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Opinión

  • | 2014/07/12 00:00

    Colombia es un plato

    Santos grabó un nuevo comercial: ¿Prestaría usted a sus hijos para que coman con los míos, Yamid Jr., Manolo Cardona y el señor de Pacific Rubiales?

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Se termina el Mundial y la máxima enseñanza que nos deja es que debemos replicar el ejemplo de Pékerman y elegir cuanto antes un presidente extranjero, libre de roscas y de concubinatos periodísticos. En mi humilde opinión, esa persona debería ser Angela Merkel, que es un poco la Clarita López de Alemania, solo que su esposo no pesca en Taganga, sino en el río Danubio: cosas de estilo.

Como sea: la señora Merkel no solo preside el país que en asuntos futbolísticos nos vengó de Brasil, sino que es una mujer dispuesta a aprender de nosotros. El día de la final, por ejemplo, prohibirá la harina y las espumas en Berlín, y decretará el pico y placa para todos los Mercedes Benz.

En la reunión de empalme, a doña Angela habrá que explicarle que el expresidente más popular de los últimos tiempos perdió la razón; que Simón Gaviria, un niño con fallas de lectoescritura, será ministro de Estado; que Juan Manuel y Francisco Santos Calderón se aborrecen a pesar de que son primos hermanos dobles (aunque es un poquito más doble Juan Manuel). Y que el colombiano en el exterior no se reconoce propiamente por sus buenas maneras.

Así sucedió en Brasil hace unos días, cuando departían en un restaurante los hijos del presidente junto con el actor Manolo Cardona, el ejecutivo de Pacific Rubiales Federico Restrepo, el empresario Giovanni Visbal y mi amigo Yamid Amat Jr, entre otros.

Al parecer, de una mesa vecina, uribistas agresivos provocaron repetidamente a los jóvenes Santos, ora con un insulto, ora con el platillo humeante que ya les habían traído, porque, todo hay que decirlo, la gastronomía brasileña es muy provocativa.

Para demostrar que ellos no eran tan violentos como los uribistas que los injuriaban, los amigos del bodyman se involucraron en tremenda trifulca en la que volaban puños y platos por igual. Rompieron hasta la vajilla diplomática. Quedaron tantas lozas rotas en el piso, que el restaurante parecía un carril de TransMilenio.

Visto de otro modo, sin embargo, aquel daño a la imagen de Colombia era también una escena de amor. De amor platónico. Al menos de pelea conyugal. Los platos se estrellaban contra las paredes y los lugareños observaban esa versión colombiana de Platero y yo, y suponían que esa es la forma en que los colombianos platicamos, si se me aprueba la expresión.

En el video de la pelea difundido en las redes sociales, resultaba paradójico observar que el representante de una empresa llamada Pacific luciera tan agresivo y que quien pacificara los ánimos fuera una actriz de apellido Guerra. Pero a la vez tranquilizaba que, salvo limpiarse con la manga, los hijos del presidente no hicieron nada indebido durante la cena, e incluso se retiraron del recinto oportunamente: esto es, cuando los demás pidieron la cuenta.

De nada valió que los implicados ofrecieran disculpas y agacharan la cabeza, en parte por nobleza, en parte porque temían que la guerra de platos continuara: el alcalde de Río prohibió el uso de vajillas durante los días en que jugaba Colombia. Y Santos grabó un nuevo comercial en que, rodeado de amas de casa, pregunta con voz dramática: ¿prestaría usted a sus hijos para que coman con los míos, Yamid Jr, Manolo Cardona y el señor de Pacific Rubiales?

El episodio señala lo mal que puede ser la gente bien, sí, pero, ¡cuánto habría dado por estar allá, con todos ellos, tirando platos como discos, en lugar de soportar la transmisión del Mundial desde Colombia! En una esquina de Copacabana, Luis Carlos Vélez daba cambio a su esposa, que estaba en el extremo opuesto de la misma cuadra; ella, a su vez, pasaba la señal a un reportero en Colombia que, como gran novedad, observaba el partido desde la casa de Pablo Armero con la mamá, los hermanos y 23 primos del futbolista. Después aparecía una nota desde la embajada del equipo rival en la que entrevistaban a los tres griegos que hay en el país. Y al final daban cambio a un periodista que cubría la celebración desde algún punto callejero en medio de una multitud que lo zarandeaba, lo bañaba en harina, le pegaba calvazos y le robaba la billetera. Esta es Colombia, Angela: te necesitamos.

Sé que sobrarán homenajes a los jugadores de la Selección, a quienes impondrán ya no digamos la cruz de Boyacá de manos de Armandito Benedetti, sino la cruz del Gólgota de manos de Leonel Álvarez. Las hermanas Lara organizarán un coctel en honor a James. El gobierno ofrecerá la dirección de Viejitos en acción a Mondragón. El pobre Pékerman recibirá la nacionalidad colombiana con lo cual, en adelante, tendrá que aprender a adelantar en tercera fila, saltar en una pata con la cabeza ladeada después de zambullirse en una piscina, y provocar a los hijos de Santos en un restaurante, en caso de ser uribista, o tirar platos para defenderlos, en caso de ser santista.

Pero permítanme homenajear a estos otros héroes que también dejaron su sangre en Brasil. Por eso, organizaré un rodizio mundialista en honor a todos ellos. Luis Suárez será comensal en representación del uribismo. Los del combo de Yamid serán los meseros. La cena servirá como ceremonia de posesión de Angela Merkel. Y Pacific Rubiales patrocinará el evento, porque alguien tiene que pagar los platos rotos.
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