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Opinión

  • | 2016/11/26 00:00

    Carta al niño Dios

    Querido Niño Dios, Te resultará extraño que me anticipe unos días para redactar mi carta navideña, pero supongo, al mismo tiempo, que a estas alturas del partido ya nada de lo que provenga de este triste platanal te produce asombro.

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Te paso los últimos datos: alias Popeye, nuevo ídolo de las masas, amenaza señoras en la calle de Medellín; los líderes del No –incluyéndolo a él: a Popeye- rechazan los nuevos acuerdos; a pesar de ello, el gobierno los refrenda a través del Congreso y organiza una nueva firma en el Teatro Colón: ¿por qué en el Colón? Ve tú a saber. A lo mejor porque si montaban el evento en el Teatro La Mama, estarían haciendo una evidente concesión al mamertismo criollo, a la izquierda profunda; a lo mejor porque María Claudia Lacouture, ministra de Comercio, pero a la vez alta secretaria de Eventos de Firmas de Paz, supuso que, en tratándose el final del proceso de una opereta, ningún escenario podía resultar más apropiado que el Colón: al fin y al cabo los guerrilleros de las Farc están acostumbrados a asistir al teatro, así sea de operaciones; quieren aprenderse el parlamento, así sea el del Congreso; y se graduaron de actores, al menos del conflicto. Eso sí: ojalá canten pronto.

Pero continúo actualizándote: la firma de la paz ha hecho que Álvaro Uribe convoque a la resistencia civil y proponga derrocar al Congreso, con lo cual se presume que las Farc entran a la legalidad al mismo tiempo que los uribistas salen, y con lo cual, también, el siguiente paso consistirá en iniciar otro proceso de paz, esta vez entre el Centro Democrático y un equipo negociador del Estado del que hagan parte Humberto de la Calle y Marcos Calarcá.

Por si faltaran acciones convulsivas, el América de Cali compromete su clasificación; Uribe pide reunirse con Timochenko, pero Timochenko ya no quiere reunirse con Uribe; no queda un solo frac disponible en la tienda de alquiler de esmoquin Stellabati porque el barrio La Cabrera, en pleno, aspira a clasificar a la recepción del Nobel en Oslo; y Santos apareció repentinamente en la prensa informando que podía estar atravesando una enfermedad mortal, de la que salió curado de un modo tan súbito como el que se enfermó. Al menos admiremos su tesón, Divino Niño: esa solitaria lucha de tutelas que dio ante su EPS para lograr que lo mandaran al hospital de Johns Hopkins de Baltimore, en donde el mejor médico de próstatas del mundo lo auscultó de primera mano. Si se me vale la expresión.

Como puedes ver, Niño Querido, este país es un sofoco. Ni en los próximos aguinaldos quiero volver a saber del Sí y del No. Mi situación personal es deprimente. La coincidencia ideológica de apoyar el acuerdo de paz ha logrado que esta especie de santismo involuntario me pese hasta lugares insoportables: ¿apoyar a rabiar a este presidente sinuoso, cuyo ego fulgurante lo llevó a inventarse un plebiscito innecesario, en el cual parecía fungir como jefe del No? ¿Rogar a su lado con que el proceso se implemente cuanto antes, uno por temor a que la guerra estalle de nuevo, él por la angustia de viajar a Oslo sin la paz bajo el brazo?

Pensarías que ese mismo ímpetu de haber apoyado el proceso con las Farc por creer que Colombia merece vivir sin guerrilla, significaría que mi deseo de este año consiste en pedirte que, efectivamente, haya paz; que el esfuerzo no fracase en este punto. Sería muy triste que el equipo negociador se haya enfrascado infructuosamente en alegatos eternos con los anticuados miembros de una guerrilla anacrónica, mientras deglutían como único plato comida típicamente cubana: es decir: mientras no comían nada, mientras pasaban hambre; e injusto que el pobre Sergio Jaramillo, que duró cuatro años en La Habana vistiendo zapatos de cuero sin medias, lo haya hecho en vano: hoy por hoy, podría ganar el reality de onicomicosis de Jorge Barón, y todo para nada.

Pero te equivocas, Jesús mío. Esta vez seré egoísta, y pediré solo para mí. Es tal mi agobio por las convulsiones del país, que este año te quiero pedir como único regalo que me conviertas en Andrés Pastrana. Como suena, Niño Dios: quiero ser él. No pensar, no sentir: solo viajar. Viajar y viajar, liviano como nube. Mandar cartas con instrucciones de lo que se debe hacer desde Mozambique, desde la China, redactadas en esquelas con el logotipo del hotel, mientras Nora me presiona para que termine pronto porque el bus del tour está por arrancar.

Como suena, Niño Dios. El alumbramiento de la paz ha sido un verdadero parto y, en ese sentido, Santos nos ha puesto a llorar como bebés y Uribe solo está pendiente de dilatar, como las señoras. Y yo ya me siento harto. Harto de todo. Y creo que llegó la hora de despreocuparme, tomarme fotos con James Rodríguez en Madrid y exigir plebiscitos desde el Asia: ¿por qué no?

En esta Navidad, Niño Dios, dame una gota del cinismo de Andrés Pastrana o, siquiera, su tarjeta de millas de viajero frecuente. Conviérteme en él. Quiero calentarte con mi vaho en el pesebre, y huir por un rato de este país ruidoso en el que solo falta que el América continúe en la segunda división y que su director técnico tenga que renunciar. En ese caso, lo reemplazaría Popeye. 

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