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Opinión

  • | 2015/09/26 22:00

    ¡Exclusivo! La grabación secreta de Santos y Timochenko

    Bueno, llegó el momento de tragarse los sapos de este proceso, comandante Timochenko: hablemos del castigo que están dispuestos a aceptar…

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Esta columna obtuvo el diálogo privado entre el presidente Santos y Timochenko instantes antes de darse la mano en La Habana.

–Bueno, llegó el momento de tragarse los sapos de este proceso, comandante Timochenko: hablemos del castigo que están dispuestos a aceptar…

–Sí, camarada Santos: con los compañeros y las compañeras hemos meditado sobre este importante tema y proponemos que al menos a nosotros, los cabecillas de las FARC, se nos otorgue una pena de cárcel en prisión colombiana.

–Están locos, Timochenko: ni pensarlo… Ustedes merecen pagar por lo que han hecho.

–Camarada: hablamos de una pena no menor a 15 años en la cárcel, concretamente en La Picota, en el patio Erre Sur, también conocido como ‘el pabellón de los parapolíticos’.

–No hard feelings, pero ¿no se dan cuenta de que el país no soporta más su cinismo? ¿Que nadie aguantaría semejante impunidad?

–Estamos dispuestos a ponernos la piyama de rayas, si quiere; pero confínenos allá, no sea malito. O no firmamos nada…

–Imposible…

–Santos, llevamos muchos años en el monte y queremos descansar: no tomar chirrinchi, sino whiskey; no almorzar arroz aguado sino comer costillitas…

–¿Y qué cree que sentirán las víctimas si ven a Romaña y compañía organizando asados con Tomás Jaramillo, con Álvaro Dávila, con Juan Carlos Ortiz? ¡No podemos dar semejante mensaje! ¡Qué diría Uribe!

–Nosotros también nos la estamos jugando, Santos: no crea que no nos da culillo juntarnos con toda esa gente de InterBolsa: esa gente es brava, lo estafan a uno… Pero merecemos descansar y pasarla bueno.

–Mire: ustedes tienen que pagar por sus crímenes en un lugar en el que de verdad pasen un mal rato: confinarse en una finca, o en un centro agrícola o en el estudio donde graban el programa de Jota Mario: ¡cómo se van a guardar en una cárcel colombiana para rumbear día de por medio!

–Damos garantía de no repetición, al menos en el asado.

–Ni hablar. Pensemos al menos en una colonia..

–¿De cuál marca?

–Me refiero a una colonia agrícola: un lugar en que estén controlados y siembren cubios, mangos y langostinos...

–Los langostinos no se siembran…

–Ejem, sí, bueno, yo sé: se piden. Se piden en la taberna del Country. Era un decir. Pero cárcel no…

–Pero nosotros no sabemos sembrar nada, Santos… Como mucho, minas quiebrapatas. Y ya estamos viejos, y merecemos descansar: queremos oír a la orquesta Guayacán en vivo; tomar litros de escocés, conocer gente de la high; que nos hagan las uñas… ¡Pedimos cárcel!

–¿Por qué no discutimos penas sustitutas?

–Es que ustedes, los de la oligarquía dominante de este país, nos quiere meter los dedos en la boca…

–Si quiere pongo de garante a Vargas Lleras, comandante, para que eso no suceda…

–Me refiero a lo que decía Francisco Perlaza.

–¿Quién?

–Francisco Perlaza, el negociador de ustedes que se hace llamar de esa forma porque aspira a ganarse un contrato con la Fiscalía…

–¿Frank Pearl se llama Francisco Perlaza?

–Perlaza Tocarruncho, sí…

–¿Y qué les propuso?

–No pagar con cárcel sino penitencias: aprenderse un poema de Roy Barreras, por ejemplo… Viajar en un vuelo trasatlántico con Rafael Mejía, el de la SAC, de vecino… Cosas así, todas inaceptables.

–Bueno: ¿y qué tal si les damos la Bogotá de Petro por cárcel?

–No sea cruel, Santos; las penas tienen que ser proporcionales.

–Mire: lo máximo que puedo ofrecer es que los juzgue un juez ordinario…

–¿Angelino?

–Otro. Otro más ordinario. Y de golpe que a algunos les den cárcel.

–Negociemos, Santos, negociemos. Denos cárcel a todos y no molestamos más.

–Le doy cárcel pero solo al dummy de Simón Trinidad…

–¿Y los demás?

–Los demás, a las granjas.

–¿Las granjas van a quedar cerca de Anapoima?

–No, mijito, tampoco… Las granjas quedarán en lugares apartados de Colombia: Buga, Anolaima, los Laches, sitios así.

–Los Laches es un barrio...

–Ejem, bueno, sí, yo sé. Era un decir.

–Así no, Santos, así no. Enciérrenos siquiera en el resort de Tolemaida.

–Lo siento: es paz sin impunidad.

–Pero tenga compasión.

–Entonces algunos pueden ir a la cárcel, está bien, pero, para compensar, otros tienen que asumir unas curules en el Congreso.

–¡No!

–Y algunas pueden quedar al lado de Gerlein: tienen que pagar de alguna manera.

–No nos haga tragar esos sapos tan grandes…

–Eso no es nada…

–¡Cómo así, Santos?

–Mire: están abriendo la puerta del avión… Ahí los tiene… Álvaro Leyva… Roy Barreras… Telésforo Pedraza… Ahí van bajando…

–¿Y esos quiénes son?

–Esos sí son los sapos que se van a tener que tragar...

–¡Qué cantidad de sapos, Santos!

–Pero así es la cosa, ese es el trato. Y ahora vamos a darle la mano al señor de guayabera que se parece a Pacheco.

–Ese es Raúl Castro, Santos.

–Ejem, sí, yo sé. Era un decir.
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