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Opinión

  • | 2015/04/25 22:00

    El día sin Petro

    La ciudad gozó tanto esta jornada lúdica, que piensa repetir el ejercicio por lo menos tres veces cada año, para que la infraestructura mejore al igual que sus índices de ejecución.

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Exitosa resultó la medida tomada por la administración distrital para hacer un experimento pedagógico sin antecedentes en la historia de la ciudad: el día sin Petro.

Efectivamente, a través de un decreto firmado por él mismo, el alcalde fue remitido a la bella ciudad de Zipaquirá, donde creció, para permitir que la capital tomara un necesario oxígeno administrativo.

“El alcalde, o sea Petro, es decir yo, se irá de la ciudat para que sepan por un día de lo que se pierden”, trinó el burgomaestre desde su cuenta de Twitter. “Se les va un gran planificador”, escribió antes de marcharse de la ciudad con todas sus exesposas y sus siete u ocho hijos, el menor de los cuales encabezará el movimiento Zipaquirá Humana. “Tendré de a hijo por ciudad hasta que me las tome todas”, amenazó horas después desde esa misma red social.

Los resultados de la jornada se observaron de manera inmediata: durante la ausencia del alcalde, obreros del Distrito alcanzaron a construir un kilómetro de la troncal de TransMilenio por la avenida Boyacá; destruyeron parte de la obra que sus concuñados habían erigido en la reserva de La Conejera; instalaron puertas en los baños de los jardines infantiles del Distrito y afianzaron los primeros pilares de la avenida Longitudinal, trazada desde hace décadas por administraciones anteriores.

Las firmas de construcción, que, ante la incertidumbre del POT, se habían ido de la capital para hacer inversiones en ciudades intermedias, como Zipaquirá, regresaron para desarrollar diversos programas urbanísticos.

A la perrita Bacatá se le vio libre y feliz, corriendo por la plaza de Bolívar, por la cual caminaba, con las manos en los bolsillos, un sombrío Hollman Morris que pateaba piedras mientras silbaba una balada melancólica.

“Es un día triste para la ciudad –dijo el candidato a este diario–; 24 horas sin disponer de Canal Capital o de echar pinta al lado del alcalde mientras reparte subsidios, podrá costarnos algunos votos a los y las compañeras y compañeros de causa cuando enfrentemos a la oligarquía en las urnas”.

En las oficinas del Palacio de Liévano se respiraba calma. Diversas secretarias del despacho aprovecharon la ausencia de la primera dama y desempolvaron sus minifaldas. “Hoy sí nos ha rendido porque el doctor Winograd no nos ha encerrado para darnos lecciones de vida”, declaró una de ellas.

La movilidad de la ciudad mejoró de manera ostensible, toda vez que durante un día entero no hubo marchas por la paz convocadas por la propia Alcaldía, ni plantones a favor del alcalde, ni conciertos con canelazos bailables en los parques públicos.

El trafico de la carrera Once volvió a fluir hacia el lado de siempre, con lo cual se desembotelló la zona norte; se despintaron los carriles preferenciales que la Alcaldía había pintado de color azul, y que a la postre eran la mayor obra de movilidad de la Bogotá Humana, y por primera vez los conductores manejaron sin el temor de ser sancionados.

Durante este simulacro de la Bogotá Inhumana, profesores y administradores de los colegios en concesión pudieron concentrarse en su trabajo, sin zozobras ni angustias, y decenas de diseñadores gráficos, quienes no tuvieron que montar simuladores digitales de trenes ligeros, tranvías livianos ni metros pesados para las ruedas de prensa de la Alcaldía, gozaron de un merecido descanso.

Hacia el mediodía, cayeron súbitamente las fachadas con que la administración distrital había disfrazado de jardines infantiles algunas casas residenciales, y la máquina tapahuecos fue puesta a disposición de los Yayitos, una banda dedicada a la extorsión sexual, cuyos miembros recobraron su libertad. Y viajaron a Zipaquirá.

Como dato curioso se registró que en el día sin Petro no renunció ningún secretario del Distrito.

Pero no todo fue color de rosa. Hubo luto en el Chorro de Quevedo, donde juveniles militantes del progresismo demostraban su dolor: “Duele la ausencia del camarada, porque más que un camarada, es un colega”, dijo un compungido cuentero de la zona.

“¿Y ahora quién nos va a dar subsidios, quién nos va a emplear para pararnos con un peto azul en una calle?” –sollozó un descorazonado contratista de la Bogotá Humana.

Pese a ello, la ciudad gozó con esta jornada lúdica de tal forma, que la Alcaldía piensa repetir el ejercicio por lo menos tres veces en cada año, con el fin de que la infraestructura de la capital mejore, al igual que sus índices de ejecución.

La nota amarga de este experimento cívico se vivió en la ciudad de Zipaquirá, que padeció de una parálisis nunca antes vista. Al cierre de esta edición, el alcalde Petro había convocado un plantón a favor de sí mismo, y tres secretarios del municipio pintaban con sus propias manos carriles de color azul, y bordes de huecos de color amarillo, como una medida desesperada para aliviar el tráfico, mientras los constructores locales, temerosos por la súbita suspensión del POT zipaquireño, buscaban ciudades intermedias donde invertir, como Bogotá.
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