” por respeto? ¿Qué opinará de semejante noticia su señora esposa? ¿Y cómo se llama ella? ¿Doñamaris?

Otro: “Hospedan equipo de fútbol femenino en motel de Funza”. Sí, Su Alteza: ni siquiera en uno del norte. Así pensaban enseñar a las pobres futbolistas la marca cuerpo a cuerpo. Otro: “El bailarín Nerú afirma que ya no es homosexual y se convierte en pastor”. Vea usted: pasó de ser homosexual a ser homofóbico con la misma desfachatez con que Roy Barreras pasó de ser uribista a ser santista. Resulta paradójico que deje de ser gay porque ahora siente al Señor adentro.

Otro más: “Policía sorprende al hijo del presidente de la Corte Suprema cometiendo actos inmorales dentro de la camioneta oficial asignada a su papá”.

En este caso, mi príncipe, no nos juzgue: salar el carro es una tradición muy colombiana. Quien no haya salado carro ajeno, que tire, así sea la primera piedra. Y antes de que se lleve tan pobre imagen de nuestra Justicia, permítame explicarle lo que sucedió.

La Policía dice que una pareja cometía actos obscenos dentro de una camioneta, pero no aclara de qué tipo: ¿se postulaban y nombraban entre ellos en una suerte de carrusel de intrigas, acaso? ¿Se ayudaban entre sí para pensionarse con sueldos millonarios? ¿Se comportaban, en fin, como magistrados?

No nos dan detalles. El hecho es que sorprenden a los jóvenes con las manos en la masa, si me permite la expresión; los agentes los llevan al CAI; el muchacho advierte que cuenta con un esquema de protección -al parecer preservativos- y los papás acuden a su rescate: la mamá amenaza a un policía con la frase “no se ría que esto le va a salir caro”, como si en lugar de la mujer de un dignatario estuviéramos ante uno de los hermanos Rausch, y el papá se pasa por la faja a la Policía y se lleva a su hijo sin chistar porque, según alega, como los vidrios de la camioneta son polarizados, es imposible saber si, efectivamente, los muchachos estaban en actividades impropias: he ahí un magistrado elegante. ¡Ojalá contáramos con un detective de la talla de su coterráneo Sherlock Holmes para dilucidar lo que sucedió! Pero acá el único Holmes es Carlos Holmes Trujillo, y para saber la verdad debemos esperar: si la camioneta se estrella, es porque, en efecto, el acto se consumó.

De todos los titulares de prensa, sin embargo, el más dramático fue el de una noticia que Su Majestad protagonizó: “Alcalde de Cartagena abre placa en conmemoración de Vernon”.

Y de eso le quería hablar, Su Alteza: debió resultarle algo excesivo que, por congraciarse con usted, el alcalde de Cartagena exaltara a los verdugos de la ciudad: equivale a que hinchas de Millonarios inauguren una placa en honor a Léider Preciado.

Pero quería informarle que ya tumbaron la placa. Las dos horas de discursos bajo el sol mientras la descubrían fueron en vano. Discúlpenos de nuevo, se lo ruego.

Esta es Colombia, Su Alteza: el presidente se disfraza de zanahoria; adulan a su majestad con una placa que después rompen; concentran a unas futbolistas en un motel y sorprenden al hijo de un magistrado con su pareja en el carro oficial. Pero ténganos paciencia: la próxima vez que venga, meteremos al hijo del magistrado al motel y a las futbolistas en la camioneta. Podrán descansar porque el carro está polarizado. Aunque no tanto como el país.

P.D: Doña Camila olvidó en el hotel otro obsequio, una botella de sabajón de feijoa: se la mandamos en la próxima gira del presidente Santos.
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